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"El barrio es un buen lugar para reagruparse, cuidarse y rearmarse frente al viento helado del neoliberalismo"

Luis de la Cruz publica 'Barrionalismo', un libro sobre el barrio entendido como lugar para "la construcción social del espacio desde abajo y en común"

El historiador analiza en esta colección de ensayos distintos conflictos urbanos y acude a la memoria como herramienta de autodefensa

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Luis de la Cruz, autor de 'Barrionalismo'

Luis de la Cruz, autor de 'Barrionalismo'

La ciudad es otra vez tema de discusión, de investigación, de reflexión. Será que los conflictos han vuelto a salir a flote y con ellos la gente que se preocupa por buscar maneras de resolverlos. En la ciudad de éxito se disfruta de la vida, del trabajo, del consumo; en la ciudad real, no hay manera de encontrar la dignidad ni en la vivienda ni en el trabajo y cada vez se hace más difícil estar como habitante sin tener que ser consumidor. En este contexto, vuelve también el barrio, más como concepto que como asunto territorial. El barrio está sirviendo como barricada ante esa ciudad de éxito; aludir al barrio, aunque sea a la imagen que tenemos de él, sirve para defender una forma de vida urbana cercana y luchadora que se resiste a ser absorbida por este escaparate para fondos de inversión en el que se está convirtiendo la ciudad. De esto, digo yo, va Barrionalismo (Decordel, 2018), el último libro de Luis de la Cruz Salanova.

Luis de la Cruz es historiador y bibliotecario. Es autor del blog El Tránsito y también fundador del diario online Somos Malasaña y, por eso, cronista de las cosas de la ciudad. Luis es de los que invierte tiempo en pasear y observar las calles y de los que, quizás por lo anterior, debate con conocimiento y criterio pero sin necesidad de someter a nadie a su razón. Esa forma de ser se aprecia y se agradece en el libro. Barrionalismo es como uno de esos discos de Guided By Voices, llenos de canciones estupendas que, aún sin cerrar, te dejan el sabor de las cosas hechas con talento y con tino. En Barrionalismo hay algo más de una decena de ensayos breves a los que a veces parece que les falta un remate, pero que realmente hacen estupendamente su trabajo: con esa forma que tiene de contar las cosas sin imponerlas ni cerrarlas, Luis de la Cruz logra que el lector piense y se lo piense y llegué así a sus propias conclusiones.

Dices en la introducción que es “un escrito entusiasta que requiere lectura realista”. También dices que no amas la ciudad, pero sí las calles y lo que ocurre en ellas. ¿Qué es, para ti, barrionalismo?

Barrionalismo es un término que nace de forma popular como reverso del nacionalismo. Si éste es una celebración de la comunidad imaginada, según la definición de Benedict Anderson, el otro lo es de la comunidad más real e inmediata. A veces se usa despectivamente para señalar ensimismamiento, pero no es ésta la acepción que trato de explotar. El barrio es una realidad administrativa, que me interesa poco, y es también una convención popular, por eso hay tantos cuyos nombres y fronteras no se corresponden con los administrativos ni lo han hecho nunca (Malasaña, Lavapiés, Ventilla, por poner ejemplos madrileños). Esto es lo que me importa: esa realidad social basada en el territorio y en la proximidad que se desarrolla por cauces separados de los oficiales. Es esa construcción social del espacio desde abajo y en común la que yo entiendo da cuerpo y sentido al barrionalismo.

¿No hay cierto peligro, en tu libro y en la vida misma, de idealización del barrio? Una mirada como de amor romántico que imagina sólo lo bonito y luego se estrella contra la realidad...

Lo hay, decididamente. Vivimos un momento de disolución bestial de los lazos comunitarios, también en los barrios. Lo que yo propongo es que las comunidades más cercanas son un buen lugar donde reagruparse, cuidarse y rearmarse para hacer frente a ese viento helado del neoliberalismo. Rescato ejemplos históricos, como los años dorados del asociacionismo obrero en los veinte o del movimiento vecinal en los setenta, en los que el barrio ha sido un buen sitio para hacer juntos; y pongo ejemplos actuales que funcionan como rescoldos de esa llama. También alerto del peligro de idealizar el barrio, pero prefiero pecar de entusiasta y señalar sus potencialidades a ponerme cenizo. En todo caso, son muchas las posibilidades que tenemos de participar en la vida de nuestra ciudad que no pasan por el barrio, es sólo que por mi forma de ser se me hace más sencillo implicarme con mis vecinos: compartimos parque, baches, basura, fiestas, colegio…

Insistes en que tu punto de vista se refiere al barrio obrero que, para ti, es el que conserva los rasgos que lo hacen diferencial, como el conflicto, pero también las fiestas. ¿No hay orgullo de barrio sin orgullo de clase?

