Un apunte árabe y cosmopolita

Un grupo de estudiantes en un aula

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Antes de ser profesor de Universidad lo fui varios años de ESO y Bachillerato. Sobra decir que es ahí donde realmente aprendí el oficio: si eres capaz de dar clase a chavales de 13 años que detestan estar en el pupitre, entonces puedes dar clase a todo lo que te pongan por delante. Recuerdo un aula, en un instituto público, en la que, de 20 alumnos, unos 12 eran hijos de emigrantes. Había de todo: de padres ucranianos, argelinos, colombianos, rumanos, búlgaros, marroquíes, etc. Una mini-ONU, como muchos docentes llamamos medio en broma medio en serio a este tipo de aulas. 

Una compañera, una de esas personas a las que le concederías sin titubeos la dirección del mundo, me contó lo que hacía ella para aumentar la autoestima de ese colectivo, que no suele estar precisamente boyante. Seguí su consejo y, el primer día, al presentarme, les solté a toda la clase la siguiente pregunta: ¿cuántos de vosotros sabéis hablar al menos un idioma? Tras las miradas de sorpresa, 20 manos se levantaron de inmediato. ¿Y al menos dos idiomas? Las veinte manos siguieron en alto: todos sabían español y – de aquellas maneras – inglés. ¿Y al menos tres? Ahí pasó algo curioso: las manos de los españolitos de toda la vida y las de los hijos de sudamericanos cayeron al unísono. Quedaron en pie las de los hijos de los emigrantes no hispanos: todos sabían español, inglés y, además, otra lengua. Algunos ucraniano, otros árabe, otros ruso, otros rumano, etc. ¿Alguien sabe cuatro? Una chica, dubitativa, siguió con la mano alzada. Le pregunté y, muerta de vergüenza, balbuceó que sabía español, inglés, árabe y algo de francés. Sus padres eran argelinos. 

Cuando viví en Nueva York, los formularios oficiales del ayuntamiento – el papeleo para la licencia de conducir, las cuestiones del alquiler, etc – me llegaban al buzón en tres idiomas: inglés, español y chino. Cuando tomaron esa decisión se basaron en una encuesta en la que se preguntaba por el idioma más hablado en casa. En un 65% de los hogares la lengua más hablada era el inglés. En un 19%, el español. En un 3.5%, el chino. Eso les bastó. Yo me había interesado en todo esto porque la Sociedad de Estudios Vascos/Eusko Ikaskuntza me había invitado a participar en una mesa redonda, aquí en Navarra, titulada "Nuestros desacuerdos: generando confianza entre diferentes en Navarra". Se centraba sobre todo en la cuestión del euskera. Estaba documentándome sobre la gestión de las lenguas en otros lares, pero, tras lo de Nueva York, en vez de acordarme del euskera, me acordé del árabe. 

En la Ribera de Navarra hay muchos pueblos que viven del campo y tienen muchísima población inmigrante. La Ribera es a Navarra, salvando mil distancias, un poco como Murcia a España. Uno de esos pueblos es Castejón de Ebro. Miré un estudio de 2014, el más reciente que encontré: en Castejón la población magrebí (solo la magrebí, no la extranjera) era de un 17.5%. Así que en Nueva York, con un 3.5% de hogares que hablan chino, el ayuntamiento imprime los formularios en chino. ¿Y aquí?

Hay muchas razones por las que haríamos bien en atender a la diversidad cultural que ha surgido durante las dos últimas décadas en nuestra sociedad no solo como una carga, sino como una riqueza. Sobresalen dos. La primera tiene que ver con la diferencia entre la mera tolerancia y el más exigente respeto. Tolerar implica tan solo permitir, dejar hacer, no oponerse. Uno tolera, por ejemplo, que alguien lleve una ropa que no le gusta o que otro alguien luzca tatuajes que le parecen espantosos. Respetar es otra cosa, y supone reconocer algún tipo de valor en el otro. Si respeto a alguien porque es escritor, porque es buena persona o porque es famoso, estoy incluyendo una valoración que es la que posibilita y da origen a ese mismo respeto. 

Vuelvo al euskera. El euskera se fue perdiendo a lo largo de los siglos por muchos motivos. Desde luego, porque el proceso de construcción del estado español y el subsiguiente modelo educativo no lo protegió, sino todo lo contrario. Pero, además, en paralelo a ese proceso – si es que no era de algún modo el mismo proceso -  porque durante esos siglos el euskera era un idioma carente de prestigio. Era la lengua de los caseríos, de los montañeses, de los paletos. No tenía glamour, carecía de respeto. En muchas ocasiones eran los propios euskaldunes, los hablantes de la lengua, los que dejaban de enseñar a sus hijos el idioma, o los que se cuidaban de ocultar su conocimiento del mismo. Se avergonzaban. La vergüenza y el respeto se sitúan en escalas opuestas de un mismo eje, el eje del reconocimiento social. ¿En qué extremo de ese eje creen ustedes que nosotros, la sociedad española de 2021, colocamos al árabe, al rumano o al búlgaro? 

La segunda razón para ver valor en esa diversidad es económica. El árabe es la quinta lengua más hablada del mundo, oficial en veinte países y cooficial en otros seis. Es una perspectiva mil veces más triste que la anterior, cierto, pero suficiente a efectos prácticos. Desde un punto de vista meramente empresarial, que nuestro sistema educativo pudiera ofertar – allí donde hubiera suficiente demanda – el árabe como lengua extranjera supondría formar a ciudadanos españoles capaces de comerciar en su mismo idioma con un mercado superior a los 200 millones de personas. Añadan a eso las posibilidades de los otros idiomas de nuestras aulas: ruso, ucraniano, etc… ¿De veras estamos gestionando bien nuestra diversidad?

El euskera hace mucho que logró, tras innumerables esfuerzos, ser una lengua respetada. Por descontado, el problema no era el euskera, sino la percepción dominante al respecto. Lo cual me lleva de nuevo al título de la mesa redonda: "Nuestros desacuerdos: generando confianza entre diferentes". ¿Quiénes son los verdaderamente diferentes entre nosotros, y con quién hemos de generar realmente confianza, en un proceso que siempre es mutuo? El interés económico está sin duda ahí, pero desde un punto de vista humano es mil veces más gratificante la perspectiva del respeto. No es fácil definir qué es el respeto, pero yo, cada vez que escucho esa expresión, recuerdo inevitablemente la cara de aquella chica española de padres argelinos cuando entendió de pronto que era la que más idiomas dominaba de la clase. Nadie se lo había señalado nunca, pero tanto un sistema educativo integral – que forme ciudadanos para la vida, y no solo trabajadores para el mercado - como una sociedad democrática digna de ese nombre deberían orientarse a fomentar por doquier ese tipo de reconocimiento, porque sólo sobre él se construye la verdadera convivencia.  

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Publicado el
6 de julio de 2021 - 22:10 h

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