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“Las pocas mujeres violadas en conflictos que consiguen justicia han de penar años para lograrla”

Jineth Bedoya en el encuentro mundial por el fin de la violencia sexual en los conflictos

Maruxa Ruiz del Árbol

En 2009 esta periodista supo en Congo de una niña de 14 años que había llegado a ostentar los más altos galones del ejército sin haber luchado en la primera línea de fuego. Había ascendido comandante por ser la única esclava sexual de un batallón de unos 100 hombres.

Después de que altos representantes de 140 países distintos se reunieran en una cumbre en Londres en el mes de junio para dar visibilidad y soluciones a casos dolorosos como el de esta niña eldiario.es le pregunta a tres supervivientes a violaciones en conflictos qué necesidades comunes tienen las víctimas de violaciones en enfrentamientos tan distintos como Colombia, Siria o Palestina.

Hasta ahora este drama ha estado suficientemente oculto y arrinconado en la agenda política mundial como para que, ni siquiera en la primera cumbre jamás organizada sobre el asunto, fuera capaz de recabar un dato global fiable. Sólo existen cifras estimadas en países concretos.

En Colombia el informe más reciente de violencia de género encontró que en los 407 municipios que se enfrentan a la violencia de insurgentes se reportaron 500.000 casos de mujeres violadas entre 2001 y 2009, seis cada hora.

En el lado opuesto del mundo, en República Democrática del Congo, más de 400.000 mujeres fueron violadas entre 2006 y 2007 según un reciente estudio publicado por la campaña internacional Stop Rape In Conflict. Eso supone que en el país 48 mujeres son violadas cada hora.

Esperance Kavira fue una de ellas. Kavira fue abusada por fuerzas armadas en el este de su país. Pero su caso es extraordinario porque, al contrario que la inmensa mayoría, ella decidió denunciarlo con mucho valor y el apoyo de una organización que trabajaba en el terreno. “En el Congo la mayoría no denuncian para evitar el estigma, ser repudiadas por sus propias familias y por miedo a que se las vuelva a atacar como venganza a haber denunciado”, comenta.

Las tres mujeres que charlaron en Londres con eldiario.es subrayan la existencia de un numerosísimo “subregistro” de mujeres que han sido atacadas sexualmente pero que no denuncian por ese miedo al estigma o por falta de confianza en la justicia. De ahí la dificultad de obtener datos fiables.

¿Cuáles son las particularidades de una violación de guerra frente a otras agresiones sexuales? ¿Qué apoyo se le puede dar las mujeres que ocultan sus violaciones para que salgan a denunciar?

La periodista Jineth Bedoya dice que la falta de datos fiables sobre las violaciones en su país fue una de las motivaciones que tuvo para salir a contar la demoledora historia de su violación y tortura públicamente, nueve años después de la agresión.

En el año 2000, mientras investigaba el tráfico de armas entre grupos paramilitares para el diario El Espectador, Bedoya fue secuestrada momentos antes de entrar en la cárcel La Modelo para entrevistar a un guerrillero. En las 16 horas que siguieron un grupo de paramilitares la torturó y abusó sexualmente de ella. Entonces tenía 26 años.

“Me sentí responsable con otras víctimas. Primero, por mi papel de periodista y segundo porque yo podía llegar a personas a las que muchas otras mujeres no pueden”, comenta.

Hoy nos habla como experta y como activista, 14 años después de los hechos cuando sus agresores siguen libres.

“El hecho de ultrajar y degradar a la mujer siempre es el mismo y creo que en parte eso nos une. Alguien que ha sido agredido sexualmente por su esposo o un amigo o cualquier otra persona entiende perfectamente lo que me hicieron a mí, aunque a mí me lo hiciera un grupo armado” comenta.

Pero su violación era, además, un mensaje disuasorio a todos los periodistas que cubrían las guerrillas.