Bueno, en realidad doy marchamo de barrio popular u obrero a la mayoría de ellos, soy generoso con la acepción. Los barrios en los que viven las élites, siendo precisos, serían también barrios: en pocos sitios se da una conciencia de pertenencia mayor, hasta el punto de que contratan seguridad privada para que no entremos el resto y se cuidan de que sus hijos no vayan al cole con los del barrio de al lado, pero ¿conoces a algún rico que diga ser de barrio? Existen las frases hechas, como “orgullo de barrio” y “salir del barrio”, que es sinónimo de prosperar. Es posible escuchárselas a las mismas personas y esto se debe, claro, a que a nadie le gusta estar puteado y los últimos han sido años de precariedad generalizada, pero también a que entendemos prosperar como desclasarnos.

Hablas de la PAUficación de las periferias y de la teatralización del centro, de la desaparición de los espacios en los que la gente de distintas procedencias se mezclaba y, así, aprendía a convivir. ¿El barrio está en peligro de extinción?

Barrio y calle son para mí espacios sociales. Lugares donde suceden cosas imprevisibles guiadas por el conflicto y la cooperación. Espacios construidos socialmente por sus habitantes, con un recorrido histórico y una cierta idiosincrasia reconocida por los vecinos y quienes no viven en él. Entonces, todo lo que sea negar ese espacio de conflicto, negociación y cooperación que es la calle sega la posibilidad de esa construcción social y sí, eso se está produciendo a través del diseño desde arriba de barrios-marca, la imposición vía mercado financiero de modelos comerciales o la expulsión de los vecinos. Esa negación de la calle toma en los PAU la forma de avenidas gigantes que separan a la gente de ambas aceras y en los centros urbanos, de una tematización en la que uno se descubre de repente atrezzo de un centro comercial que vende baratijas y valor simbólico. Sin embargo, siempre quedan intersticios, brotes que irrumpen en el adoquinado y gente que se junta para decir “sí, esto sigue siendo una calle y nosotros vamos a usarla como nos dé la gana”. Vamos que peligro sí, pero de extinción nada.

En este sentido, hay cierto debate ahora sobre si lo que antes se daba en el barrio puede estar ocurriendo en un campo más amplio, un espacio físico mayor como la ciudad y otro tecnológico, que son las redes y demás conexiones.

Siempre ha existido ese espacio más amplio conviviendo con el barrio, si bien es cierto que el desarrollo de los medios de transporte de masas en el siglo XX y de internet últimamente ha reducido algunas distancias. Pero ¿no seguimos desempeñando una gran cantidad de aspectos de nuestras vidas en nuestro entorno más cercano? En las fiestas de los grupos de vivienda a veces se recauda dinero que se usa, entre otras cosas, para pagar los billetes de metro necesarios para ir a para desahucios o a protestar a entidades bancarias. Muchas de esas personas desahuciadas han ocupado en sus propios barrios después de haber sido expulsadas de su casa porque es allí donde están sus redes familiares o de apoyo. Es ésta una realidad que, creo, nos sitúa en la importancia que lo cercano sigue teniendo, a veces como necesidad antes que como elección.

El camino, muchas veces voluntario por ese clasemedianismo al que aludes en el libro, hacia la segregación, sin duda hace menos viva y humana a la ciudad, pero, además, ¿no acabará generando mayor conflictividad en el futuro al crear zonas casi guetificadas?

La segregación en nuestras ciudades se acelera con los planes de ensanche de la segunda mitad del XIX y el primer tercio del XX. El crecimiento viene de la mano de planes urbanísticos que diseñan la nueva ciudad con las revoluciones liberales y populares en mente y esta segregación por clases sociales tiene ya entonces un doble efecto: unos barrios se dotan más que otros y sus habitantes toman conciencia común de sus carencias (o privilegios), acentuando la toma de conciencia de clase. Esto vuelve a reproducirse en cada gran oleada migratoria y urbanizadora; es lo que sucede también con las nuevas periferias del desarrollismo franquista, por ejemplo. El antídoto sistémico a este peligro de la segregación pasa, en mi opinión, por la creación de una ciudad acorde al ideal clasemedianista (la extensión de la idea de que todos somos clase media), en la que se borran los restos materiales de la ciudad popular, como si no tuviera historia propia, y se pacifican los espacios.

