ENTREVISTA profesora de Economía Mundial

Gemma Cairó: "El Estado adopta un rol contracíclico en la economía pero siempre al servicio del capital"

Gemma Cairó i Céspedes, profesora de Economía Mundial en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona

Con espíritu didáctico y crítico, la profesora de Economía Mundial en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona Gemma Cairó i Céspedes ha coordinado el libro 'Deconstruyendo el capitalismo global' (Edicions de la Universitat de Barcelona) junto a un grupo de investigadores donde hacen un pormenorizado análisis de un sistema económico donde el neoliberalismo "muestra claros signos de agotamiento". Cairó explica que este abatimiento "del régimen de la acumulación capitalista" tiene lugar porque "no solo se superan los límites de un orden superior que es el sistema medioambiental o la naturaleza y hay una desvalorización de la fuerza de trabajo con tendencia a la precarización", con la pandemia de la COVID "también ha quedado patente el menosprecio por una esfera básica en el desarrollo humano como es la esfera de los cuidados, el ámbito reproductivo".

En el libro señalan que las estructuras económicas no son eternas, sino que están sometidas a procesos de cambio ¿Estamos ahora en un proceso de cambio?

Cuando hablamos de que las estructuras económicas no son eternas estamos cuestionando la supuesta inmutabilidad de las leyes económicas, que es típico del pensamiento ortodoxo neoclásico. La economía tiene unas leyes de funcionamiento que responden a la estructura capitalista. Las leyes económicas varían en función del modo de producción o el sistema en el que se está inmerso, no son ni eternas ni universales como a menudo se pretende.

Estamos en un proceso de cambio, que no empieza ahora sino con la crisis de 2008 donde se ponía en evidencia el agotamiento del capitalismo neoliberal. Ahora la pandemia del COVID refuerza esa realidad de agotamiento. Ahora bien, está por ver si vamos hacia una reconfiguración del orden neoliberal, hacia un giro socialdemócrata, con algunos parches para reconstituir el capitalismo, o nos dirigimos a una ruptura revolucionaria, que creo es la menos probable.

Con la crisis del coronavirus el diario Financial Times señaló en un editorial como una necesidad que los Gobiernos tendrán "un papel más activo en la economía" donde "los servicios públicos deben ser asumidos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros". Lo cual no es una transformación real sino una vuelta a las fórmulas que se adoptaron tras la segunda guerra mundial del siglo pasado.

Con la pasada crisis ya se demostró que el discurso de la nueva arquitectura financiera internacional era una ilusión, una farsa. Se hicieron algunos retoques y se revisaron algunos indicadores financieros en relación a provisiones, riesgos, etc., pero no hubo realmente un cambio real de funcionamiento.

Ante la pandemia y el agotamiento del capitalismo neoliberal, hay propuestas políticas que plantean una intervención del Estado para eliminar lo que han sido las políticas neoliberales de privatización y de liberalización. Se trataría de hacer una reconsideración del papel del Estado en la que no solo se deberían adoptar políticas fiscales más expansivas gravando a grandes patrimonios sino también con la reorganización de la actividad productiva, llegando a controlar algunos sectores económicos, definiendo áreas estratégicas o con masivas inversiones públicas. Este giro, que podríamos llamar socialdemócrata, chocaría igualmente con la crisis de la acumulación capitalista. El Estado adopta un rol contracíclico en la economía pero siempre al servicio del capital.

Esto no es nuevo. Con el keynesianismo tras la Segunda Guerra Mundial ya se dio un intervencionismo estatal con políticas fiscales y monetarias muy expansivas, pero la retirada del Estado que hubo con el neoliberalismo y la contrarrevolución conservadora a partir de los años 80 y 90 respondía a las necesidades del capital, por lo que se planteó una reestructuración económica para recuperar la tasa de ganancias que había caído en los países ricos.

Al explicar la dinámica capitalista a consecuencia de las crisis expone el proceso de concentración y centralización de capital. Parecía que tras la crisis financiera de 2008 se había asumido que el 'to big to fail' era un problema pero en esta nueva crisis las concentraciones y fusiones vuelven con fuerza. ¿Por qué cree que se vuelve a esas viejas recetas?

