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Política y solidaridad

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Es obvio que vivimos en un tiempo donde se trivializa y se asume con sorprendente facilidad actuaciones que podrían considerarse escandalosas.

“Parece que el mal está de moda” pero esta “nueva” realidad no surge espontáneamente, ha tenido que recorrer un largo camino para llegar a hacerse tan presente.

Se ha producido un alejamiento de valores esenciales en una democracia. Solidaridad, empatía, reconocimiento del otro etc. están a la base de la defensa de los derechos humanos y son el punto de partida imprescindible en que se fundamentan las leyes y la convivencia.

Interesa saber qué hace que desde un punto de vista psicológico se rechacen evidencias, nos alejemos del dolor de los otros y aceptemos como válidos argumentos de distracción, que desenfocan y excusan lo injustificable.

Tragedias como la de Gaza o la Dana en Valencia son ejemplos de intentos de neutralizar los sentimientos de indignación en la ciudadanía que acaban convirtiéndose en vanas discusiones ideológicas. La masacre de poblaciones indefensas, el dolor de las víctimas de una tragedia natural se transforman en objeto del cálculo político. Acaba poniéndose el foco en discusiones semánticas sobre el término “genocidio” o se infravaloran las manifestaciones encabezadas por las víctimas atribuyéndoles motivaciones políticas.

Como en tantos otros ejemplos nos encontramos con una maniobra de distanciamiento del dolor, en una transformación del sufrimiento en diferentes niveles del lenguaje que nos alejan de sentimientos espontáneos de empatía.

En esta reconversión se produce, parafraseando a Arendt, una “banalización del dolor” el cual se neutraliza al transformarse en una variable desechable dentro del debate político.

En Deutsches Requiem, un breve cuento de Borges, el narrador, un torturador y asesino nazi que está esperando su ejecución, concluye respecto de un asesinato que perpetra, “si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad”, y afirma que en el nazismo, el nuevo hombre, tiene que sobreponerse allá “donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad”.

Cuando, como parte de un plan de defensa de un grupo político, se culpabiliza a las víctimas, se denuestan sus reivindicaciones, se desvía del foco el efecto trágico que ha causado en ellas las actuaciones negligentes, lo que en realidad se está haciendo es desvirtuar y vaciar de significado el dolor causado y obstaculizar los sentimientos de solidaridad.

En vez de fundar en el dolor futuras actuaciones de reparación, la supresión de la piedad, su neutralización por el cálculo político dan paso a la desatención, el insulto y la vileza con que diariamente nos encontramos,

De la misma manera que en política todo es discutible, pero los derechos humanos no lo son, exigir la reparación del dolor causado y exigir justicia para las víctimas no es un argumento como otro dentro del juego político, pero sí lo es, y es una mala política, deshumanizar el dolor de aquellas y criminalizarlas.

Hace falta cambiar la mirada. La realidad no es su interpretación, es lo que se vive, lo que se siente, y esto hace falta mostrarlo. Valga un ejemplo. Recientemente se ha vivido con crudeza y para muchos con sorpresa el funeral de estado por las víctimas de la Dana. La convulsión política, el impacto, comprensible por otra parte, fue toparse con la auténtica realidad que había sido manoseada en interpretaciones de conveniencia. Fue como si no se hubiera hecho patente el dolor de los familiares que mes tras mes se habían manifestado durante un año y que habían mostrado imágenes de los fallecidos por las calles de Valencia. Esta era la realidad y no fue suficiente o adecuadamente mostrada. Este dolor se tradujo en el cómputo de asistentes y en quienes eran las asociaciones convocantes de estas manifestaciones reconvirtiéndolo en un argumento susceptible de cálculo político.

Dentro de la corriente de ocultación de la que hablamos nos encontramos, y no por primera vez, con declaraciones del expresidente Aznar criticando el “buenismo”. No habla de la “ingenuidad” o de la “candidez”, de ser así podría utilizar esos términos, sino de una supuesta perversión oculta de lo “bueno”, como si los sentimientos fueran un obstáculo a la acción política o como si estos estuvieran excluidos o debieran excluirse de una interpretación coherente de la realidad. En forma rotunda y descarnada nos encontramos de nuevo con el viejo intento de sofocar en nosotros “las antiguas ternuras de la insidiosa piedad”.

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