A pesar de ser ese “escrito entusiasta”, se percibe en el texto cierta nostalgia que acaba vinculada a algo de pesimismo. No es algo exclusivo de tu libro, sino que viene de buena parte de los que piensan sobre lo urbano.

Si me permites, vuelvo al ejemplo del grupo de vivienda que puse antes. En una de sus fiestas, estás ahí, disfrutando de un ambiente de complicidad y apoyo mutuo y sólo puedes sentirte optimista. Pero entonces reparas en lo difícil que se lo ha puesto últimamente la vida a esos vecinos y piensas que lo único sensato es instalarte en el optimismo combativo, ¿no? Lo mismo sucede con otras cosas que trato en el libro y que tocan de lleno en lo urbano, desde el llamado urbanismo defensivo a la mercantilización de la calle, pasando por la expulsión vecinal en los barrios gentrificados.

Me gusta el capítulo en el que aludes a la memoria necesaria para la (auto) defensa de los barrios y de la propia ciudad y lo confrontas al capital simbólico recreado por los mercados. ¿Dónde termina la identidad y dónde empieza la marca?

En ese capítulo no trato de fijar una identidad cultural inamovible de los barrios, reivindico que cierto sentido de trayectoria y pertenencia puede servir para crear genealogías populares nuevas en torno a las cuales agruparse. Como historiador puedo elegir mostrar la trayectoria de Lavapiés como barrio marginal o como barrio de gran vitalidad, donde las redes de apoyo mutuo y la contestación política nunca desaparecieron. Pongo también como ejemplo de tomar partido desde la historia, la creación contrahistórica de la batalla naval de Vallecas como fiesta aglutinadora de muchas cosas que conformaron el vallekanismo. La marca, por definición, no alberga conflicto. En el mejor de los casos, es una caricatura estilosa de la identidad. Lavapiés, por ejemplo, tiene una identidad compleja como barrio diverso y en los márgenes que viene desde los barrios bajos, siglos atrás. Hace años que se trata de crear una marca del barrio que es algo así como un disco de músicas del mundo grabado en Londres que, esperemos, nunca consiga comerse su identidad.

¿Qué está pasando ahora en los barrios de Madrid y de Barcelona con la seguridad? ¿Por qué los colectivos vecinales se revuelven por este tema ahora que estamos con unos índices de delincuencia mucho más bajos que en otras décadas?

Hablemos claro: en primer lugar, lo que pasa se llama Ciudadanos, que es el partido que ha tomado la iniciativa del populismo securitario. A rebufo, han llegado el resto de partidos de la derecha e, increíblemente, algunos concejales de izquierdas. En Vallecas, Usera, Carabanchel o Tetuán, como en El Raval, se han dedicado a negar la vecindad, y casi la humanidad, a parte de los vecinos: los que se ven abocados a ocupar, los que se organizan en centros sociales y, sin decirlo explícitamente, los migrantes. Y han extendido pánicos morales entre quienes consideran auténticos vecinos, y posibles votantes, sin importarles las heridas que pueda dejar la confrontación social que promueven. Por supuesto, su discurso cuenta con el apoyo de no pocos medios de comunicación y hasta de asociaciones vecinales, algunas creadas ad hoc. En mi opinión, este discurso puede calar por esa extensión de la idea clasemedianista que antes comentábamos, y también por el abandono real de muchos barrios por parte de las autoridades. Para terminar de entender el cuadro, hay que considerar que vivimos una etapa expansiva de la especulación inmobiliaria en prácticamente todos los barrios. Así, tras un paseo-denuncia de Begoña Villacís por una calle de Usera o Puente de Vallecas, sus farolas se llenan de papeles que dicen “compro tu piso”. El capital tiene tanta prisa que las fases habituales de la gentrificación se están solapando: se producen la desinversión y estigmatización a la vez que la revalorización. Es loco y aterrador.

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