La trampa racista de la migración necesaria
Defender la migración porque “necesitamos a las personas migrantes” solo viene a confirmar esa jerarquía supremacista que coloca a unas personas arriba (las españolas, blancas, que deciden y se benefician), y a otras abajo (las personas migrantes, racializadas, procedentes de los países del sur) que son las que sirven, cuidan y callan, muy frecuentemente en condiciones laborales precarias, indignas o directamente de explotación.
Que necesitamos a las personas migrantes para cuidar a nuestros mayores, para recoger la fruta, para limpiar nuestras casas, para sostener sectores enteros que se vendrían abajo si mañana desaparecieran, es un argumento que bajo apariencia realista, incluso progresista, revela una lógica profundamente supremacista. Una lógica que no habla de derechos sino de utilidad al señalar que si las vidas migrantes valen es porque sirven (de siervos), y si otras sobran es porque incomodan o ensucian (de enemigos o parásitos).
En esos términos no hace falta un discurso abiertamente racista porque basta con normalizar la idea de que hay personas cuyo lugar natural es trabajar/servir sometidas para que otras personas (nacionales blancas) vivan bien, vivan mejor o sobrevivan. Cuando la defensa de la migración se articula así, no se está defendiendo la dignidad de las personas porque se está partiendo de una condición racista: la persona migrante puede quedarse en España mientras su presencia nos sea útil.
Sin embargo, las personas migrantes no están aquí para hacernos la vida más sencilla, para salvar nuestra economía ni para cubrir las carencias a las que nos empuja un estilo de vida capitalista. Están aquí porque son personas que emprenden un viaje durísimo para poder vivir mejor, a menudo empujadas por la pobreza, la violencia, los conflictos armados, el extractivismo económico o el impacto creciente del cambio climático. Migrar no es un capricho ni una estrategia laboral al servicio de nadie: es, en muchos casos, una decisión forzada por un mundo profundamente desigual.
Los derechos humanos no están en función de las necesidades del mercado ni las nuestras, menos se conceden por déficit demográfico o por ansias de ganar más, los derechos humanos son inherentes a la condición humana. En esa idea de necesidad interesada que se utiliza para defender la no expulsión de personas migrantes, estas no aparecen como sujetos políticos, ni como titulares de derechos, sino como fuerza de trabajo disponible, como vidas a nuestro servicio. O, dicho de otra forma, como siervos modernos a los que se les reconoce valor solo en la medida en que son útiles para nuestras necesidades, para enriquecernos o hacernos la vida más fácil.
No hay mayor señal de ignorancia que la de hablar de “personas migrantes” como si fuera una identidad fija, casi natural como si efectivamente la tierra fuera plana y el mapa del mundo un dibujo estático donde cada uno es el centro y el resto es algo ajeno. Basta mover ese mapa para que la categoría migrante se dé la vuelta, de esto saben bien esas nuestras abuelas y abuelos, que en otros territorios fueron migrantes. Basta cruzar una frontera hacia los países que nos ven como el sur, por ejemplo, la de Estados Unidos, para pasar de ciudadano a extranjero susceptible de ser detenido, encerrado o deportado por el ICE trumpista. Allí, muchos de los que aquí nos sentimos plenamente nacionales descubriremos de golpe el poco valor que puede tener un pasaporte cuando una nacionalidad se considera inferior a otra.
La pregunta no es quién es migrante, sino quién tiene el poder de decidirlo. La categoría “migrante” no define a las personas, define la violencia de los Estados. Define quién tiene derechos (privilegios) y quién puede ser oprimido, violentado y debe justificarse, debe demostrar constantemente que merece quedarse. Por eso los derechos humanos son el único suelo común posible, porque no dependen de la nacionalidad, del pasaporte ni de la utilidad económica. El derecho a la vida, a la integridad, a no ser discriminado, a no ser esclavizado, a acceder a la justicia, a la salud, a la educación, a no ser detenido arbitrariamente, a no ser devuelto a un lugar donde tu vida corre peligro… son derechos que no se negocian ni se agradecen.
Normalizar, aceptar y defender la migración desde la lógica de la necesidad (los necesitamos) es asumir también que, si mañana dejáramos de necesitarlos, podremos prescindir de ellos: expulsarlos, encerrarlos... dejarlos morir en la frontera, en el mar, en un tercer país al que depórtalo, en una cárcel inhumana… Eso no es defender la inmigración, es defender educadamente y bajo apariencia moderna un plan de dominación racista. Es volver a los tiempos de amos y siervos… de señores y esclavos.
3