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Ousmane no se muere por el verano

Cada año, entre junio y septiembre, un hambre silenciosa, predecible y evitable, amenaza a 30 millones de personas en la región del Sahel, al sur del Sahara.

Este verano 3 millones de niños y niñas ya la padecen. Esta es la historia de Ousmane, uno de esos niños. Él, afortunadamente, no se muere por el verano.    

Ousmane, de año y medio.

Ousmane, de año y medio.

–  Dime Aminata – le pide el agente psicosocial –¿cuántos días lleva Ousmane con fiebre? Con los dedos, ella indica que dos, que tres, que dos. Su hijo, de año y medio, no abre los ojos. La diarrea, los vómitos y la malnutrición, le han dejado sin fuerzas. Está al borde del desfallecimiento. Le devuelven por momentos las ráfagas de dolor, pero después se desmadeja de nuevo, como si se rindiera.

Tampoco a la madre le queda energía después de haber cargado con el bebé hasta el hospital de Selibaby, al sur de Mauritania. Hagan ustedes algo por él, porque yo ya no puedo, dicen los ojos de Aminata muy abiertos, que hablan por ella porque ella no dice nada, mientras su niño emite ese ayyyyyy, tan igual en todas las lenguas.

El enemigo principal de esta región fronteriza con Mali y Senegal es la desnutrición, nombre médico del hambre. Los pacientes llegan al hospital con infecciones o malaria, pero generalmente, su problema real es la falta de alimento, que anula sus defensas. Una vez que ingresan en el Centro de Rehabilitación Nutricional Intensiva (CRENI), apoyado por Acción contra el Hambre, el tratamiento dura una media de dos semanas. Sólo en Selibaby recibieron casi 3.000 casos el año pasado. A veces no tienen capacidad para atenderlos a todos, especialmente en el periodo de soudure, que coincide con el verano, el tiempo entre las dos cosechas.

A pesar del trágico entorno, hay un hombre que baña cada rincón con su entusiasmo. Es Pape Sall, agente psicosocial de Acción contra el Hambre que trata a los pacientes como si fueran sus propios hijos.

Aminata con su hijo en brazos, Ousmane.

Aminata con su hijo en brazos, Ousmane.

Aminata, es, en realidad, otra niña. Tiene 17 años. Mientras la enfermera examina al pequeño Ousmane, Pape Sall pregunta a la madre si tiene más hijos. La niña admite que sí abriendo mucho los ojos y achicando la voz. “Sí, el primero lo tuve a los 14”. ¿Quién te ayuda en casa? “Mi suegra”. ¿Y tu marido? “Está en trashumancia”. ¿Y cómo es posible que no hayas venido antes a buscar ayuda? “Vivo lejos”, indica la niña apenas con la mano porque se le va el aliento.

Las enfermeras se ocupan del niño. Le pesan, le miden, le toman la temperatura y una vez que todos los indicadores confirman que Ousmane sufre desnutrición aguda severa con complicaciones médicas, empieza el tratamiento. En la misma habitación duermen otras cinco mujeres con sus hijos.

A la mañana siguiente, Ousmane se despierta apático, sin apetito. Las enfermeras le dan la leche terapéutica y el antibiótico, pero el ánimo de Aminata solo mejora el tercer día, cuando Ousmane abre los ojos para pedirle comida. Por fin.

Al cuarto día, el pequeño ya devora el alimento terapéutico Pumply Nut, una pasta a base de cacahuete. Después Pape Sall organiza una animación grupal. En ella, madres y niños se reúnen sobre una alfombra salpicada de juguetes. Incita a Aminata a jugar con Ousmane, que se encapricha con una bola del mundo que es casi más grande que él.

Pape Sall, agente psicosocial de Acción contra el Hambre, entrega a Aminata el alimento terapéutico Pumply Nut.

Pape Sall, agente psicosocial de Acción contra el Hambre, entrega a Aminata el alimento terapéutico Pumply Nut.

El 1 de julio de 2019, Ousmane recibe el alta del CRENI. “Su recuperación ha sido muy rápida”, cuenta Safiatou, la responsable del centro, “en solo cinco días, ha ganado medio kilo, la fiebre ha desaparecido y con ella, cualquier complicación médica”. Aminata sonríe. “El tratamiento contra la desnutrición lo podrá continuar desde casa. Ousmane ha salido de peligro”, añade la responsable. La emoción envuelve el momento y la madre corre a recoger sus bártulos.

La media hora que dura el trayecto hasta su aldea, Ousmane va muy quieto y pavorosamente callado. Viene cansado de una lucha colosal y aún no sabe que ha triunfado. Al llegar a su aldea en el desierto, ver su casa de barro y a su familia esperándole en la sombra de un techo de paja, ahora sí, como si comprendiera por fin que se ha salvado, empieza a llorar. Primero bajito, como ensayando, y después muy fuerte, afianzado en su grito de victoria.

Es su primer gran triunfo: no se muere por el verano. Tres millones de niñas y niños están librando la misma batalla en Sahel. Y desde aquí podemos ayudarles a ganar.

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