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Agendando mal

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No hace tanto que los temas de debate afectaban a la mayoría de la ciudadanía. Cuando la opinión pública no era una gran red social, en los bares se hablaba de problemas reales, además del omnipresente fútbol. Pero ahora, entre vídeo y escisión o al revés, la agenda la marcan siempre los mismos, incluso cuando pierden. El día que se vuelve a subir el salario mínimo, hasta casi doblar el último que dejó el gobierno del PP, se discute sobre el burka. PP y Vox han perdido esta semana una votación, porque a ellos también les hace oposición Junts, de momento. Mientras llega el hundimiento masivo empresarial por los 37 euros más al mes, han conseguido, otra vez, sacar las costuras de la izquierda hasta el punto de hablar del burka como seña de identidad. La nula necesidad, a día de hoy, de legislar sobre esa cuestión es aplastante solo con atender a las cifras de personas afectadas. Es un debate muy interesante que habrá que tener algún día, pero, como otros, sería mejor que no lo agende solo un hombre blanco racista.

Todo lo condicionan las redes sociales en un mundo de vacaciones parlamentarias más amplias que las escolares, en un calendario gestionado por los dos partidos mayoritarios que permiten que un President tarde más de tres meses en comparecer para ser controlado en el parlamento que lo ha elegido. Dos beneficiarios de 140 han renunciado a los pisos que les adjudicaron en San Juan, justo cuando la policía ha ido puerta por puerta a comprobar si los agraciados disfrutan de la urbanización o han subrogado su fortuna. Una vez más, el control se produce muy tarde, llega cuando le interesa a los “jetas” de los que habla Pérez Llorca. A los que se han aprovechado de los cambios en las condiciones de VPP que con celeridad modificó el Consell de Mazón. Lástima que no sean tan rápidos para ofrecer alternativas habitacionales a las familias vulnerables a las que fondos y bancos intentan dejar sin casa todos los días en la Comunitat Valenciana. La lista de sinvergüenzas con afinidades políticas no deja de crecer, al mismo tiempo que se enfrían las posibilidades de que las dimisiones lleguen más arriba de la concejala de urbanismo. Entre otras razones, porque también en ese asunto manda Vox, que un rato eleva el tono y al siguiente protege a su socio, el que le ayuda a hablar de burkas.

Con temas marcados por la ultraderecha y torpes respuestas llegadas desde otros frentes, se normalizan situaciones como la ausencia de Carlos Mazón del pleno de Les Corts. Su partido le autoriza o le conmina a que no acuda a ganarse el sueldo que cobra porque es incómoda su presencia, pero no tanto como para echarle. En ese equilibrio vive también su socio. Le sobran los parlamentos autonómicos, incluso los que presiden con sueldo de lujo. Les molestan las pagas, pero no las de los diputados ausentes. Y así siguen el parlamentarismo y los bares valencianos, donde estaban antes de las vacaciones. En el sitio que marcan los que deciden el gobierno y que, como señalaba la encuesta de Compromís, van al alza.

Mientras se aceptan los marcos de los demás, el debate nace perdido. Dice Pedro Sánchez que su electorado está optando por la abstención y que lo analizarán cuando lleguen las elecciones generales. Y lo peor es que lo dice convencido y confirma la sospecha de que el estudiante está despreciando los parciales porque se cree omnipotente en el examen final. El desprecio por los territorios y la diferenciación demuestra una visión tan centrípeta como la de Díaz Ayuso. No pensar en los compañeros a los que manda a autoinmolarse a las elecciones autonómicas está mal, pero peor es lo que hace con sus potenciales votantes. Esos apoyos que cree que volverán en el momento de la batalla final son ciudadanos con problemas generales y particulares, a los que no se les dan soluciones pegadas al terreno para no molestar al líder. Quien se va no suele volver. Debería preguntarles a sus alcaldes, aún tiene muchos, aunque eso también puede cambiar. Sin iniciativa local continuarán los batacazos. Hoy más que nunca, la izquierda necesita una agenda propia que emane de los barrios, esos en los que nadie ha visto nunca una mujer con burka.

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