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Así es una misión de vigilancia ucraniana con drones a 15 km. del frente
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Los drones ucranianos que detectan a soldados rusos: dentro de una misión de vigilancia a 15 kilómetros del frente

Uno de los militares de la unidad de las fuerzas especiales de la Guardia Nacional ucraniana, Taifun, prepara el lanzamiento del dron de reconocimiento

Gabriela Sánchez / Jairo Vargas

26 de febrero de 2026 22:12 h

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La ciudad de Járkov queda atrás, los edificios desaparecen del paisaje para dar paso a los campos ucranianos cubiertos de hielo y solo las hileras de árboles parecen interrumpir el blanco que todo lo cubre durante el invierno ucraniano. Entre las enredaderas de ramas secas, se intuyen montañas de nieve, proliferan los socavones en la tierra, se divisan las trincheras y los check points ucranianos interrumpen el paso. Cuando las redes antidrones envuelven la carretera, los coches aceleran. 

Las mallas sobre nuestras cabezas confirman que nos acercamos a nuestro destino: la posición desde donde la unidad de las fuerzas especiales Taifun va a iniciar una nueva misión mediante el lanzamiento de un dron de reconocimiento para inspeccionar la zona ocupada por Rusia del norte de Járkov ocupada por Rusia y localizar posiciones militares enemigas.

A medida que el frente se acerca, el riesgo de drones aumenta. A 15 kilómetros de la zona de batalla, los vehículos aéreos no tripulados rusos tipo FPV pueden alcanzar esa distancia, por lo que correr es la mejor estrategia para reducir a posibilidades. El cielo está despejado y los rayos de sol en contacto con las redes antidrones impregnadas de escarcha desprenden destellos de una belleza que embelesa y engaña: la pureza que transmite el paraje contrasta con el dolor provocado por cualquier frente de guerra.

Nos adentramos en las extensiones de campo que divisábamos por la ventana en el camino. Todo blanco, pocos árboles donde intentar despistar a los drones rusos en caso de aparición. Nos escolta 'Barba', el comandante al mando que, como su pseudónimo militar describe, posee una barba frondosa alrededor de su sonrisa socarrona. Sus ventanillas están bajadas y sobre sus piernas reposa una ametralladora preparada para utilizar ante el mínimo zumbido, ese sonido característico de los pequeños drones de ataque FPV (Vista en Primera Persona), ese sonido que aterroriza a quien lo escucha.

Ya en la posición, los túneles escarbados bajo tierra y nieve aportan el lugar seguro al que lanzarse en caso de peligro. Los militares de Tifoun no pierden tiempo y caminan rápido para lanzar su segundo dron de reconocimiento de la jornada. El vehículo aéreo no tripulado espera colocado en dirección hacia el frente de guerra, mientras dos soldados realizan los últimos preparativos, agarrando con una suerte de cordones elásticos.

Uno de ellos lo agarra y, guiado por su compañero a sus espaldas, da rápidos pasos hacia atrás, hasta alcanzar la máxima tensión de las cuerdas que lo sujetan y, como si de una suerte de tirachinas humano se tratase, suelta las gomas y el dron sale disparado hasta confundirse con el horizonte. Antes de desaparecer ante nuestros ojos, los militares empiezan a urgir correr hacia las trincheras tras escuchar el zumbido aterrador. “¡Vamos, vamos!”, dicen mientras se lanzan a los pasillos subterráneos, abren una compuerta en el suelo y se resguardan en un cuartucho bajo tierra, donde tres militares tienen los ojos pegados a las pantallas desplegadas sobre un escritorio ocupado por varios ordenadores y comandos para dirigir el vehículo aéreo que aún sobrevuela territorio ucraniano.

Los ojos del dron observan desde el cielo las tierras ucranianas del norte de Járkov durante los primeros minutos del vuelo. “No grabéis hasta que no sobrepasemos la línea de frente”, dice uno de los militares, alegando razones de seguridad. Los miembros de Taifun permanecen pegados a cualquier movimiento del vehículo aéreo, pendientes ante la posibilidad de cualquier fallo. Conectados a una videollamada con el control de mando, unas voces dan directrices y describen lo observado. Sus comentarios se aceleran cuando llega a la parte ocupada de la región.

El zumbido de los drones se ha convertido en uno de los sonidos más persistentes de la guerra en Ucrania. No son grandes titulares como los misiles o los tanques, pero sí una presencia constante, silenciosa y cada vez más decisiva. Desde pequeños aparatos comerciales adaptados hasta sofisticados sistemas militares, su proliferación refleja también una guerra que se libra cada vez más con tecnología accesible, donde la distancia física entre quien observa y quien es observado se amplía, pero no así las consecuencias humanas de cada decisión tomada desde una pantalla.

El Ministerio de Transformación Digital de Ucrania, a través de la iniciativa “Army of Drones”, ha formado a más de 10,000 operadores. Sin embargo, este despliegue masivo enfrenta un nuevo actor en combate: la guerra electrónica (EW). Informes del Royal United Services Institute (RUSI) estiman que, en ciertos periodos de alta intensidad, Ucrania ha perdido cerca de 10.000 drones al mes debido a los sistemas rusos de interferencia como el Shipovnik-Aero, que cortan el vínculo entre el piloto y la aeronave, convirtiendo en segundos la costosa tecnología en deshechos de plástico.

En un conflicto que ya ha transformado la forma de combatir en Europa, los drones simbolizan también un dilema ético cada vez más documentado por organismos independientes: la búsqueda de eficiencia militar frente a la protección de la población civil. La propia Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania advierte que, aunque la tecnología de los drones ha mejorado la precisión operativa, “no ha aumentado la protección de los civiles” y, por el contrario, estos dispositivos se han convertido en una de las principales causas de muerte y heridas entre la población en zonas próximas al frente.

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