Una vida contra la indiferencia: Peligros Folgado y la fuerza del voluntariado extremeño
A los 15 o 16 años, durante una charla del Domund en su colegio, Peligros Folgado, 'Peli', descubrió que ya no podría vivir de espaldas al mundo. Una misionera hablaba de Ruanda, de niños y niñas desnutridos, de enfermedad y de una pobreza tan extrema que solo permitía una comparación posible: lo que ella tenía frente a todo lo que a otros les faltaba. De aquel impacto nació una certeza que no la ha abandonado en más de cuatro décadas: tenía que hacer algo.
Entonces no existía el concepto de cooperación internacional ni el voluntariado estaba reglado. Era mediados de los años setenta. Pero Folgado entendió que formarse era el primer paso. Decidió estudiar Enfermería porque en aquellas imágenes vio, sobre todo, enfermedad. Su primer viaje a terreno no llegaría hasta 1988, a Guinea Ecuatorial. Entre medias hubo formación, voluntariado y una vocación que se iba consolidando sin ruido, pero sin pausa.
Desde 2004, Sierra Leona ocupa un lugar central en su trayectoria. Llegó poco después del fin de una guerra que durante once años destrozó el país para controlar los diamantes. No fue una guerra tribal, sino una guerra que dejó un país sin edificios, sin escuelas, sin hospitales y con una población completamente desasistida. Las clases se impartían en chozas, enfermar significaba no tener a dónde acudir y los campos estaban arrasados.
Allí conoció a niños soldados y a niñas obligadas a la esclavitud sexual, a adolescentes marcados por adicciones forzadas para poder ser manipulados. “Una guerra de once años rompe el futuro de toda una generación”, explica. La reconstrucción exigía algo más que buena voluntad, así que decidió seguir formándose y cursó un máster en Medicina Tropical y Salud Internacional en Barcelona, con la idea de colaborar con organizaciones sanitarias presentes en el país.
Mientras tanto, su compromiso en Extremadura no se detenía. Llevaba años colaborando con la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui en Badajoz, realizando estudios de salud a los niños y niñas del programa Vacaciones en Paz y viajando a los campamentos de refugiados de Tinduf. Conoció de cerca otra realidad atravesada por el abandono y el exilio. Con el tiempo, entendió que crear estructura aquí podía ser más eficaz que irse definitivamente fuera.
Así nació Atabal. Primero como proyecto dentro de Cáritas en 1986, trabajando en el ámbito de las adicciones, una de las problemáticas más urgentes del momento. En 1993 se constituyó la Asociación Atabal y, más tarde, la Fundación Atabal, independiente pero hermanada, con dos líneas de trabajo inseparables: cooperación internacional para el desarrollo y educación para el desarrollo y la transformación social.
Hoy, la Fundación Atabal desarrolla proyectos en Sierra Leona —principalmente—, pero también en El Salvador, Nigeria, Perú o los campos de refugiados de Palabek, en Uganda. Al mismo tiempo, trabaja en Extremadura con iniciativas educativas, comunitarias y de sensibilización. Tras años de trabajo, Sierra Leona ha dejado de ser un país invisible para muchas personas que hoy saben situarlo en el mapa.
Algunos proyectos combinan ambas líneas y refuerzan su impacto. Uno de los más innovadores es El Prestao, un espacio colaborativo que funciona como una biblioteca de objetos cotidianos que se prestan, se usan y se devuelven, sin dinero de por medio, desde un taladro a una tienda de campaña. A ello se suman intercambios de ropa y trueques que fomentan un consumo responsable y comunitario. El proyecto ha tenido tal acogida que ya se está replicando en otros lugares.
También existen iniciativas que conectan directamente a jóvenes de aquí con jóvenes de allí. En un colegio de Murcia, el alumnado aprovecha los recreos —“recreos solidarios”— para elaborar objetos que luego venden y destinan a una escuela en Sierra Leona, estableciendo una relación directa entre ambos contextos. “Para querer algo hay que conocerlo”, insiste Folgado. Y cuanto antes se conozcan otras realidades, más fácil es que prenda y se aprenda la solidaridad.
