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¡Cuidado! Ahí viene otra campaña de moda

La polémica sesión de fotos de Raj Shetye

Lucía Lijtmaer

“Hay millones de personas alzándose en #Cairo. Corre el rumor de que se han enterado de que nuestra nueva colección está disponible online”. Se podría decir, sin mucho temor a equivocarse, que el tuit promocionando la marca Kenneth Cole no fue el más indicado. Uno puede intentar imaginar la estrategia de la casa de moda en redes y, por alguna razón, resulta algo difícil entender cómo no pensaron que relacionar unas protestas ciudadanas que se saldaron con violencia estatal y centenares de civiles muertos con la última temporada de otoño-invierno pudiera causar algo de estupor, cuando no pura indignación.

El binomio moda e injusticia social genera, año tras año, enormes momentos. El empecinamiento de la industria de la belleza y las tendencias en tratar temas sociales con resultados desiguales ha devenido en material de denuncia, cuando no de puro ridículo, desde hace décadas. El último caso ha sido el del fotógrafo Raj Shetye que recientemente realizó un editorial de moda en la que unas modelos indias con sofisticadas prendas aparecen rodeadas de hombres con pinta amenazante. En un autobús. Las similitudes con Nirbhaya, la joven violada y torturada en un autobús en marcha en Nueva Delhi alertaron a la opinión pública. Las reacciones no se hicieron esperar: “Han hecho un reportaje cool y moderno sobre el caso Nirbhaya? El mundo está enfermo”, comentaba una ciudadana. El fotógrafo responsable de la sesión negó en un principio que Nirbhaya hubiera servido de inspiración, aunque declaró más adelante: “Me gustaría lanzar el mensaje de que no importa quién sea la chica. No depende de su clase, esto puede pasarle a cualquiera”.

La violencia contra las mujeres es un tema algo recurrente en este tipo de empresa estilística. Ya sea en forma de editorial fotográfico de revista, o de campaña publicitaria, la atención mediática y la controversia parecen ser el principal reclamo de las marcas para campañas como la de Dolce & Gabanna de 2007, en la que lo que la empresa entendió como “una fantasía sexual” era visto por el Instituto de la Mujer como la incitación a la violencia y a la violación en grupo. En la misma tesitura, la marca surcoreana Lewitt promocionaba su ropa con imágenes de una modelo tirándose al vacío desde altos edificios. Tras ser acusados de glamourizar el suicidio, la modelo de la campaña explicó que el tema elegido era “una versión moderna de Alicia en el País de las Maravillas”. Aún así, el vídeo fue retirado de la web.

El reputado fotógrafo Steven Meisel parece haberse especializado en reportajes polémicos. Uno de los últimos es “Horror Stories”, para Vogue Italia, que contiene a multitud de modelos empuñando armas ensangrentadas -supuestamente, en actos de defensa propia-, recreando escenas famosas de películas de terror. La editora de la publicación, Franca Sozzani, explicó en la revista que se quiere “focalizar la atención del lector y mejorar su capacidad de discernimiento estético y ético en un tema importante: la violencia contra las mujeres, especialmente la que ocurre en el entorno familiar”. Hubo quien no vio muy claro el empeño, especialmente en una portada en la que la víctima y el posible agresor se abrazan sugerentemente, y en algunas imágenes la chica parece estar glamourosamente muerta. Algunas lectoras escribieron a la revista diciendo que si lo que se busca es no estetizar la violencia contra las mujeres, “bastaba con emitir un comunicado y no hacer un editorial que precisamente estetiza la violencia contra las mujeres.”

Meisel no es ajeno al riesgo que entraña flirtear con la injusticia social desde la moda. En anteriores campañas fotografió a modelos cubiertas de plumas y alquitrán para tratar los vertidos de petróleo, y se dedicó las adicciones en “Supermodels enter rehab”, una pieza muy celebrada dentro de la industria pero ampliamente criticada por el público por glorificar el estilo de vida de enfermos y adictos. El editorial era claramente deudor de similares trabajos de los noventa de Juergen Teller o Davide Sorrenti, que popularizaron lo que se conoció como el “heroin chic”.

Parecidos resultados han obtenido campañas que mezclan exotismo, lujo y pobreza. La firma Michael Kors publicitaba su línea “Afriluxe” con dos modelos blancos de safari por un país africano indeterminado. Al fondo, su conductor negro, confundiéndose con el paisaje parecía hacer las veces de atrezzo realista. Lo mismo ocurría con el rodaje para Dior con la supermodelo Cara Delevigne en una favela brasileña, o el un anuncio de Donna Karan, filmado en Haití, dónde la supermodelo Adriana Lima posaba con un adolescente. La firma fue acusada de promover el lujo en uno de los países con menos recursos económicos del mundo.

Recientemente, algo parecido le ha ocurrido a los responsables de Vogue India, que han publicado un editorial del fotógrafo Jean Francois Campos, dónde los retratados -muchas veces en zonas muy pobres- posan, descalzos, con bienes de lujo. Steven Klein llevó aún más allá la idea del contexto directamente eliminándolo: ¿qué mejor manera de retratar el “exotismo” negro que recurrir a una nueva versión del blackface, es decir a una modelo blanca haciéndose pasar por negra?

La mezcla, además de molesta, resulta risible para muchos. Y para muestra un botón: aún resuenan las ironías de la colección de John Galliano del año 2000, en la que el homeless chic se acuñó para describir a modelos que pasaban hambre haciéndose pasar por vagabundos neoyorquinos...que pasan hambre. A muchos les sonó a chiste, por lo menos.

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