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El discurso de Antígona

Ante la política actual de Salvini hacia los migrantes, Cristina Morini retoma la figura de Antígona y la idea necesaria de la desobediencia

Creonte y Antígona, 2019

Creonte y Antígona, 2019

La embarcación de la marina americana Trenton socorrió a 40 personas en medio del mar. Los subió a bordo el martes, después de que la balsa que los llevaba volcara frente a las costas de Libia. Pidió apoyo a la nave de la ONG Sea Watch, que la alcanzó llevando comida y mantas, pero que no se pudo hacer cargo de los supervivientes porque no tenía un puerto seguro donde atracar. Roma no lo concedió. Después de dos días, la nave americana se vio obligada a dejar en el mar los cuerpos de los migrantes muertos y a estas horas se dirige hacia Augusta. Transporta a los supervivientes, pero no tiene cámaras frigoríficas y por eso tuvo que abandonar a los muertos entre las olas. La sepultura de estos cuerpos que no cuentan ha sido confiada al Mediterráneo, como tantos otros cuya cuenta ya se nos escapa.

Después de lo que le pasó al Aquarius, las declaraciones sobre la labor que se hace en el mar son cautas y terribles: “No podemos rescatar a los muertos, no tenemos cámaras. Y a los supervivientes lo rescatamos solo si nos asignan, al mismo tiempo, un puerto seguro que no esté alejado más allá de 36 horas de navegación” La prohibición de tocar tierra sobre costas italianas, impuesta por el gobierno de la Lega, genera dudas obvias y obliga a negligencias. El abandono de los cuerpo de los difuntos es considerada una decisión extrema en el derecho del mar, pero las ONGs se sienten amenazadas por Salvini y temen recibir “el mismo tratamiento que el Aquarius”.

He retomado Antígona de Sófocles y releo el discurso en el que se enfrenta al tirano Creonte, después de haber desobedecido el edicto que prohibía la sepultura del cuerpo de su hermano Polinice, considerado un traidor y abandonado como un extranjero a los cuervos y los buitres fuera de los muros de Tebas: “No era Zeus quien había decretado esa prohibición para mí, ni tampoco Diké, compañera de los dioses subterráneos, promulgó nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no he creído yo que tus decretos, como mortal que eres, puedan tener primacía sobre las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron. No tenía, pues, que temer yo, que no temo la voluntad de ningún hombre, que temer que los dioses me castigasen por haber infringido tus órdenes”.

He retomado también a Judith Butler que relee Antígona y afirma: “Hace algunos años empecé a pensar en Antígona al preguntarme qué había pasado con aquellos esfuerzos feministas por enfrentarse y desafiar al Estado. Me pareció que Antígona funcionaba como una contra-figura frente a la tendencia defendida por algunas feministas actuales que buscan el apoyo de la autoridad del Estado o las instituciones para alcanzar los objetivos políticos del feminismo (…). De hecho, encontramos que Antígona es una figura apoyada y defendida por Luce Irigaray que la identifica con el principio del desafío femenino al estatalismo y la convierte en un ejemplo de antiautoritarismo”.

Los tiempos que nos han tocado vivir requieren que encontremos un universo simbólico y de valores donde apoyarnos frente a la dureza y el peligro que implica el desafío al poder y el acto de reivindicarlo. En estos días, las movilizaciones han sido inmediatas y los alcaldes de algunas ciudades italianas y europeas se han ofrecido a acoger al barco condenado al ostracismo por Salvini. Está naciendo un movimiento de ciudades solidarias (movimiento di città solidali). En el día de ayer -debo escribirlo porque encontrar palabras que apoyen los actos es fundamental y lo único que tiene que asustarnos es el aniquilamiento- escuché al Papa denunciar, de modo explícito, el horror de estos momentos, especialmente creado para generar miedo al otro, al pobre: “gente portadora de inseguridad, inestabilidad y desorientación en la vida cotidiana, por lo tanto, gente a rechazar y mantener alejada”. Francisco acusó a “nuestro ser tan atrapado en una cultura que obliga a mirarse en el espejo y cuidar sobremanera de nosotros mismos, creyendo que un gesto altruista puede ser suficiente sin un compromiso directo”.

Comprometerse directamente. Actuar. Sabemos desde hace un tiempo que los cambios que se requieren –y se requerirán cada vez más- implican una revolución que pasa, antes de todo, por cada una y cada uno de nosotras y nosotros. Michel Foucault nos puso en guardia frente al enemigo recurrente que podíamos encontrarnos delante (y dentro): “el adversario estratégico: el fascismo (…). Y no tanto el fascismo histórico de Hitler y Mussolini, que supo movilizar y utilizar bien el deseo de las masas, sino también el fascismo que está en nosotros, que es dueño de nuestro espíritu y de nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, deseando lo que domina y explota. ¿Cómo liberar nuestros discursos y actos, nuestros corazones y nuestros deseos del fascismo? ¿Cómo limpiar el fascismo que está incrustado en nuestro comportamiento?”, se pregunta Foucault

Revertir la legitimación del discurso del odio. Revertir la “obediencia promiscua” a los valores aberrantes. Reconocer y valorar las relaciones que mantenemos ya, en los espacios, en los barrios, en las existencias comunes, con los otros y las otras. Las experiencias materiales entre los cuerpos que inervan la realidad cotidiana y están mucho más avanzadas que la mentalidad obtusa de los gobernantes. Reconocer que la precariedad y la pobreza que produce el poder es idéntica en una parte y la otra del mar. Reforzar las redes disidentes.

Y aquí aparece la raíz de la reivindicación de Antígona: “Todos aquellos que están aquí me aprobarán, si el temor no frena la lengua. Pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de hacer o decir lo que quiere". Estamos carcomidos por nuestra soledad, por la espiral de silencio generado por el mecanismo de la precariedad, que impone el “vivir quieto” individualista pero no produce paz alguna, ni siquiera un leve alivio.

Creonte acosa a Antígona: “¿No te da vergüenza querer ser diferente de ellos?”

Nace, una vez más, hoy mismo y aquí mismo, la idea necesaria de la desobediencia y del coraje, que es también la del orgullo de encarnar una idea diferente del mundo y de las relaciones sociales. Debe denunciarse el problema ético y político de este país que se desplaza hacia la deshumanización, no queriendo acoger ni a los vivos ni a los muertos. No aceptar, no habituarse al horror, teniendo presente que esto ha pasado ya y que no se puede volver a correr el riesgo de ser cómplices. Rechazar ritualizar la catástrofe, permaneciendo como espectadores y espectadoras desde la orilla; encontrar, por el contrario, palabras y acciones para imaginar y construir un epílogo diferente. En primer lugar, entender y así combatir las actitudes que normalizan y nos llevan a aceptar las diferencias sociales y las múltiples injusticias, refugiándonos en una farsa de tranquilidad “que no basta para hacer buena una vida mala” (Liana Borghi)

Cristina Morini es intelectual y activista italiana. En castellano ha escrito Por amor o por la fuerza sobre la feminización del trabajo. Este artículo apareció por primera vez en la revista digital Effimera.

Traducción: Lola Matamala

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