A ver si Feijóo entiende de qué va esto de la democracia
El 31 de julio, mientras millones de ciudadanos salían o volvían de vacaciones, Alberto Núñez Feijóo publicó en su cuenta de Twitter un mensaje inquietante que, seguramente por el trasiego de la jornada, pasó algo desapercibido: “Como ganador de las elecciones, mi deber es escuchar al resto de partidos. No voy a aceptar que se pretenda convertir en minoría a la mitad de los españoles. Marginar a millones de ciudadanos no es conformar mayorías, sino dividir al país”. Inquietante por su amenaza de rechazar cualquier lectura política de los resultados del 23J que no satisfaga los intereses del PP. Inquietante por su manipulación descarada de los fundamentos de la democracia, con la evidente intención de enardecer a sus fieles ante una posible investidura de Pedro Sánchez.
Por mucho que Feijóo se empeñe en invocar una suerte de derecho natural a ser presidente del Gobierno tras haber ganado las elecciones en número de votos y escaños, lo que dice la Constitución, que tanto dice defender, es que a la Moncloa llega quien consigue una mayoría de investidura en el Congreso de los Diputados, así no haya sido el candidato de la lista más votada. Salvo que suceda alguna sorpresa –por ejemplo, que broten algunos tamayos en el camino–, el líder del PP tiene bien claro que no reunirá los apoyos para la investidura, entre otras cosas porque sus lazos con Vox han espantado a otros potenciales aliados. Quien sí tiene alguna posibilidad, aunque muy complicada, de ser investido es Pedro Sánchez; de no lograrlo se iría a unas nuevas elecciones. Aunque la Constitución otorga al Rey la potestad para proponer cualquier otro candidato –incluso sin que haya concurrido a las elecciones; por ejemplo, una personalidad de “reconocido prestigio” como sugieren algunos–, es muy improbable que Felipe VI dé ese paso de alto riesgo por sus tintes de excepcionalidad.
Este es, en suma, el escenario contemplado por la Constitución, le guste o no a Feijóo. Si Sánchez logra una mayoría de investidura, así sea por un voto, tendrá el derecho constitucional de formar Gobierno. Y, por supuesto, significa que el bloque de derechas habrá quedado en minoría parlamentaria. Como quedan en minoría los partidos o bloques en todos los parlamentos del mundo democrático cuando no reúnen las mayorías suficientes para gobernar. En tal caso, lo que corresponde a estos es ejercer de oposición y representar en las Cortes de la mejor manera posible a quienes les confiaron el voto.
En Suecia, el Partido Socialdemócrata ganó holgadamente las elecciones de 2022, pero el candidato del tercer (¡tercer!) partido más votado –el Moderado- logró conformar una mayoría de investidura con los Demócratas Cristianos, los liberales y el ultraderechista Demócratas de Suecia, y hoy es primer ministro gracias a una diferencia de solo cinco votos sobre el bloque progresista en el debate de investidura. ¿Cómo reaccionó la socialdemócrata Magdalena Andersson? ¿Amenazó con no aceptar los hechos? ¿Denunció la marginación de la “mitad de los suecos”? Nada de eso. Ella, que entiende de democracia, reconoció la derrota y felicitó al ganador.
Pero es que, además, es falso que el PP o que el bloque PP-Vox representen a la “mitad de los españoles”, como le gusta repetir machaconamente a Feijóo. En las elecciones del 23J estaban convocados a las urnas 37,4 millones de ciudadanos. El PP obtuvo 8,09 millones de votos, lo que supone el 21,6% del censo electoral. Es a ese 21,6% al que el PP puede decir con rigor que representa. Vox consiguió 3,03 millones de votos, el 8,1% del censo. Juntos, y añadiéndoles UPN, suman el 29,8%. En Catalunya y Euskadi, donde el PP alardea de defender a la “mitad” de los habitantes frente a los secesionistas, los votos del bloque PP-Vox el 23J representaron el 13,6% y el 9,46% del censo de dichos territorios, respectivamente. Por su parte, el bloque progresista (PSOE, Sumar, ERC, EHB, BNG –no se incluyen PNV y Junts–) sumó el 23J el 31,3% de los electores, algo más que el bloque de derechas. En Catalunya, los votos de PSC, Sumar y ERC equivalieron al 40% del censo electoral. En Euskadi, los de PSE, EHB y Sumar ascendieron al 40,5%.
Es común en las democracias que los votos obtenidos en las elecciones por el gobernante de turno no superen el 30-35% del censo electoral. El porcentaje suele ser incluso menor en países con gran fragmentación política, como es hoy España. Lo que no es tan común es ver a líderes políticos pretendiendo ampliar mañosamente su representatividad real. Como en España. Lo de considerarse representante de la “mitad” de los españoles, o de los catalanes, o de los vascos, es otra de las tantas falsedades del PP, salvo que pretenda considerarse también apoderado de los abstencionistas. No sería nueva esa apropiación de voluntades por parte de la derecha: ante la gigantesca manifestación en 2003 contra la Guerra de Irak, el PP alegó sin el menor rubor que una “mayoría silenciosa” de españoles apoyaba la guerra al haberse quedado en casa.
Feijóo haría bien, en estos momentos tan decisivos para él y su partido, seguir los ejemplos de los países de nuestro entorno, donde los resultados electorales son asumidos con respeto por los perdedores –en un sistema parlamentario, los que no reúnen los votos de investidura– y, al tiempo que ejercen una firme oposición, evitan extender las batallas al exterior para no hacer daño al país. Sin embargo, a juzgar por sus declaraciones airadas y sus tuits amenazantes, más parece que el líder del PP está siguiendo el modelo de Trump, que llegó a poner en vilo la democracia estadounidense al resistirse a aceptar el dictado de las urnas.
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