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De Sevilla a la calle de hoy

El economista y exministro de Administraciones Públicas de España Jordi Sevilla, durante una entrevista para Europa Press.

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Pocas veces la forma refleja tanto sobre el fondo (y no me refiero a la chimenea y los jarrones, qué horror). El vídeo del valenciano Jordi Sevilla para presentar su alternativa interna en el PSOE es la muestra gráfica de lo que dice el manifiesto. La estética del siglo pasado es el envoltorio de un discurso también de otra época. Entre el impacto de 15 segundos y la reflexión de 5 minutos, la socialdemocracia y la izquierda en general necesitan encontrar un formato y un mensaje que supere el diagnóstico. No hace falta un manifiesto ni un CIS de Tenzanos para señalar la vivienda como gran problema emanado de una desigualdad creciente entre pocos ciudadanos con mucho y grandes cantidades de personas sin casi nada o con menos de lo suficiente. La imposibilidad para comprar o alquilar no la va a solucionar la construcción masiva que propugna el PP para hacer ganar más a quien ya tiene, ni las exenciones propuestas por Pedro Sánchez, que tendrán un resultado parecido. El acceso a una casa no lo solucionó el Botànic en la Comunitat Valenciana, con poca construcción de vivienda asequible, alguna compra con el bienintencionado derecho de tanteo y con el garrafal error de habilitar los bajos para alquiler turístico en ciudades como València cuando gobernaban Compromís y los socialistas.

Ante esas evidencias, en el guion del video del exministro (¿lo tiene o solo se lee el manifiesto sostenido junto a la cámara?), la descripción de la situación precaria de tanta población solo requería unos segundos. El problema estructural es tan cotidiano como alejado de las buenas macrocifras españolas. De eso no va el debate ni el buscado resurgir de un modelo político. ¡Uf! Quizás ese es el problema: 2026 no parece un buen momento para ponerse nostálgico. Incluso, algunos de los apoyos de Sevilla ganarían si no entramos en revisiones. Mejor mirar hacia adelante. Como en el vídeo, mejor centrar la mirada en el objetivo. Ni hacia atrás, ni en los lados (incluso en el móvil más barato hay opción de leer el discurso, sin mirar a un lateral).

Claro que el debate político está emponzoñado, es maniqueo y hasta mentiroso, la mayoría de las veces. Pero la solución no puede ser solo denunciarlo sobre fondo de mármol. La discusión está llena de ruido y polarización. Prima el relato y el espectáculo. Como con el diagnóstico económico, constatar esta realidad tiene que ser cuestión de segundos. Perder tiempo en negarla o, siquiera lamentarla, es totalmente inútil y desengancha al instante, especialmente a una gran parte de la sociedad que está cansada de darle vueltas y tentada de elegir caminos peligrosos o, como mínimo, salir huyendo. Al plano de la grabación del economista valenciano le sobra tanto aire sobre su cabeza como distancia le separa de la calle.

Sevilla y algunos de sus apoyos (algunos, incluso señalados como tales sin ellos saberlo) tienen un currículum de propuestas pactistas que les convendría no airear, si pretenden seguir hablando desde la socialdemocracia. Sin cebarse con las personas y analizando el mensaje (si nos lo permite el cable que le cuelga de la camisa a Sevilla), caer por la pendiente del aburrimiento es casi inevitable. La enésima llamada al diálogo o al consenso es tan de otra época como las referencias monárquicas. Quien no tiene para pagar el alquiler confía tanto en un acuerdo PP-PSOE como en que se lo pague el Rey. No vivimos en tiempos de grandes coaliciones, ni los juancarlistas se han hecho felipistas-letizistas. Está tan claro como que González o Guerra ya no son referencia de nada que pueda representar a la izquierda. Todo aquello pasó, como el vídeo de Socialdemocracia 21. Sin retención entre sus destinatarios, metidos en un scroll veloz de circunstancias vitales alejadísimas de un discurso que no les va a cambiar el día a día.

La realidad, superado el primer cuarto de este siglo (es duro recordarlo, pero parece que hay quien no ha mirado el calendario), es la de la “dictadura de las minorías” de las que habla el manifiesto. No. Mal. Fatal. Las minorías no pueden ser un problema para un socialdemócrata. Ni una persona de izquierdas puede frivolizar con términos como dictadura. No cuando uno de los empeños (qué triste, volver a estar ahí) es hoy explicar a los adolescentes que con Franco no se vivía mejor, ni mucho menos.La dependencia parlamentaria es democracia, es el pluralismo que no puede dejar de ser un valor progresista. Hablar de dictadura y atacar la diversidad de opciones que representa un parlamento lleva a la antipolítica que tanto crece hacia la derecha. Y, no.Sánchez no tiene tanta influencia internacional como para ser el causante del ascenso planetario de la ultraderecha, como le atribuye el expresidente de Red Eléctrica.

No le podemos pedir a Jordi Sevilla ni a sus compañeros (qué riesgo, ir a cualquier sitio con algunos) ser un influencer. Ni falta que hace. De esos nos sobran. Hace años se les pedía que salieran de las aulas de la universidad. Hoy tienen que salir de su cenáculo político para observar la necesidad de soluciones que tiene la gente. Ellos deben hacer mejores videos y, sobre todo, tienen que tener mensajes que ilusionen. La aportación de quien cree tener propuestas y experiencia ha de salir de la abstracción y la nostalgia. Las ideas son siempre bienvenidas. Los tiempos de los manifiestos pasaron.

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