“Lo que pasa en el contexto de la guerra es que, quienes tienen las armas en las manos, han entendido que pueden usar los cuerpos de las mujeres como un arma más y eso es lo más abominable. Una cosa es disparar una AK47 y otra cosa es ensañarse con el cuerpo de una mujer. Está más que comprobado que lo que se quiere es humillar al enemigo”, afirma la periodista.

“Los hombres armados entienden que cuando se humilla a una mujer que tiene alguna relación con el bando contrario es un golpe a la dignidad del hombre y sabe que eso le hace mucho daño. En los modelos sicariales que tiene el narcotráfico en la mafia colombiana uno ve claramente como usan a las mujeres para humillar al enemigo y en el contexto de la guerra es exactamente igual”.

Distintas violaciones, las mismas injusticias

Distintas violaciones, las mismas injusticiasEscuchando las historias de las teres mujeres uno se da cuenta que hay varios hilos que se unen, los que delimitan y concretan cual el posible escenario de acción de los gobiernos.

“Aunque nuestras historias hayan sucedido en contextos muy distintos tienen en común los mismos obstáculos: cómo la familias reaccionan ante la violación en un primer momento, como en mi caso, que mi marido me abandonó. Otro rasgo común es que fuimos mal atendidas por los servicios médicos cuando ocurrieron las violaciones, y que obtuvimos malas respuestas del gobierno”, nos comenta la mexicana Valentina Rosendo Cantú.

Ella tuvo que comprobar que había sido violada cuando el gobierno había perdido las pruebas o cuando el sistema no estaba preparado y para recibir las denuncias.

El gobierno mexicano tuvo que pedirle perdón por haber tratado de acallar su caso después de que la Corte Iberoamericana declaró que el Estado Mexicano era el responsable último de la violación que dos soldados del ejército mexicano perpetraron en frente de otros seis efectivos de las fuerzas armadas del país.

Además de la histórica sentencia de la Corte Iberoamericana (2010), los dos hombres que violaron a Valentina el 16 de febrero de 2002 cuando tenía 17 años están en la cárcel. Pero, como en el caso de Esperance, también Valentina es una excepción. No sólo por haber denunciado sino por haber tenido la determinación de superar años de obstáculos en el camino para obtener justicia. “Las pocas mujeres violadas en conflictos que consiguen justicia han de penar años para lograrla”.

Ella sabe lo que se dice. Valentina se dio cuenta que tenía que aprender español si quería justicia para su caso. Durante mucho tiempo fue su marido quien le tradujo del Mepahaa, su lengua originaria del estado de Guerrero donde nació y donde sucedieron los hechos, al español.

“Eso cambiaba mucho el testimonio”, asegura.

Entre las peticiones de estas mujeres a los gobiernos internacionales están la dotación de más apoyo económico para las organizaciones que se dedican a asistir a las mujeres violadas, el entrenamiento de los ejércitos en la prevención de la violencia sexual en conflictos como parte de la formación de cualquier soldado y la promoción de un sistema exhaustivo y riguroso para contabilizar y conocer el número de casos de cada país.

“Lo que logra Valentina al ir a la Corte Iberoamericana es generar una serie de medidas que ayudaron a esclarecer todo lo que pasó. Eso evidenció cuáles podrían ser algunas acciones por parte del gobierno. Por un lado, para reparar el daño y por el otro para prevenir que vuelva a ocurrir con medidas como facilitar traductoras, agencias especializadas para mujeres víctimas de violencia.”, añade Cristina Hardaga, coordinadora de interlocución estratégica y política mesoamericana de la asociación Asociadas por lo Justo, que lleva seis años acompañando a Cantú.

Para Jineth Bedoya la cumbre internacional celebrada en Londres es muy relevante. “Primero porque es necesario que el mundo entienda que la violencia sexual es un crimen gravísimo y que en algunos países no es reconocido por los estados. Yo quizá deba esperar otros 14 más hasta que se haga justicia en mi caso pero al menos para las mujeres que hacemos activismo podremos hacer un seguimiento efectivo de qué van a hacer los países después de que salgan de la cumbre. En diciembre haremos un seguimiento de cuánto ha avanzado cada país”.

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