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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

¿Para qué sirve el Derecho?

Trump, abrazado a Netanyahu, con las banderas de ambos países

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Ha comenzado el año con comandos estadounidenses secuestrando a Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores, en Caracas. Sin nada que se pareciera a lo que durante ochenta años hemos llamado legalidad internacional. Donald Trump compareció ante las cámaras con esa sonrisa de vendedor de coches usados y dijo lo que llevaba tiempo queriendo decir: que Venezuela está en su zona de influencia, que América Latina es su patio trasero, que puede entrar ahí cuando le dé la gana porque lo dice la Doctrina Monroe de 1823. Ahora bautizada como “Donroe”, por ello de que no se nos olvide quién manda y qué nombre debe quedar grabado en el mármol de la historia.

Porque de eso se trata. De un magnate que necesita construir monumentos a su propio ego, que busca dejar un legado que lleve su apellido, aunque para ello haya que dinamitar lo poco que quedaba de orden internacional. Y lo inquietante no es solo que lo haga, sino que setenta y siete millones de estadounidenses votaron por esto. Votaron por la promesa de que Estados Unidos volvería a ser grande, que recuperaría su lugar en el mundo, que dejaría de disculparse y actuaría. Y actuar, en este vocabulario, significa invadir, secuestrar, arrasar. Siempre lo han hecho, claro. Siempre se han presentado como liberadores, como portadores de la democracia, con la Biblia en una mano y el misil en la otra, invocando a Dios para justificar lo que otros llamarían simple rapiña.

La cuestión es que una potencia extranjera ha decidido que puede entrar en territorio soberano, secuestrar a un presidente y saltarse de un plumazo todo el entramado jurídico que construimos después de Núremberg. Y aquí viene la pregunta que debería desvelarnos: ¿para qué sirve el Derecho entonces? Porque si sirve solo para algunos, si el secuestro es crimen o liberación según quién lo ejecute, entonces no estamos hablando de Derecho sino de propaganda. De un teatro donde los jueces, los tratados y los tribunales son mera utilería que se usa cuando conviene y se guarda cuando estorba.

Hay precedentes, claro. Siempre los hay. En 1989, Estados Unidos invadió Panamá para detener a Manuel Noriega. Operación Causa Justa, la llamaron. Murieron entre quinientos y cuatro mil civiles según a quién preguntes —los números varían porque contar cadáveres en invasiones nunca ha sido prioridad—. Noriega acabó cuarenta años en prisión. La ONU condenó la invasión por violación flagrante de la soberanía. A Washington le importó lo mismo que le importa ahora: nada. Porque cuando eres el que pone las reglas, romperlas es un trámite administrativo.

Lo que Trump ha hecho es peor que violar la ley. Ha hecho algo mucho más destructivo: ha demostrado públicamente que la ley no existe. Que todo ese edificio de tratados, convenios, tribunales internacionales, es humo. Eso sí, para algunos. Otros, también con sus causas, deben pagar hasta último segundo en una cárcel, con una inhabilitación o con un horror psicológico. Entonces, ¿de qué estamos hablando?

Rusia lo entendió a la perfección. Lleva casi cuatro años descuartizando Ucrania. Ha anexionado ciento veinte mil kilómetros cuadrados, ha deportado a veinte mil niños ucranianos a Rusia para “reeducarlos”, ha convertido ciudades enteras en paisaje lunar. La Corte Penal Internacional emitió orden de arresto contra él en marzo de 2023. Putin viajó a Mongolia en septiembre de 2023. Mongolia es firmante del Estatuto de Roma, tenía obligación legal de detenerlo. No lo hizo. Putin regresó a Moscú, se tomó un té, y siguió bombardeando. Porque si Estados Unidos puede secuestrar presidentes, ¿qué autoridad moral tiene para pedir que otros respeten la legalidad?

Gaza. La Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto el 21 de noviembre de 2024 contra Benjamin Netanyahu y su exministro de Defensa Yoav Gallant por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Netanyahu se convierte así en el primer líder israelí buscado internacionalmente por un tribunal. Pero sigue gobernando, sigue ordenando bombardeos, sigue compareciendo en ruedas de prensa mientras declara que actuará “con o sin apoyo internacional”. Cuarenta y seis mil novecientos muertos según el Ministerio de Salud palestino, cifra que la OMS considera “conservadora” porque hay cinco mil cuerpos bajo los escombros sin contabilizar. El ochenta y cinco por ciento de la población —dos millones de personas— ha sido desplazada al menos una vez. Muchos, hasta siete veces en quince meses. El Tribunal Internacional de Justicia dictaminó el 26 de enero de 2024 que existe “riesgo plausible de genocidio”. Israel continuó.

