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“Hay fragmentos sexistas de 'Los payasos de la tele' que provocan rabia y gracia a la vez”

Mireia Casado es impulsora de la compañía teatral La Melancòmica

Ignasi Franch

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Mireia Casado es la directora y coprotagonista de Elles #cosasdechicas, una creación escénica colectiva emprendida junto a las actrices Agnès Jabbour y Paula Joseph. Su propuesta es un espectáculo misceláneo que está llevando al escenario del barcelonés Teatre del Raval diversas preocupaciones y protestas feministas, siempre bajo el prisma del humor.

Casado y compañía apuestan por una comedia multitonal, que alterna los momentos festivos y lúdicos con otros testimoniales y más contundentemente críticos. Sacan punta a los malestares cotidianos de ir a un lavabo sucio, depilarse a la cera o ser importunado por un arquetípico chulo de discoteca, e imaginan las insatisfacciones de las princesas de Disney después del presunto final feliz. “Primero éramos brujas, histéricas después, ahora feminazis”, cantan en un momento de la obra.

En la representación había una amplísima mayoría de mujeres mientras que los hombres eran minoría. ¿Es lo habitual?

El espectáculo está pensado tanto para ellas como para ellos, pero sí es verdad que entre ellas están haciendo mucha publicidad y eso hace que vengan grupos de amigas, más mujeres... Hemos tenido funciones con una audiencia más paritaria, eso sí. Y creo que los hombres que vienen la disfrutan igual, aunque estemos en una sociedad en que todo el mundo consume cosas de chicos, pero aún cuesta darse cuenta de que una cosa de chicas también es para todos.

El inicio es amablemente confrontativo. Parodiáis las intrusiones de presuntos seductores en lo que se espera que va a ser un espacio seguro para las mujeres. ¿Buscáis algún punto posible de fricción sin llegar a poner en peligro el disfrute?

No, tenemos unos límites del humor muy claros para que nadie se incomode. Todas las personas que llegan al teatro entran en este juego: nos ven disfrazadas, diciendo tonterías y se ríen. Nadie lo percibe como una auténtica molestia. Pero sí creo que son capaces de reconocer que este tipo de cosas, si no fuesen una broma, sí que serían embarazosas. Empezamos con un poco de crítica amable.

El espectáculo es difícil de resumir porque tiene momentos incisivos, emotivos, festivos... ¿Ayuda esa diversidad tonal a alejarse del monólogo humorístico mainstream, que suele ser más lineal?mainstream

Bueno, pero nosotros tenemos claro que hacemos una comedia de sketches. Algunos son mudos al estilo de El Tricicle, otros son de interpelación al público, y luego hay escenas directamente cómicas como la de las princesas de cuento. El tono humorístico no evita que acabemos con una canción más seria y crítica.

¿Qué buscáis con este planteamiento tan diverso?

Queríamos explorar nuestro humor crítico a través de todos los lenguajes posibles. Teníamos ganas de hacer comedia femenina, porque creo que faltan más mujeres en el escenario haciéndola. Y ellas existen, pero los teatros no las suelen llamar. Queríamos algo que también fuese reivindicativo, abordar cosas que echamos en falta en la escena teatral, que pueden dar mucho de sí en cuanto a risas... pero que se ven poco.

Durante el proceso creativo no nos cerramos a nada. Fuimos probando y probando. Por eso Elles ha terminado abarcando una mezcla tan distinta de estilos. La temática y el estilo de humor crítico hace que vayan encajando, que acabe resultando una obra que creo que está cohesionada aunque los elementos sean dispares.

También denunciáis cosas implícitas pero evidentes, como unos fragmentos desatadamente sexistas de Los payasos de la tele. Los payasos de la tele

Hemos crecido con muchas cosas de este tipo. Hasta que no te lo muestran y te paras a pensar, no te das cuenta de lo terrible que es. Solo es un ejemplo de muchísimas cosas que nos hemos estado tragando todos estos años a través de la televisión y el cine. Lo miras con perspectiva y hasta hace rabia. Provoca rabia y hace gracia a la vez. Me río por no llorar.

Otra parte de vuestro espectáculo trata de la iconografía de las princesas Disney. Sus películas de dibujos animados son como un puntal de la educación cultural de millones y millones de personas. ¿Qué hacemos con ellas?

Nosotras hemos querido tratar qué puede pasar con las princesas después del happy end. Creo que ha hecho mucho daño esa idea del amor romántico que nos han vendido: termina la peli con ellas besándose con el príncipe, probablemente casándose con él, y ambos son felices para siempre. Y todos, hayamos tenido pareja, marido o hijos, sabemos que esto no es tan fácil.

Teníamos ganas de mostrar qué puede pasar después del besito, qué problemas podían afrontar las protagonistas con sus amores aparentemente maravillosos. Es una de nuestras escenas favoritas y creo que del público también, porque todos tenemos en la cabeza este referente.

En el espectáculo mostráis un vídeo donde preguntáis a la gente por la calle qué cosas consideraban que eran de chicos y cuáles de chicas. Pero, ante la segunda cuestión, muchos dudaban o se quedaban en silencio. ¿Por qué creéis que se producía esto?

Quizá ya hay un cierto punto de conciencia, quizá se empieza a asumir que decir según qué cliché suena mal. Muchos parecía que pensasen: “Ay, me van a pillar, voy a decir algo que no procede”. No se daban cuenta de que quizá las cosas de chicos tampoco proceden, que el fútbol y los coches no son solo de chicos y los chicos no son solo de fútbol y coches.

Como cualquier entrevista con cámara, hicimos un montaje. En nuestro caso, buscábamos que fuese gracioso y divertido. No refleja exactamente todas las reacciones, pero sí esa tendencia al momento de pausa o bloqueo cuando preguntábamos por las mujeres. 

Al tratarse de una obra reivindicativa, ¿habéis necesitado cultivar una complicidad especial entre las actrices para armar el espectáculo?

Sí, aparte de ensayar, hemos comentado mucho qué queríamos decir, cuáles son los pensamientos de cada una... Hemos leído y debatido sobre el feminismo. Tenerlo bien hablado permite que haya algunos momentos semiimprovisados: no hay improvisación pura, pero sí ese punto de frescura de tres chicas que nos entendemos y nos lo pasamos bien entre nosotras y con el público. Hay mucha química y la disfrutamos en cada función. El público nos ve a nosotras tal y como somos.

El Teatre del Raval es una sala de aforo modesto pero apreciable, que ronda las 200 butacas. ¿Os imagináis en un escenario más grande?

No lo sé. Ojalá, pero estamos muy bien y muy cómodas. Lo llenamos, hemos agotado las entradas todo el mes de enero. Y también gozamos de esa mayor proximidad que te proporciona una sala media. En un teatro enorme puede pasarte que pierdas las últimas filas. ¿Pero qué producción no querría estar en algún momento en un lugar así? Cuanto más gente vea la obra, mejor...

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