En 2025 recibió el Premio Extremeño al Voluntariado Social, una sorpresa que asumió como una responsabilidad. “Me dio un altavoz”, afirma. Un altavoz para reivindicar el valor del voluntariado, que considera una vocación además de una opción. “Siempre que surge un problema social grave es la ciudadanía la que se organiza primero”. Por eso defiende que las organizaciones sociales no son competencia de la administración, sino aliadas imprescindibles.
Le gusta a la extremeña aprovechar este reconocimiento también para elogiar a ASEXTRAS, la Asociación Extremeña de Trasplantados, una entidad a la que admira profundamente y destaca el valor humano de las organizaciones de donantes. “Salvar vidas y acompañarlas atraviesa para siempre a quienes participan”. Cree que ese compromiso explica por qué el voluntariado en este ámbito nunca falta.
En su trabajo con personas vulnerables y en la prevención de adicciones, los desafíos no dejan de crecer. Las sustancias cambian, los perfiles también y las redes sociales han generado nuevos riesgos para los que muchas personas jóvenes no están preparadas. A ello se suma la pérdida de interés por la prevención y las dificultades para trabajar con entornos educativos y familiares, algo que antes era habitual. “La prevención debería ser lo primero”, subraya.
Otro obstáculo permanente es el sistema de subvenciones, cada vez más complejo y competitivo. Folgado insiste en que la administración debe entender a las entidades sociales como aliadas estratégicas y no como competidoras. “Los problemas sociales se resuelven cooperando”.
Sobre la cooperación internacional en Extremadura, recuerda con orgullo los años en que la región estuvo en primera línea y a figuras clave como Rafael Barragán o Pepe Álvarez, hoy ausentes, que defendieron con firmeza el 0,7%. Actualmente, advierte, Extremadura apenas alcanza el 0,13% y la cooperación se ha convertido en una moneda de cambio política. “Es un riesgo extremo”.
Frente a discursos excluyentes, defiende una cooperación transformadora con mirada glocal, desde lo local a lo global. Invertir en cooperación, sostiene, es invertir en personas, en convivencia y en futuro, y una herramienta para combatir el avance del odio, el racismo y la xenofobia.
El Pacto Extremeño por la Solidaridad le parece un avance necesario, aunque insiste en que ahora toca ejecutarlo con realismo y flexibilidad. Cree imprescindible repensar el voluntariado para adaptarlo a las nuevas condiciones de vida, a la movilidad y a la precariedad, especialmente entre la gente joven. “El voluntariado de ahora no puede ser como el de antes”.
A las nuevas generaciones les lanza un mensaje honesto: el voluntariado da alegrías y también frustraciones, pero no hay nada comparable a sentir que formas parte del cambio. En un mundo acelerado, invita a parar, a escuchar y a decidir qué camino quieren transitar. “Solos vamos más rápido, pero juntos llegamos más lejos”, recuerda, citando un proverbio africano.
Sierra Leona
De cara a 2026, la Fundación Atabal seguirá trabajando en Sierra Leona en educación, sanidad, seguridad alimentaria y apoyo a mujeres y a la infancia más vulnerable. Continúan los proyectos de construcción de escuelas y pozos, las becas para que chicas accedan a la universidad y los programas agrícolas que empoderan a las mujeres. También el trabajo con niños y niñas de la calle y la atención a una nueva emergencia: el consumo de kush, una droga devastadora que está arrasando a la juventud.
Tras una guerra prolongada, el ébola, inundaciones mortales, la pandemia y enfermedades endémicas como la malaria o el cólera, Sierra Leona sigue necesitando acompañamiento. Por eso la Fundación Atabal lleva más de veinte años allí. Y por eso, también, sigue trabajando aquí.
Para Peligros Folgado, el voluntariado no es una tarea ni un paréntesis en la vida, sino una forma de habitarla. No se mide en premios ni en cifras, sino en vínculos, en acompañamientos silenciosos y en la convicción de que ninguna injusticia es ajena cuando se mira de frente. Después de más de cuarenta años, sigue creyendo que implicarse es una responsabilidad colectiva y que transformar el mundo empieza por no aceptar como normal aquello que duele. Quizá por eso su trayectoria no habla solo de países, proyectos o décadas, sino de algo más profundo: la certeza de que cuidar también es una manera de vivir.
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