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¿Por qué Iglesias sí y los barones del PSOE, no?

Guillermo Fernández Vara durante un acto este martes en la sede de la Presidencia en Mérida

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La lealtad, como la coherencia, ni se compra ni se vende. Es algo que se gana con el tiempo. Es un lazo que se teje sobre la base de la confianza, el intercambio desinteresado y los principios mutuos. Sin pedir nada a cambio. A veces, sí, se rompe, pero otras, perdura. El PSOE es un depósito de historia en el que hubo un tiempo en el que sus dirigentes presumían no tanto de pertenecer a las mismas siglas como de ser una suma de lealtades incrustadas en la memoria. Era un mosaico de gentes diversas donde la diferencia no se consideraba traición sino riqueza, y la discrepancia una motivación para seguir adelante.

Hoy todo es distinto. Y no porque haya un PSOE viejo y otro nuevo. Solo hay uno. Es el PSOE de Pedro Sánchez. El partido es un remanso de paz orgánica, no porque toda su estructura comparta de la A a la Z la estrategia del secretario general y presidente del Gobierno, sino porque desde que ganó el último congreso hizo del partido una organización vertical, a su imagen y semejanza, sin contrapesos y sin rastro de deliberación interna. El desgarro que provocaron las últimas primarias y una medida modificación de los Estatutos acabaron para siempre con el poder federalizado de los barones  y los órganos territoriales que habían sido hasta entonces seña de identidad del partido.

Todo se cuece en el "comité central", ya ni siquiera de Ferraz, sino de La Moncloa. Los Consejos Territoriales han dejado de ser un órgano de deliberación y los Comités Federales hace tiempo que pasaron a ser un ejército de fieles. En este contexto es en el que hay que entender la reacción de Pedro Sánchez contra algunos barones socialistas que en los últimos días han elevado la voz contra el entusiasmo gubernamental por haber sumado a Bildu como aliado para la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado.

Como en todo, hay matices. Entre los críticos hay quien entiende que los abertzales se sientan en el Congreso porque se presentaron a las elecciones de forma legal y como tal están legitimados para hacer política, pero que aún les falta un "recorrido ético" por hacer, como ha dicho el veterano Ramón Jaúregui en una entrevista con el digital Nius. Y quienes, como Page, Lambán o Vara, han mostrado su malestar al entender que el "sí" de los herederos de Batasuna era innecesario para aprobar las cuentas y aún así se ha permitido a Pablo Iglesias vender su apoyo como una gran conquista para la izquierda y para la "dirección del Estado".

Sea como fuere, tienen todo el derecho a expresarse como les plazca, además del deber de hacerlo ante sus respectivos electorados, tal y como hizo, por cierto, en junio de 2019, el propio Sánchez cuando desautorizó a los socialistas navarros por pretender gobernar con la abstención de Bildu cinco meses antes de las generales.

La dureza extrema con la que el presidente del Gobierno despachó ante la Ejecutiva Federal del PSOE este lunes la opinión de sus correligionarios es impropia de un líder que dice defender el pluralismo político y la democracia interna. Es obvio que el mundo sigue vivo gracias a una metamorfosis permanente; que Bildu no es Batasuna; que ETA se disolvió hace casi tres años; que dejó de matar hace diez; que la derecha sigue encontrando en la banda terrorista un argumento para la confrontación política y que hay que normalizar el diálogo, la negociación e incluso el pacto con aquellos a los que la democracia exigió que dejaran las bombas para entrar en las instituciones.

Todo es cierto. Tanto como que ellos, los de entonces, Page, Vara, Lambán, Jáuregui y otros muchos que han criticado el acuerdo con Bildu –que ahora niega José Luis Ábalos, pero pone en valor Pablo Iglesias– siguen siendo los mismos. No se han movido de la posición que siempre tuvieron. Quien ha virado es Sánchez. Ahí está la hemeroteca. Está en todo su derecho. Y no por ello se romperá España, los abertzales podrán "demoler el Estado" o se acabará con la Constitución del 78. Otra cosa es que Sánchez pueda alegremente tachar de "desleales" a los barones, acusarlos de "no alegrarse de los éxitos del partido" y afear que emitan su opinión ante los micrófonos, y no ante los órganos internos.

¿Por qué Iglesias, sí y Page, Lambán o Vara, no? Si cuando el líder de Podemos, como socio de coalición, airea en los medios las diferencias que le separan de algunas decisiones del Gobierno, Sánchez entiende que hay que normalizar la discrepancia y que su socio necesita marcar perfil propio, no hay explicación para que los barones del PSOE no puedan hacer lo mismo. Tampoco que les invite a emitir las discrepancias en los órganos del partido cuando estos no son convocados, como es el caso del Consejo Territorial, más que para hablar del reparto de los fondos europeos. La lealtad mal entendida tiene esas cosas: que se pide fidelidad cuando en realidad lo que se exige es mansedumbre. Hay quien sostiene que, en el fondo, el ataque de Sánchez no es más que porque lo vivido en los últimos días ha supuesto una dosis de recuerdo de la acción concertada entre barones que en 2016 precedió a su salida como secretario general del PSOE, antes de su resurrección como líder. Pero esos eran otros tiempos, en los que el latido del socialismo era otro y la organización, muy distinta.

P. D: Y mientras crece el debate sobre la conveniencia o no de dialogar o pactar con los abertzales,  pocos han reparado en que en el PSOE ya nadie discute la compañía parlamentaria de ERC. Algo han avanzado. Eso sí, a la derecha le han puesto el argumentario en pista.

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Publicado el
16 de noviembre de 2020 - 21:50 h

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