Tratar en masculino a una mujer

La filósofa española Elizabeth Duval durante una entrevista con Efe el 01 de junio de 2022, en Ciudad de México (México). EFE/José Méndez

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Hasta que la extrema derecha española llegó a las instituciones, existía cierta armonía entre los representantes públicos para que, en sus intervenciones y documentos, usarán el género femenino a la hora de dirigirse tanto a los cargos públicos como a otros representantes y profesionales. Diputada, senadora, presidenta, secretaria de Estado, directora, concejala, jueza, etc. era una fórmula que se utilizaba en esos ámbitos institucionales sin que se planteasen abruptas resistencias, ni mucho menos se hiciese de ello batalla ideológica. Sencillamente era, y es, una forma gramaticalmente válida y correcta de hablar que servía para incorporar el lenguaje inclusivo de género con naturalidad en un ámbito especialmente masculinizado. Sin embargo, el partido de Abascal empezó a llamar 'presidente' a las presidentas del Senado y del Congreso, y ahí saltó la alerta de cómo la ideología autoritaria (la suya) iba a servirse del lenguaje, una vez más, para marcar jerarquías y opresiones. En uno de estos rifirrafes, es conocida la respuesta de la entonces presidenta del Senado (y actual ministra de Justicia) a un senador de Vox que se dirigió a ella en masculino genérico. Pilar Llop se dirigió a él en femenino: “Gracias, señora senadora”

De Vox son conocidas, y frecuentes, sus mociones tanto a nivel municipal, autonómico como estatal (donde pactó una iniciativa con el PP de Pablo Casado que fue finalmente rechazada en el Congreso) para eliminar el lenguaje inclusivo de los documentos oficiales. “Representa un fenómeno obstructivo a favor de una tendencia de cariz ideológico que estorba” es el argumento de peso. A nadie sorprende esta batalla frontal contra el uso del lenguaje inclusivo de género y que lo tilden de “imposición de la ideología de género”. No deja de ser congruente con una fuerza política ultraconservadora y de extrema derecha que hace bandera de su lucha contra los derechos de las mujeres, derechos que se han venido reconociendo desde mediados del siglo XX. Ellos preferirían volver al Código napoleónico del siglo XIX, exactamente igual que hizo el dictador Franco cuando alcanzó el poder tras su golpe de Estado contra la República.

Tampoco terminó de sorprender, a pesar de lo indignante, aquella intervención del diputado de Vox en una Comisión de la Asamblea de Madrid, Mariano Calabuig, cuando se dirigió a otra diputada, a Carla Antonelli, usando el genérico masculino, poniendo de manifiesto no solo su machismo sino su transfobia. 

Sin embargo, sí sorprende, irrita y duele, que haya un sector dentro del movimiento feminista que en su estrategia de oposición a la Ley Trans (y al Ministerio de Igualdad de Irene Montero) se dirija a las personas trans, y muy especialmente cuando son mujeres y personas no binarias, en masculino y en tono despectivo. Lo hacen a sabiendas de la carga de violencia que esto conlleva contra estas personas a nivel individual y colectivo. Un ejemplo –lamentablemente solo uno de los miles que corren las redes sociales o se observan en los encuentros anti derechos trans– tuvo lugar en el mes de julio cuando una reconocida filósofa feminista, que forma parte del Consejo de Estado, llamó “tipo de 60 años que se viste de mujer” a Carla Antonelli, la misma política y activista que tuvo que hacer valer su condición de mujer diputada ante un representante de la extrema derecha. Pero no es la única mujer trans que, ocupando un lugar en la vida pública o visibilidad en las redes sociales, se enfrenta a este tratamiento en masculino. Otra diana de transfobia habitual es una de las intelectuales más interesantes e inteligentes que hay en la actualidad, Elizabeth Duval, quien se enfrenta día sí y día también al calificativo de “señoro”. Es injusto y es cruel.

Ese uso premeditado del género masculino hacia las mujeres trans representa, sin duda alguna, un hostigamiento, un acto de violencia verbal contra ellas que no es casualidad al usarse como arma arrojadiza para atacarlas en su dignidad y en su valía como personas, pero también al contribuir a su descrédito social y a una concepción tránsfoba sobre la identidad de género de las personas trans. 

Observar desde la defensa de los derechos humanos, y en concreto desde los feminismos y el activismo LGTBI+, cómo se normaliza, en nombre del movimiento emancipador de las mujeres, esta utilización injusta del lenguaje de género contra las mujeres trans y personas no binarias representará, posiblemente, una de las páginas más oscuras de la historia del movimiento feminista en España. Porque además de obviar o ignorar el reconocimiento legal con el que ya cuenta la persona trans en nuestro país desde 2007 (cuando se aprobó la ley reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas impulsada por el PSOE), reproduce las estrategias ideológicas y comunicativas de la extrema derecha: cuestionar hasta borrar la diversidad, aunque para ello haya que conspirar y poner en duda hasta la Carta Universal de los Derechos Humanos.

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