“Motoret” Bernabé
Una política nutrida en el vuelo raso y ahora de vuelo alto de la cosa pública, Pilar Bernabé, que por esos caminos extraños de las conjunciones astrales, que diría Pajín, resulta que es delegada del Gobierno como lo fue su hermano, Toni. Aunque Pilar ejerce más en plan “motoret”, que igual está aquí que está allá, mientras Toni filtraba más la vida y la política según pausas ascendentes y discretas. Antes se podía decir que Bernabé irradiaba el áura del animal político, ígneo y conturbador, pero ahora no sabe uno si acabará crucificado al referirse al animal/persona, esa dualidad griega, por mucho que cada persona contenga un animal, y a veces muy bruto, como es sabido. Cosas de las correcciones de hoy. Al otro lado está la alcaldesa Catalá, que posee instintos políticos muy celebrados, algunos hasta inefables, y ambas pueden exhibir un duelo medieval y colorinesco, a lo Dumas, por la alcaldía de Valencia, aún compartiendo la enorme y objetiva ventaja que lleva el PP/Catalá, puesto que el PSOE vive bastante escuchimizado en la ciudad del Micalet desde que Ricard se volatilizó (que debe de coincidir más o menos con los años en que el censo al completo de Valencia estaba lleno de Vicentes y Amparos, hace ya un montón). La otra candidata a la alcaldía del Cap i Casal es Papi Robles, activista de Benimaclet, antigua scout, de naturalezas y estudios ingenieriles, que sustituyó a Ribó, sobre la cual los medios dudan de si al final encabezará la lista de Compromís: no estaría nada bien que las “elites” de ese partido la reemplazarán después del trabajo menestral de estos años. Robles sale menos en los medios y además uno no tiene el gusto. Y estábamos hablando de Bernabé encarnando la piel del socialismo valenciano de Valencia.
Es una lucha desigual, sí, la de Bernabé y Catalá, pero ya dijo Gramsci aquello del “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, y como uno le hace mucho caso a Gramsci en el rollo de las hegemonías y esas cosas, pues cree que Bernabé se mimetizará en la segunda parte de la sentencia y despreciará la primera. Optimismo. La verdad es que todo el mundo hace política sobre Valencia pero pocos piensan Valencia. Escribano, que la pensó en los ochenta, ya está en el equipo de Catalá, junto a Lamela y Silvestre y otros. A ver si Bernabé se hace un equipo propio de expertos y ficha a Foster, noventa años excelentes, o al italiano Piano, que entenderá mejor las plazas valencianas. O devuelve a Calatrava a sus orígenes, a su ámbito perdurable, ya sin los palos de IU, y lo restituye. Al final y al cabo, fue el socialismo lermista el que le encargó la Ciudad de las Ciencias. Y la Ciudad es la foto actual de Valencia. Insisto que una cosa es la narrativa de Valencia, que puede discurrir por sus cielos sin tocar tierra, y otra, distinta, la “materia histórica” de Valencia -como diría el profesor Villacañas-, que se ha de centrar en resolver sus problemas acuciantes: el de la vivienda, el de la masificación turística y vaciamiento de las calles históricas y el de la constante pérdida de personalidad del paisanaje. En eso está Catalá, además de en extender la esfera cultural -de la cultura elevada, no la de Los Pecos, se entiende- para “domesticar” a las masas foráneas. Josep Vicent Boira, en su “viaje” por los siglos de Valencia, revela la importancia de reconocernos en la singularidad, y cree uno que Boira hereda el concepto/madre del maestro Sanchis Guarner, cuyo libro “La ciudad de Valencia” cambió la historia de la ciudad y la concepción de su futuro. (Y no cambió el presente porque la ciudad estaba en otras batallas muy sanguinolientas, no viene al caso ahora mentar ahora a los inicuos promotores de la hemorragia). O dicho de otra manera: sin Sanchis Guarner no seríamos los mismos, ni Valencia sería la que contemplamos. Yo tengo “La ciudad de Valencia” dedicada. Se la dedicó a mi padre el maestro. Años setenta. Buenos y malos años. El mundo por aquí se estaba destruyendo y a la vez construyendo, una dialéctica ineludible. Hoy se está deconstruyendo, que no es lo mismo. La derecha sociológica del Cap i Casal aún le debe una disculpa, una reparación, un algo, a Sanchis Guarner. La última exposición la organizó la Universidad, no la derecha. Esta ciudad que llamamos Valencia no puede ser “normal” sin expiar esa culpa. Barberá pegó un salto en el tiempo y congeló la cuestión, pero Boira, cuya lección es compartida por la derecha y la izquierda, sabe -y sabe bien- que los discípulos de aquellos que expulsaron al maestro del templo de la razón ciudadana, del que prendía la sabiduría, aún han de gestualizar el fin de aquel injusto e injustificado atentado al conocimiento. Los ciclos de Valencia son largos. No depeden de las legislaturas, o dependen poco. Las ciudades las hacen los escritores y los reyes, por eso Valencia es una ciudad lastrada, porque le han faltado escritores -hasta el otro día mismo, sin contar a Blasco- y su último rey ha sido Goerlich, que era arquitecto. Los reyes andaban por Madrid, en sus cosas. “Motoret” Bernabé se ha incorporado a la política Champions desde la Dana, prácticamente, y Pedro Sánchez le echó el ojo enseguida y la ascendió en la Villa y Corte (aunque no sé si esto es bueno o malo, claro). Sandra Gómez está haciendo las Europas (que es una pasión inútil en la actualidad), Borja Sanjuán es un intelectual de la actualidad -pocos hay- y tiene amplio recorrido (a no ser que el PSOE se quiera suicidar, que no me extrañaría), y Bernabé está en todas las sopas, en los pueblos, en las conferencias y en los oidos, silbando. Yo creo que esta mujer no podrá dormir con tanto ajetreo. Valencia no ha tenido cine (Cifesa y para usted de contar), pocos escritores, y los reyes solo vienen aquí de visita, como digo, a ver cómo andamos los indígenas. Por eso hay que establecer un contrato con cineastas, escritores, músicos, artistas de la plástica y artistas del deporte -bao el manto del maratón internacional- para desencadenar otra movida, como la de Madrid de los ochenta pero en plan más culto, y en esto cree uno que se podrían ayudar Catalá, Bernabé y Robles. Porque habrá que recuperar también el paisaje urbano que queda, que ya no es mucho, dada la fijación pánfila que hemos tenido en los últimos siglos por cargarnos el patrimonio (vas a Oxford y hasta conservan los urinarios victorianos y vas a Chicago y hasta conservan los interruptores de la luz del Federal de Mies Van de Rohe, y aquí entran los bomberos al Muvim, recién estrenada la obra de Vázquez Consuegra, y cambian medio edificio, por no decir que casi nos cepillamos un barrio entero, el Cabanyal). En fin, que uno quería decir que el socialismo valenciano de la ciudad de Valencia parece que se concrete en Pilar Bernabé, a modo de una alegoría callejera, veloz y acrobática (por omnipresente). Cada tiempo socialista se expresa de una manera y ahora parece que el tiempo de este socialismo se expresa, en Valencia, a través de Bernabé. Como una medium. Ya veremos qué dice el destino, o más bien el destino de Bernabé.
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