Coeducar es una responsabilidad de toda la escuela
En la escuela, la igualdad se aprende también en las experiencias de cada día. El alumnado observa el trato que reciben chicas y chicos al intervenir en clase, el uso del patio y la respuesta ante una burla. De esas situaciones extrae ideas sobre el lugar que pueden ocupar y sobre el respeto que merece cada persona. Por eso la coeducación debe orientar tanto lo que se enseña como la vida del centro.
La prevención de la violencia machista empieza mucho antes de que se produzca una agresión. La idea de que los celos son una prueba de amor, la presión para controlar el móvil de la pareja, la difusión de imágenes sin consentimiento o las burlas hacia quien se aparta de lo que se espera de una chica o de un chico requieren una respuesta educativa. En las tutorías y en la convivencia diaria hay que hablar del respeto, la autonomía y el consentimiento, y cuestionar una idea de masculinidad ligada al dominio.
La respuesta ante una situación de violencia también debe estar prevista. Hay que escuchar a quien la sufre, protegerla, preservar su intimidad, aplicar los procedimientos establecidos y seguir el caso después de la primera intervención. El profesorado y el resto del personal del centro necesitan pautas claras para comunicar la situación y actuar de forma coordinada. La alumna afectada no puede cargar con la responsabilidad de detener lo que le está ocurriendo.
Ese compromiso exige unir coeducación e inclusión. Una educación inclusiva requiere transformar la organización, los contenidos y la enseñanza para responder bien a todo el alumnado. Al hacerlo, debe tener en cuenta que chicas y chicos llegan a la escuela desde situaciones distintas y pueden encontrar barreras diferentes, incluso cuando comparten una misma discapacidad, un mismo origen o una misma forma de aprender.
Una alumna autista y un compañero autista pueden recibir miradas y expectativas diferentes. Lo mismo puede suceder con una niña y un niño gitanos, con estudiantes con discapacidad visual o con chicas y chicos de altas capacidades. Ni una característica personal ni el origen explican por sí solos la experiencia de cada estudiante. Influyen también la situación económica, los estereotipos de género, las relaciones con los demás y la respuesta que ofrece la escuela. Es fácil perder de vista esas diferencias por la fuerza de la costumbre. Por eso hay que escuchar a cada estudiante antes de decidir los apoyos que se le ofrecen o las expectativas que se depositan en él o en ella.
Una inclusión coeducativa debe abrir posibilidades. Su finalidad es que cada alumna y cada alumno puedan desarrollar sus capacidades, comprender lo que sucede a su alrededor y tomar decisiones sobre la vida que desean vivir. Eso exige apoyos que permitan avanzar ante una dificultad y oportunidades para profundizar y desarrollar las altas capacidades, sin rebajar las expectativas ni reducir a nadie a una etiqueta.
También hay que revisar la cultura que transmitimos. El proyecto Women’s Legacy, impulsado por la profesora Ana López Navajas, aborda la ausencia de las aportaciones de las mujeres en los contenidos escolares. Su banco de recursos y sus catálogos de literatura, arte y música ofrecen al profesorado obras y propuestas para incorporarlas a las materias correspondientes. La propuesta es estudiar las contribuciones de científicas, escritoras y artistas en relación con los contenidos de cada materia, trabajando con sus obras y situándolas en su contexto. Cuando esas contribuciones faltan, todo el alumnado recibe una visión incompleta de la cultura.
Un centro educativo puede empezar por examinar sus prácticas. Conviene revisar los materiales que utiliza, las oportunidades de participación en clase, el uso de los espacios comunes y los mensajes que recibe el alumnado al elegir estudios o imaginar una profesión. También hay que prestar atención a las burlas y los menosprecios que se han vuelto habituales y escuchar lo que cuentan las alumnas y los alumnos sobre sus relaciones. Escuchar al alumnado es imprescindible, pero no corresponde a las alumnas descubrir y resolver por sí solas cada desigualdad del centro.
De ese análisis deberían salir unas pocas prioridades para cada curso. Si los materiales apenas recogen obras de mujeres, se revisan las programaciones. Si el uso del patio deja a parte del alumnado sin espacio, se cambia su organización. Si la orientación reproduce expectativas distintas para chicas y chicos, se revisan sus criterios y prácticas. Cada medida necesita responsables, tiempo para llevarla a cabo y una forma sencilla de comprobar sus resultados. Al final del curso habrá que valorar lo conseguido y volver a escuchar al alumnado antes de decidir los siguientes pasos.
La dirección debe impulsar y sostener estos acuerdos, y el claustro incorporarlos a la enseñanza de todas las materias. La tutoría y la orientación tienen un papel propio, como lo tienen quienes acompañan al alumnado en el patio, el comedor o las actividades extraescolares. El consejo escolar puede ayudar a mantener el compromiso y a revisar los avances. Las familias y el alumnado deben participar y conocer los criterios que comparte el centro. La persona encargada de coordinar las actuaciones de igualdad necesita apoyo y tiempo; la responsabilidad no puede recaer solo en ella.
Las administraciones educativas deben proporcionar formación, recursos y condiciones para trabajar en común. También han de ayudar a los centros a revisar sus materiales, atender la diversidad de experiencias de chicas y chicos y evaluar los cambios emprendidos. Así, la coeducación podrá formar parte estable del proyecto educativo, en lugar de depender del esfuerzo de unas pocas personas o de las actividades de una fecha señalada.
Habremos avanzado cuando una alumna pueda pedir apoyo, mostrar lo que sabe y elegir su camino sin que su género, su origen o una discapacidad reduzcan las expectativas que depositamos en ella. Y cuando un alumno pueda hacerlo sin quedar sujeto a una idea estrecha de lo que debe ser un chico. Esa igualdad requiere revisar lo que enseñamos y atender cada día a las experiencias y los aprendizajes de quienes están en nuestras aulas.
- Miguel Soler. Secretario de Educación del PSPV-PSOE
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