Las abuelas y abuelos son pioneros del distanciamiento social

Un anciano en una residencia

Cuando termine todo esto, no sé si terminar es el verbo, cuando amaine, cuando este virus se instale definitivamente pero bajo nuestro control, si eso llega a suceder, cuando hayamos recuperado la perspectiva y podamos mirar más allá de la mascarilla y el respirador, más allá del gel hidroalcohólico y los EPIS, cuando el desconfinamiento haya terminado y vivamos de nuevo, si llega a ser posible, sin distanciamiento social, cuando hayamos recuperado la economía y la salud, los dos pilares de nuestra parca sabiduría actual, en ese orden, entonces, no quedará más remedio, no habrá excusas, cuando lo urgente ya no nos hurte el tiempo de lo importante y una noticia no pueda llevarse por delante a la anterior, entonces, tendremos que enfrentarnos cara a cara con la más gigantesca, insoportable, vergonzosa realidad que esta crisis ha sacado a la luz: la relación de nuestra sociedad con sus personas mayores, los ancianos y ancianas, vuestros abuelos, nuestras abuelas. Esa descomunal, monstruosa vergüenza.

La sociedad ha cambiado en el último siglo, en las últimas décadas. A medida que esa sociedad envejecía, presuntamente se buscaba la manera de que quienes habían sido fuerza de trabajo, fuerza de cuidados, de cariño y de conocimiento, no llegaran sin cuidados y cariño a esa edad en que los cuerpos y las mentes se debilitan, no se encontraran en la fragilidad y el agotamiento de la vejez sin los conocimientos para que esos cuidados fueran posibles y se convirtieran en trabajo por ellos. Con los cambios en las familias, en las relaciones, en los tiempos de salud y de vida, en las últimas décadas del siglo XX ya estaba sobre la mesa la gran responsabilidad social de ocuparnos de las personas mayores.

Cuidar a los abuelos y abuelas había sido antes ley de vida social. Las familias eran extensas y su estructura, aunque severa y patriarcal, obligaba a sus miembros. Las mujeres estaban sometidas al único destino del hogar y cargaban, solas en su mayoría, con los cuidados de esa estructura. Los disidentes sexuales, que sufrían discriminación ahí fuera, por maricones, por bolleras, asumían dentro esos cuidados. Cuidar a los abuelos y abuelas se convirtió en un reto cuando esa estructura familiar se transformó y atomizó; cuando las mujeres se liberaron del yugo doméstico y salieron a estudiar, a trabajar, a viajar, a ser libres, a correr del curro al colegio y del colegio a la compra; cuando los hijos e hijas solteros liberaron sus opciones sexuales y salieron del armario opresor para ser ciudadanos y tener la vida propia que sí merecían sus normativos hermanos; cuando la vida en pareja dio paso a la vida single; cuando dejó de haber vecinas y vecinos, que pasaron a ser presidentes de la comunidad; cuando empezó a haber demasiadas personas mayores envejeciendo en soledad.

Las abuelas y los abuelos se quedaron solos y dejaron de estar en las casas porque el capitalismo salvaje no dejaba tiempo para acompañarlas ni dinero para pagar a quien lo hiciera en tu ausencia. Los hogares se convirtieron en casas dormitorio, a donde las personas productivas de las familias llegaban tras una larga jornada a repostar en la cena, desconectar el cerebro en el sofá viendo la tele, reponer fuerzas en la cama y vuelta a empezar. El capitalismo salvaje tampoco dejaba ganas: los valores de la imagen, de la eterna juventud, del gimnasio, del centro comercial, del crucero, del fin de semana en la casa rural, del consumo de todo y todo el tiempo, del piso demasiado pequeño, no dejaba espacio para atender a esa persona sentada en un sillón, que se mancha al comer, que necesita, en el mejor de los casos, un brazo para ir al baño, un pañal, un empapador, las medicinas, que le quites la ropa, que le laves el cuerpo agrio, flácido y llagado, que puedas con su peso, que controles su descontrol, que le lleves a la consulta, cuándo, cómo. El capitalismo nos dio la solución y parecía buena: cuidaremos a vuestros abuelos por vosotros. No será gratis, ni siquiera barato, pero merecerá la pena: podréis seguir produciendo, consumiendo, corriendo, sin el obstáculo de los malos olores, de la lentitud exasperante, de las idas de olla que sacan de quicio, del cargo de conciencia. Estarán bien, mucho mejor que con vosotros. Parecía una buena idea.