Esta concentración en términos físicos, con empresas más grandes, o en la centralización de la toma de decisiones es un efecto de funcionamiento del capitalismo. Históricamente, en las diferentes etapas de desarrollo del capitalismo se han dado crisis que recurrentes, que son intrínsecas al sistema, que generan una destrucción de fuerzas productivas -lo que políticamente correcto se denomina una racionalización del tejido productivo- que conlleva que sólo las empresas más competitivas y más rentables superen ese tránsito avanzando hacia un escenario de mayor concentración y centralización del capital, es decir, mercados oligopólicos. Estaría dentro de la lógica del sistema la tendencia a la concentración y centralización para reconstituir la tasa de beneficios y recortar costes como una forma rápida de salir de la crisis. Más que una receta es un efecto inevitable ya que es un mecanismo propio de la lógica capitalista.

Usted explica en el libro que la Gran Recesión (de 2008) obedece al agotamiento del capitalismo neoliberal, pero seguimos padeciendo unas bases estructurales frágiles e inestables: hipertrofia del sistema financiero y un desequilibrio que ha quedado más patente aún en la crisis del coronavirus entre el Centro (con poca actividad productiva) y la Semiperiferia fordista, con peso manufacturero. ¿Por qué cree que seguimos así?

Que no haya cambiado nada no significa que el modelo no muestre síntomas de agotamiento. Hay elementos como la creciente financiarización de la economía, el desarrollo de un capitalismo muy rentista y, sobre todo, el incremento de las desigualdades dentro de los países y entre los países que marcan este agotamiento. La cuestión es que, incluso desde la ortodoxia, se ha deslegitimado el modelo neoliberal porque a diferencia del fordismo de posguerra ya no puede garantizar como antes la generación de rentas, productividad y desarrollo tecnológico que deriva en un cierto bienestar para la sociedad en su conjunto. Se ha llegado a una situación que algunos economistas keynesianos denominan estancamiento secular: una sociedad con déficits estructurales profundos, con bases financieras inestables y pauperización de las rentas, con un freno de la productividad a lo que hay que añadir un incremento de la desigualdad y con graves problemas demográficos.

Esta crisis de la COVID ha ejemplarizado aún más el agotamiento del régimen de la acumulación neoliberal porque no solo se superan los límites de un orden superior que es el sistema medioambiental o la naturaleza y hay una desvalorización de la fuerza de trabajo con tendencia a la precarización, también ha quedado patente el menosprecio por una esfera básica en el desarrollo humano como es la esfera de los cuidados, el ámbito reproductivo.

¿Cuál sería la alternativa?

Depende siempre de la correlación de fuerzas, es decir, de quién va a impulsar estos cambios. Actualmente la correlación de fuerzas está marcada por el populismo xenófobo, el nacionalismo económico y un gran mercantilismo, así que no parece que ayude a un cambio. Parece que lo más probable es que se intenten poner parches en las principales brechas que se han abierto como la desigualdad, que el Estado tenga un papel más activo y que se sienten las bases para que haya una recuperación de los salarios y un mayor gravamen sobre las rentas del capital y las fortunas para recuperar el sistema de protección social.

Otra salida más atrevida sería una ruptura con el capitalismo de manera que el excedente, el beneficio de la actividad económica se socialice. Es algo que se podría organizar en una sociedad donde los medios de producción sean de propiedad pública. Están apareciendo movimientos sociales que abren vías con fórmulas económicas organizativas basadas en la cooperación y la solidaridad entre los individuos y que están autogestionadas. Un cambio así obligaría a una redefinición de cuáles son las necesidades sociales: ¿es necesario una inversión en armamentismo?¿Cuál es la provisión deseada de cultura? ¿Tiene la educación el valor social que requiere? ¿Es necesario la inversión en la industria del automóvil o hay que invertir en desarrollo de transporte público? Y no estamos hablando de un movimiento que afecte solo a la clase trabajadora o el proletariado, es un movimiento que afecta a todas esas personas que no se les da un valor económico en términos de precio de mercado, a los que Zygmunt Bauman definió como todas esas vidas desperdiciadas. Este colectivo tiene un peso que podría inclinar la correlación de fuerzas para impulsar una forma diferente de organización económica.

Lo que pasa es que las sociedades se enfrentan a unas estructuras demasiado complejas. Estaba pensando en cómo escapar de la tesis del Minotauro Global que expuso Yanis Varoufakis (el mecanismo de reciclaje de excedente global de manera que ese superávit se reinvierte en deuda de países con alto déficit que compran productos a los países con superávit en un ciclo interminable) que nos lleva a una inestabilidad permanente.