Treinta y siete hospitales destruidos o severamente dañados. Ciento cincuenta y dos instalaciones de la ONU bombardeadas. Más de quinientos trabajadores sanitarios asesinados. Ochenta por ciento de las infraestructuras civiles arrasadas. El noventa por ciento de los niños de Gaza sufren desnutrición aguda según UNICEF. Pero Netanyahu, con orden de arresto internacional, viaja tranquilamente a Estados Unidos, donde lo reciben con honores.

Sudán. Veinte meses de guerra civil. Once millones de desplazados, la mayor crisis de refugiados del mundo según ACNUR. Veinticinco millones de personas en situación de hambruna aguda. Las milicias Janjaweed, las mismas que perpetraron el genocidio de Darfur hace veinte años, han vuelto a la carga. Violan, queman aldeas, masacran poblaciones enteras. El Consejo de Seguridad aprobó en junio de 2024 un embargo de armas. Emiratos Árabes Unidos lo viola sistemáticamente enviando armamento a través de Chad. Nadie hace nada. Porque Sudán no tiene petróleo estratégico ni frontera con Europa.

Somalia. Treinta y cuatro años en guerra civil continua. El Gobierno Federal controla Mogadiscio y poco más. Al-Shabaab domina el sur, cobra impuestos, administra justicia según su interpretación de la sharia, ejecuta a “colaboradores” en plazas públicas. Seis millones de personas en inseguridad alimentaria severa. La comunidad internacional prometió reconstrucción en 2012, en 2016, en 2020. Las promesas siguen ahí, flotando en actas de conferencias que nadie lee.

Nigeria. Boko Haram ha secuestrado a más de diez mil personas desde 2009. En 2014 secuestraron a doscientas setenta y seis niñas de una escuela en Chibok. Michelle Obama posó con un cartel. Ciento doce niñas siguen desaparecidas. El noreste del país es territorio sin ley donde el ejército y los insurgentes compiten por ver quién comete más atrocidades. La producción de petróleo nigeriano supera los dos millones de barriles diarios. Mientras fluya el crudo, nadie pregunta demasiado por las niñas.

Irak. Veintidós años después de la invasión que iba a traer democracia y prosperidad, el país sigue siendo un Estado fallido. Quinientas mil personas murieron en la guerra y sus secuelas según el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown. La reconstrucción prometida costó ciento treinta y ocho mil millones de dólares sobre el papel. En realidad, se esfumaron en contratos fraudulentos, en empresas fantasma, en maletas de billetes que desaparecieron en el desierto. Hoy Bagdad tiene electricidad seis horas al día. El agua potable es un lujo. Las clases medias que alguna vez existieron emigraron o murieron.

Cuando el 'sheriff' del pueblo viola la ley, todos los bandidos entienden que ha llegado su turno. La erosión es vertical: empieza arriba y desciende como ácido. Si Washington puede secuestrar presidentes, Moscú puede anexionar provincias. Si Tel Aviv puede arrasar ciudades enteras, Jartum puede masacrar aldeas. Si nadie responde cuando mueren cuarenta y seis mil palestinos, ¿quién va a responder cuando mueran cien mil sudaneses?

Y aquí estamos. Mirando el cascarón. Preguntándonos qué viene ahora. Porque esto no termina en Venezuela. Europa, que ha vivido siete décadas bajo el paraguas norteamericano, que ha delegado su seguridad y su política exterior en Washington, tendrá que decidir si es capaz de decir alto y claro que no se hacen genocidios, que no se secuestran presidentes, que existen líneas que no se cruzan. O si seguirá mirando hacia otro lado, redactando comunicados preocupados mientras el continente se convierte en espectador de su propia irrelevancia. Hasta que, tarde o temprano, Europa quiera echarse las manos a la cabeza y descubra que ya no tiene manos. Que las perdió de tanto mantenerlas quietas en los bolsillos mientras el mundo ardía.

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