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La fase 0 huele a tinte para el pelo

"¡La madre del cordero!", dice una clienta, a manera de saludo, al entrar por primera vez en la peluquería

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Peluquerías lanzan guía para "extremar" las precauciones en su reapertura

Las peluquerías abren con cita previa desde el 4 de mayo. EFE

Hemos parado de ver capítulos de Clone Wars, las guerras clon que se desarrollan entre el episodio II y el II de las películas de Star Wars, porque no hacíamos otra cosa. Un capítulo tras otro, temporada tras temporada, empezaba a confundir la Coronavirus Wars con la lucha de los Separatistas para destruir la República, cosa que por mucho que parezca la vida real, en realidad ocurre dentro de la ficción galáctica creada por George Lucas.

Necesitada de aire, he salido a dar mi primer paseo de andar rápido. Al contrario que un enfermo de coronavirus, mi sentido del olfato está hipersensible, imagino que es un fenómeno propio de quien permanece mucho tiempo en un hogar que genera sus propios olores de manera uniforme. Como los perfumes con los que me rocío, quizá en exceso, porque a los cinco segundos ya no los huelo.

Al alejarme tres o cuatro manzanas de mi casa y llegar a una calle ancha, me golpeó un intenso olor a alquitrán que emanaba de un camión que asfaltaba un concurrido cruce entre avenidas. Las obras provocaban una aglomeración impaciente de coches, cuyos conductores nerviosos parecía que habían olvidado el adiestramiento especial para conducir por Madrid, con el que más que una licencia deberían darnos un doctorado. El otro gran olor era el del diésel quemado. Alquitrán y gasoil, el olor del progreso, era el aroma de esta ciudad antes de que el coronavirus llegara a ella, como un pistolero forastero que vacía el bar del pueblo con su sola presencia.

Me alejé de allí con mis andares apresurados, un tipo de deporte que he practicado muchas otras mañanas para no llegar tarde al colegio, y me adentré por callejuelas menos transitadas. Inspiré fuertemente un olor a colada recién tendida, intentando limpiar con suavizante mis células olfativas y recorrí las calles como lo haría el pac-man del comecocos, girando a derecha o izquierda sin más voluntad que la de huir de los fantasmas a motor. Y así me di cuenta de que el Madrid de la fase cero de la desescalada huele a tinte del pelo, a lejía y a horno de pan. Entre tanta chapa bajada, da gusto ver cómo le vuelven a dar, a través de los escaparates, al cepillo y secador con la maestría habitual. Me paro delante de uno de ellos en el momento en el que llega una señora de edad avanzada acompañada por una mujer de mediana edad, en quien se apoya. Sin mediar los buenos días, la conversación entre la clienta y la peluquera transcurre de la siguiente manera:

—¡La madre del cordero! —dice la clienta.

—Sin palabras —contesta la peluquera mientras la ayuda a salvar los escalones.

Supongo que con esto ya no habría mucho más que comentar, a excepción de los importantes asuntos que se debaten en la peluquerías, como son los líos de faldas, las broncas por dinero, y la vida y miseria de los famosos. 

La calle Iriarte de Madrid, engalanada durante el confinamiento.

La calle Iriarte de Madrid, engalanada durante el confinamiento. E. C. / Madrid

Huelo a tabaco. Ya me había olvidado lo desagradable que era. El señor que camina delante de mí se ha parado en la acera, que no mide más de un metro, para bajarse la mascarilla y encenderse su Ducados. De inmediato, se echa a toser amargamente. Dibujo un perímetro de tres metros de seguridad con él y le adelanto por la derecha, bajándome a la calzada. Echo la vista atrás y veo que sigue allí parado, disfrutando de su pitillo mirando al cielo, con el puño apoyado en una cadera y la mascarilla aplastada contra la barbilla.

Recorro Iriarte, una calle estrecha y tranquila del barrio de la Guindalera, y me sorprende porque huele a jazmín y está enarbolada por banderines de colores amarrados a los balcones de ambos lados de la acera. Dos vecinas se han encontrado cuando vuelven de correr, convincentemente ataviadas con sus tops ajustados, sus portamóviles de brazalete y sus botellas de agua en la mano.

—¡Luego nos vemos! —dice una.

—¡Bueno, más bien luego nos oímos!

Las reconozco enseguida: son amigas de aplausos, no me cabe duda. Aprieto el paso, son las diez menos cuarto de la mañana y el tiempo reglamentario se agota. Me doy cuenta de que camino por Madrid como si fuera una ciudad extranjera y esta fuera mi primera vez en ella, por lo que todo es lento, nuevo y huele diferente. Me vienen a la memoria las primeras veces en barrios periféricos de ciudades ajenas: el Oeste de Ámsterdam, las afueras de Leiria, Praga 4 o las afueras del pueblo de Orpington, donde una vez pasé un verano. Todas ella se me han quedado grabadas en el disco duro de recuerdos con sus olores, sonidos y colores; sin tener nada en particular, ni monumentos ni lugares visitables, tan solo vida normal y corriente. Sitios en los que te imaginas viviendo. Me imaginé viviendo en este barrio y me dio mucha alegría, al aproximarme hacia mi casa, el darme cuenta de que ya lo hacía.

La entrada a Madrid por Avenida de América retenida por un control de policía.

La entrada a Madrid por Avenida de América retenida por un control de policía. E. C. / Madrid

Llego a casa entusiasmada por la experiencia pero a la vez maltrecha: me ha dado un tirón en la ingle. Se ve que para mis músculos también sabía todo a nuevo y, de la emoción, se han agarrotado. Espero que la desescalada se produzca lentamente o podría morir de un infarto, con un corazón abrumado por tanta emoción y ejercicio físico.

En nuestro piso, las ventanas están abiertas de par en par y una parte de la primera llega hasta nosotros en servicio a domicilio. Nos visitan ráfagas de olores atravesando la casa por unas ventanas y saliendo, de la mano de la corriente, por las otras: la espectacular rosa que ha brotado en uno de nuestros jóvenes rosales, el guiso del piso de arriba, un viciado producto adhesivo de origen desconocido, ese deje rancio cuando aletea el pino y caen, con estruendo, tres o cuatro pilas al suelo, la suave caricia del yeso sucio de la obra de enfrente. Nuestros cilios olfatorios están muy sensibles en el estado de alarma.

El pasado cuatro de mayo fue el día universal de Star Wars, que se celebra este día a partir de que un periodista se hiciera el gracioso con Margaret Thatcher. En mi casa, es un día mucho más importante que el de difuntos, el de la madre o el de la república. Nos deseamos “may the fourth be with you” y seguimos con nuestra saga particular, que en gran medida está entrelazada con la de los Skywalker. Una de esas corrientes que hoy entraban por el balcón venía envuelta en gritos: ¡Eleonor, Eleonor! Visitantes de balcón llamaban a mi hija, para que se asomase. La conversación entre los niños se desarrolló, esencialmente, sobre Star Wars: si Anakin merece o no morir, cuál es la mejor película y cómo le insertan los brazos a Darth Vader. He escrito todo esto para recordar a qué huele la cuarentena pero, cuando me lo pregunten en el futuro, si es que estos tiempos tienen olor, que yo creo que sí, quizá solo pueda recordar que el confinamiento olía a Clone Wars. 

El mundo, hasta donde llegan nuestros confines, ha de lamentar 3.442.234 casos confirmados de coronavirus. Europa, nuestra más estrecha alianza, 1.546.479. Nuestra pequeña nación de naciones, 219.329 confirmados mediante PCR.

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