Una característica de estas décadas que Varoufakis explica muy bien con el símil del Minotauro, de esa bestia que se va comiendo todo el dinero, todo el excedente global tragado por el sector financiero. El Minotauro ejemplifica cómo el capitalismo busca una salida cuando no puede rentabilizar el capital por la vía productiva y busca una salida rentable en plazas financieras como Wall Street, ya sea comprando bonos del Tesoro norteamericano, dando créditos hipotecarios a las familias o recomprando acciones en el mercado bursátil.

Superávits y déficits ha habido siempre. El concepto de equilibrio de la economía neoclásica es una falacia, ya que no existe dicho equilibrio: o estamos en déficit presupuestario o estamos en superávit comercial. Ahora ese desequilibrio comercial se da en una época de frenazo de la inversión y de la economía, sobre todo en EEUU y en Europa, pero con el ascenso y el crecimiento de una gran potencia como China. El déficit comercial de Estados Unidos muestra un desequilibrio macroeconómico interno, que tiene que ver con el exceso gasto, y una falta de ahorro, en este país. Hay una nueva realidad económica que conforma una nueva estructura de poder económico global y que tiene consecuencias en el comercio mundial, siendo lo que hay en el trasfondo una lucha por la hegemonía tecnológica.

La globalización capitalista ya era asimétrica, si se cumplen las propuestas de una recuperación de la industria en países como España para que tenga más peso en las Cadenas de Valor Global, ¿cuál puede ser el papel de los países en desarrollo?¿Los condenamos así a ser más pobres?

Cuando hablamos de Cadenas de Valor Global ubicamos a los países según el tipo de actividades que desarrollan en esas cadenas de aprovisionamiento global. Los países menos desarrollados están en posiciones más desfavorables y vinculados a una fábrica mundial que explota la fuerza de trabajo mediante bajos salarios, de manera que se está condenando a muchos países en desarrollo a reproducir estructuras desarticuladas y muy dependientes de los mercados exteriores. Es difícil que estos países asciendan en esa cadena porque las posiciones de partida son muy distantes y la idea de convergencia no es posible.

Ahora bien, no sé quién va a ser más pobre, si van a ser ellos o lo vamos a ser todos los trabajadores. Si la globalización ha puesto algo de manifiesto es que las fronteras en términos económicos se han desdibujado: pertenecer a un país del Norte, del centro económico, ya no implica tener un buen nivel de vida. Podemos encontrar espacios de altos salarios y muy competitivos en la semi periferia, como la industria del software en India o del smartphone en China, y zonas en España o en Francia cada vez más pauperizadas y con más dificultad para anclarse en lo que sería la lógica de la globalización. Hay una polarización productiva que no entiende de fronteras entre trabajadores cualificados en sectores muy productivos o altamente tecnológicos y una gran masa de la población empleada en el sector servicios, con una remuneración más baja. Los desposeídos, los expulsados por el capitalismo ya son globales.

Si la globalización ha puesto algo de manifiesto es que las fronteras en términos económicos se han desdibujado: pertenecer a un país del Norte, del centro económico, ya no implica tener un buen nivel de vida

Hace unos años se hablaba mucho de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, conocidos como BRICS, por su nuevo papel como jugadores de peso en la economía mundial, pero últimamente solo sabemos de ellos por conflictos geoestratégicos o problemas políticos.

Salvo China, el resto de estos países y alguno más de Latinoamérica habían entrado en el marco económico mundial muy vinculados a una globalización capitalista dirigida por las multinacionales. A partir de los años 90 se desencadenó una actividad económica en estos países que se vuelve muy competitiva pero cuando la economía mundial empieza a desvanecerse porque entramos en la crisis del 2008 y la demanda en los países ricos se desmorona estas economías tan dependientes se vienen abajo. Pueden tener sectores punteros pero luego son sociedades desarticuladas. No han resuelto el problema de desarrollo interno a pesar de entrar en la globalización.

El caso de China es diferente porque ha acompañado esta inserción en la economía mundial con medidas de articulación interna que van desde la incentivación del consumo y la menor dependencia externa a un incremento de salarios o un desarrollo importante de la formación y la tecnología. A pesar de que todavía están muy lejos de los niveles de los países occidentales, China sería el único país periférico que parece está logrando una transición, mientras que el resto de emergentes mantiene profundas vulnerabilidades en sus economías.