Y se los dimos. Les dimos a nuestros abuelos y abuelas. E hicieron negocio con su vulnerabilidad, con su decadencia, e hicieron caja con nuestra indolencia, con nuestra dejadez o nuestra ingenuidad, con nuestra esclavitud. Les vendimos a nuestros abuelos, se lucraron con nuestra inconsciente desgracia. Se sabía poco o nada de lo que pasaba tras los muros de las residencias. De vez en cuando, alguna imagen publicitaria en los telediarios de personas ancianas sentadas en una sala con ese aspecto de estar esperando algo desde hace mucho tiempo, las miradas perdidas, algunas sonrisas expectantes, una mano que se aferra, nudosa, a la del reportero o la asistente que le habla demasiado alto, es que está sordo, con demasiada condescendencia. La sociedad de la transición neoliberal se creyó el cuento del tierno pragmatismo de las residencias de ancianos como la sociedad franquista se creyó el cuento feliz del soleado desarrollismo y el turismo. Cuando poco a poco fueron llegando noticias del trato que nuestras abuelas y abuelos recibían tras los muros de algunas, demasiadas, residencias, convinimos en que eran casos aislados. Como la mayoría eran edificaciones extramuros, en medio de ninguna parte, al paso de una carretera, que les diera el aire a los viejos, tampoco había ocasión para andar vigilando.

El coronavirus ha venido a ventilar esa miseria social, a desinfectar nuestra conciencia. Inclemente como todo mal, coherente con lo que estaba mal. No nos ha quedado más remedio que darnos por enterados de que muchas residencias eran lugares terribles para nuestras abuelas y abuelos, que no disponían de suficiente personal o el que había era inadecuado, insensible, o clamaba desesperado en el desierto de nuestra indiferencia. Nos nos ha quedado más remedio que enterarnos de que no se les proporcionaba los cuidados cotidianos y médicos que necesitan las personas de su edad. No nos ha quedado más remedio que enterarnos de que han enfermado y muerto solos, de que los habíamos abandonado. No es esta una acusación a las familias, a las personas que en tantas ocasiones no tienen los recursos, la posibilidad de ocuparse de sus mayores. Es una enmienda a la totalidad de nuestra sociedad, que no se ha preocupado de que aquello fuera así, que se ha olvidado no ya de respetar a quienes nos precedieron, sino de su existencia misma, una sociedad que no quiere limpiar el culo a quien antes se lo limpió. No hay mayor fracaso de un sistema social que el de no proteger a quienes lo sostuvieron y han perdido su fuerza. No hay mayor naufragio civilizatorio que el de despreciar y arrumbar a las personas porque ya no son productivas, rápidas, jóvenes, sujetos de consumo.

Los abuelos y abuelas son pioneros hace mucho del distanciamiento social. Se distanció de ellos toda la sociedad. No solo subestimamos su valor como personas, como ciudadanos, como memoria viva, sino que hicimos oídos sordos a muchas denuncias que, ojalá, cuando todo esto pase, si es que pasa, nos condenen como sociedad. E hicimos oídos sordos a sus llamamientos más tristes: a ver si me llama mi nieto, a ver si vienen a verme mis hijos, a ver si alguien se acuerda de mí. ¿Quién de nosotros no oyó eso alguna vez en alguno de aquellos reportajes? ¿Quién no siente vergüenza?

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Publicado el
29 de abril de 2020 - 22:00 h

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