Trump, Xi y Azorín
El mundo está en guerra, así que reaparece Lenin con su Imperialismo como fase superior del capitalismo y reverdece Carl Schmitt, con su antiliberalismo, sus amigos/enemigos y su pueblo/territorio. El fascismo. Guerra por la energía (sin energía no hay vida), guerra comercial y, como consecuencia, guerra de armas, que aquí sí que el orden de los factores altera el producto. Imperialismos e imperios en expansión, EEUU y China, el asiático desde un capitalismo de Estado: el “milagro” chino contradice a Smith, a Ricardo, a Mill y Marx. A todos a la vez y de una tacada. De modo que casi será mejor hablar de Azorín, al que recordaba Pérez Moragón en estas mismas páginas (que no son páginas ya, o son páginas virtuales). ¿Quién se acuerda hoy de Azorín? Pues Miquel Alberola, quien confesó su adicción por el de Monòver en su libro “Cròniques des de Madrid”. Alberola se fue a Madrid a cubrir la Casa Real, y el Senado y el Congreso, y recibió el hechizo de Azorín, que siempre anda por las calles de Madrid, vivo o muerto. Siguió el rastro del escritor y sus “pupilajes” e igual se lo encontraba en el Salón de los Pasos Perdidos o reflejado en el “ancho cristal azogado” de Lhardy. Es que vas a Madrid y te salen al paso las almas en pena de Valle, Galdós, Baroja o Quevedo vagando por la Castellana o por Sol, sin acceder al más allá, o regresando del más allá cada vez que alguien los lee o los estudia. Alberola eligió a Azorín, que es de casa. El periodista acaba de entregar a la imprenta un texto sobre Raimon bajo el título “Aquest jo que jo soc” -una letra de Raimon, muy existencial, será de los primeros años- mientras aún refulge, calentito, el libro de Salvador Enguix, “Las periferias mudas”: Enguix disecciona la fragilidad de las élites territoriales y las dimensiones del centralismo ancestral español en un eterno desequilibrio que nunca parece superado, que se agranda en lugar de reducirse. La verdad es que para periferia muda, la nuestra, no la de los catalanes. No se preocupe Enguix, que nos hallamos hoy en un nuevo centralismo como fase superior del autonomismo y en espera de que venga Trump y nos “extraiga” al presidente Sánchez, esperemos que no se lleve a Lydia del Canto también. Pero hablábamos de Azorín. Y de sus circunstancias paradójicas. Madrid se comprende mejor leyendo a Azorín que se entiende Valencia leyendo su obra “Valencia”. Con Blasco entendemos bien Valencia (o la entendíamos, antes de la invasión foránea). A mí siempre me gustó más Baroja, aunque escribiera mal y se armara un lío con los personajes, la estructura y todo eso que es ya materia de la escrupulosidad literaria. Ya lo dejó dicho Pérez de Ayala: “las novelas de Baroja son como un tranvía. Los personajes entran y salen, se suben y se bajan sin que sepamos adónde van ni quienes son”. Bueno, no se puede pedir todo: la producción de Baroja es inmensa -más que la de Azorín- y al menos el vasco contaba historias y nos emocionaba mientras que con Azorín sólo nos da un vuelco el corazón muy de vez en cuando, al pasar por delante de un adjetivo, un concepto o una “hora de España”, y aun así. (Según contaba Borges, no todas las palabras del diccionario pueden usarse. Azulado, sí. Pero azulino o azuloso, no). En el tranvía de Pérez de Ayala se podrían también subir y bajar algunos políticos valencianos, para renovar los aires, porque no sabemos adónde nos conducen, y si suben, bajan, entran o salen. Al presidente Llorca, que sustituyó a Mazón, ya le hemos cazado su primera narrativa: diálogo, moderación, brazos abiertos, lo que sería el germen original democrático, puro y duro, hoy hecho puré. Pero como los demás no le hacen ni caso, pues vemos a Llorca enganchado únicamente a la narrativa, como parece enganchado Mompó con el valenciano popular (que no, que en castellano no se escribe “Graná” por mucho que se pronuncie así: se escribe Granada). Es normal lo de Mompó, aquí hay mucha afición por la lingüística, pasión desenfrenada se diría, de modo que el político realiza las funciones del lingüista con naturalidad, y a veces el lingüista opera como el político, en un cruce de destinos ya indeleble. Algunos políticos valencianos superan sus cometidos -hacer la vida más agradable a los ciudadanos, incrementar o procurar su bienestar-, e igual hasta comprobamos con placer algún día que uno de ellos ha subvertido cierta ley inescrutable de la física cuántica y le dan el Nobel. El maestro Azorín ya nos enseñaba que lo difícil no era escribir, sino pensar. Cierto. Lo difícil es pensar la política, la micro y la macro, no tanto como ejecutarla. Azorín, al que llamaban “el señorito Pepe” en Monòver, tiene escrito: “Mi casa -en Monóvar- era bilingüe. Hablábamos los señores, entre nosotros, en castellano, hablábamos a la servidumbre en valenciano”. La prosa da cuenta, fijándonos mucho, de esa dualidad (su madre era de Petrer), o eso dicen los que entienden, los gramáticos y lingüistas y así. Azorín fue el primero en inventar el mito de Castilla, y oscilaba entre el simbolismo francés y el catálogo de las características nacionales, en aquella España que era y sigue siendo suya, en esa imagen de la España plástica, la que resucita Enguix pero desde las dimensiones de lo institucional, lo político, lo económico, lo mediático, etcétera. Lo actual. Azorín lo que hizo muy bien fue la crónica política, que no es precisamente ascender por las elevadas colinas del Dasein. No parecía sufrir el valenciano con el difícil viaje que va de la cabeza al papel, según Kafka, y quizás por eso escribía de política, además de para ganarse la vida. Hasta Bach escribía música para ganarse la vida. Ganándose el alimento se han erigido las grandes obras que reconoce el mundo. Menos mal que Pérez Moragón, y Alberola, y Enguix están en otras cosas, y no escriben de Trump, de China, de Rusia, de los imperialismos y de la “extracción” de presidentes más o menos soberanos.
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