En el libro argumentan que tres de los cinco grandes tratados de comercio internacional han fracasado y que la Organización Mundial del Comercio (OMC) parece que se preocupa más por garantizar las inversiones de las grandes empresas, liberalizar servicios y facilitar la privatización de servicios públicos que por facilitar acuerdos comerciales justos para todas las partes. ¿Tiene sentido seguir manteniendo un macroorganismo que no funciona?

Los objetivos de la OMC en los acuerdos de Bretton Woods era expandir el comercio mundial y eso no hay duda que lo ha conseguido, pero en determinados temas como la propiedad intelectual, la liberalización de servicios o el proteccionismo agrícola no está al servicio obviamente del bienestar global.

La cuestión que tenemos encima de la mesa es que la OMC es el único organismo multilateral que tenemos para regular el comercio, pero luego hemos tenido las políticas de Donald Trump que han puesto en crisis ese multilateralismo mediante la imposición de restricciones unilaterales al libre comercio. La OMC ya no estaría reflejando la nueva estructura del poder económico, ya que junto a Estados Unidos están China o Rusia, con unos objetivos políticos estratégicos diferentes y con una realidad económica también muy distinta. Hay un desfase entre la realidad económica y las estructuras de gobernanza, entre las instancias reguladoras y un esquema más multipolar del reparto del poder económico.

Pero también está la diatriba entre poner aranceles a productos del exterior por su huella de carbono frente a los productos de proximidad, aunque a la vez puede ser una manera de castigar a productores pobres de otros países.

Los aranceles protegen a la industria nacional, que no quiere decir que protejan a los consumidores nacionales. Hay una vía que es la del comercio justo para intentar unir el acceso de los países en desarrollo a los mercados ricos con garantías de un mínimo de condiciones de sostenibilidad ambiental, de remuneración de la fuerza de trabajo y de protección social. Es cierto que Europa y Estados Unidos protegen su agricultura, aunque básicamente tiene sentido, porque la agricultura tiene muchas funciones, no es sólo la base de la del sustento y una fuente de riqueza, también reorganiza el territorio y el consumo de proximidad es necesario para rebajar la huella de carbono.

Tampoco creo que sea una forma adecuada de pensar que nosotros, los países ricos, podemos salvar a otros países si no les imponemos aranceles y les facilitamos que pueden exportar. Habría que analizar si con esta fórmula de comercio se está reproduciendo un mecanismo de dependencia y de orientación de su actividad agrícola que no responde a las necesidades alimentarias de la población ni a su soberanía alimentaria, sino a obtener divisas que no siempre llegan a la población que trabaja en esos cultivos.

Desde la crisis financiera de 2008 no hemos frenado la trampa de la liquidez que definió Keynes: los bancos centrales inyectan dinero con tipos de interés muy bajos mientras que los bancos mantienen esos fondos de manera especulativa sin invertir en economía productiva. ¿No hay otras alternativas de política monetaria?

El dilema nuevamente es si estamos ante un problema de crédito o un problema de rentabilidad. ¿No hay demanda o es que no es rentable invertir? El problema en el marco actual es que el dinero no llega con la rapidez necesaria a la economía productiva. La alternativa sería que el sector público aprovechara esta expansión monetaria para invertir productivamente en la economía. Ahora hay más propuestas que van en la dirección de potenciar los estímulos fiscales como el 'dinero helicóptero': dar transferencias directamente a las familias para gastar, como ha ocurrido en Estados Unidos con la pandemia de la COVID para reactivar la economía a través de la demanda.

¿Tiene alguna esperanza de que los Objetivos de Desarrollo Sostenible sirvan para algo en el ámbito de políticas de desarrollo o estamos ante una estrategia de greenwashing?

Es una declaración institucional de Naciones Unidas, ya veremos cómo se van a aplicar y hasta qué punto van a ser efectivas. Es cierto que profundiza más en asuntos como la desigualdad o temas medioambientales que los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio. Además, parece que están permeando algunas organizaciones, tanto públicas como privadas, que están incorporando las directrices en sus planes estratégicos. Lo más destacable es que se plantean los problemas de forma global, ya no son solamente de los países en desarrollo, pero insisto en que es una declaración institucional.

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Publicado el
12 de diciembre de 2020 - 21:50 h

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