El cómic que dibuja un mapa de Madrid con postales sobre los bajos fondos y sus pandilleros
Cuando uno se entera de que han hecho el enésimo cómic adaptado de una película, una novela o, incluso, una biografía, no puede evitar ponerse en alerta. Supongo que algo así me sucedió al ver la noticia de la conversión a la viñeta de Macarras interseculares, el exitoso ensayo del antropólogo Iñaki Domínguez, pero los prejuicios se disiparon cuando lo tuve entre las manos.
El tomo tiene las magníficas hechuras de Astiberri, una editorial que es responsable de buena parte de la salud del cómic en este país. El guion, descansa sobre los mimbres del mencionado ensayo, aunque introduce pasajes que no están en este, y del dibujo se encarga con éxito Marina Cochet.
Cochet, que ha trabajado antes en libros diversos como la biografía del anarquista Melchor Rodríguez El ángel rojo (ECC Ediciones) o en una obra sobre el cantante Joaquín Sabina, sabe captar el ambiente callejero y acierta al jugar con los cambios cromáticos de los distintos ambientes y épocas reflejados en el guion.
Los capítulos están articulados a través de barrios y lugares enunciados, en los que sucede la acción (Lavapiés, Costa Fleming, la discoteca Attica o Las Barranquillas, entre otros); o por los protagonistas de Macarras interseculares (la Panda del Moco, Juanma El Terrible, “los iraníes”…).
De las esquinas menos iluminadas de estos sujetos y parajes dibuja Domínguez un mapa que va más allá de lo metafórico y hasta abre la obra literalmente. Un mapa que el autor sitúa entre la década de los sesenta y el año 2000, que es incompleto y caprichoso, por supuesto. Incompleto porque él elige poner en el foco a unos cuantos aventureros de la miseria de entre los que podrían ser y también porque la historia de esos barrios es mucho más que la de sus quinquis. Pero él habla de esto y de esa manera hay que entenderlo, asumiendo que también esos barrios se vivieron de una forma más amable.
Las postales que Domínguez entrega también son, por vocación, fragmentarias. Están enviadas desde esquinas del paisaje formado por el recuerdo borroso de sus protagonistas. A veces, los apuntes quedan demasiado breves, también es verdad.
Y, ¿quiénes son sus protagonistas? Algunos están vivos, son los informantes del antropólogo Domínguez y aparecen dibujados: el boxeador pandillero Dum Dum Pacheco, el rapero MC Randy (¡Hey pijo!), Juanma El Terrible, o El Lolo de Saconia, entre otros. En ocasiones es el propio Domínguez el que se convierte en personaje –uno de los recursos más habituales del cómic contemporáneo– para dejar patente la parte vivencial de sus indagaciones en busca de macarras a los que rescatar en las crónicas.
Como en otros libros sobre el tema de Iñaki Domínguez (Macarras ibéricos o Macarrismo) lo macarra entendido como experiencia medio delincuencial se mezcla con la cultura popular, y ahí está la historia del primer hip-hop en Azca y en la periferia madrileña, por ejemplo.
En el repertorio legendario de Madrid siempre se han mezclado las distintas clases sociales durante la noche. Un mundo sobre todo masculino que encontramos ya en los relatos madrileñistas sobre el Caballero de Gracia o en las escapadas callejeras de los reyes en busca de amantes novicias. Camilo Sesto antes de triunfar, compadreando con los pandilleros de Los Ojos Negros en una discoteca de Usera, lo que se cocía en las whiskerías de Costa Fleming...
Lo que Domínguez hace en sus macarrerías es, a la manera de aquellos cronistas, sublimar esos personajes que todos tenemos en la cabeza, que a menudo fluctúan entre la admiración y la pena. Ese lugar promiscuo donde los pijos juegan a ser malos de noche y los pobres caen por las laderas los caminos escarpados que orografían sus barriadas.
Es probable que la obra interese más a quienes no andamos muy lejos de la generación del autor. A los que, estando en el colegio, fuimos testigos de la extensión del rumor –fake news, bulos, se dice hoy– de que al cantante de ¡Hey, pijo! lo habían asesinado unos pijazos, dejando tatuado en su cuerpo “U2”. A quienes, incluso, pudieron encontrarse con alguno de los pijos macarras de la Panda del Moco o se acercaron a bailar break dance a los mármoles de Nuevos Ministerios, como asegura hizo el propio Pedro Sánchez.
El mérito de Domínguez es el de haberse inventado –acaso actualizado– un género, que hasta ahora había expresado en libros, podcasts y en sus artículos de prensa. Cabe advertir que hay que transitarlo con la precaución de no entender las geografías que relata exclusivamente a través de su cara macarra pero, no cabe duda, sus personajes tienen ese lado trágico que tan bien encaja en nuestra manía de contar historias y su contemporaneidad ha resultado ser también, a través del cómic, tremendamente fotogénica.
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