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Europeísmo y aceptación de la austeridad

"Sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo". La famosa frase del expresidente de la Comisión Jean-Claude Juncker resumía excepcionalmente bien la incompatibilidad entre la percibida inevitabilidad de ciertas políticas económicas nacionales con las que algunos creían que había que responder a la crisis del euro y la aceptación ciudadana de dichas políticas. Esa incompatibilidad tuvo como consecuencia no solo la caída de muchos gobiernos, sino el tensionamiento de muchos sistemas de partidos en Europa. Sus consecuencias aún las sentimos hoy.

De acuerdo a uno de los argumentos dominantes de la época, una de las razones por las cuales la adopción de dichas políticas impopulares estaba generando tanto rechazo entre la ciudadanía era la débil legitimidad democrática de las instituciones supranacionales que las impulsaban. ¿Cómo iban a aceptar los electorados nacionales decisiones tomadas en el seno de la Comisión Europea, el Eurogrupo, o el Banco Central Europeo, instituciones sobre la cuales los ciudadanos percibían que tenían poca capacidad de control democrático, a diferencia de los gobiernos nacionales a los que podían sancionar en las urnas? ¿Generaban pues las políticas de austeridad más rechazo entre los votantes por el hecho de que no gozaban, a los ojos de muchos ciudadanos, de una clara legitimidad democrática?

Para responder a estas preguntas, Alexander Kuo (Oxford University) y yo mismo diseñamos una encuesta de opinión pública en el que preguntábamos sobre las posiciones de 6.000 entrevistados respecto a las políticas de ajuste fiscal (subidas de impuestos y recortes de gastos) y cuyo trabajo de campo se llevó a cabo en España en Octubre de 2015. Los resultados acaban de ser publicados en el artículo "Selling Austerity: Preferences for Fiscal Adjustment in the Eurozone Crisis", en la revista Comparative Politics.

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10 gráficos para despedir una década

Aunque la Real Academia Española ha aclarado que, con la llegada de 2020, no comenzará la tercera década del siglo XXI, sí dejaremos atrás los años 10. Por ese motivo, en Piedras de Papel decimos adiós a 2019, haciendo un balance especial, para ver qué ha ocurrido en este decenio.

Hemos seleccionado 10 gráficos sobre algunos temas de los que se ha hablado mucho, y otros de los que no se ha hablado tanto. No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Con ellos, ¡os deseamos un Feliz Año!

Una de las principales consecuencias para España de la Gran Recesión que empezó en 2008 ha sido el aumento de la desigualdad. En 2019 se ha publicado la nueva versión de la base de datos SWIID, que nos permite mostrar este aumento de la desigualdad en España en comparación con otros países.

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Nueve libros que merecen otro post

Lecturas recomendadas por Piedras de papel - 2019

Como ya hicimos el año pasado, os proponemos nueve libros que se han editado o difundido en el año que acaba. Se trata de lecturas que nos han gustado y que a pesar de ser ensayos académicos, del ámbito de las ciencias sociales, reflexionan sobre problemas de enorme actualidad, como la crisis de la democracia, la desigualdad, los populismos, la crisis territorial, etc. Como nota particular este año nos permitimos una pequeña excepción, introduciendo un libro de ficción de un premio Nobel que también, desde la imaginación, nos informa sobre el contexto político en América Latina a mediados de siglo XX. Porque como escribió un prestigioso científico social amante de los análisis empíricos, "la intuición de las memorias e incluso de las novelas puede ser tan iluminadora como el estudio sistemático de los datos".

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The Crises of Democracy, de Adam Przeworski (Cambridge University Press)

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La salchicha democrática

Cola para votar en las pasadas elecciones del mes de mayo.

Para muchos, la historia electoral de un país -cómo, quién, cuándo, y dónde se consigue el voto- es un asunto de interés limitado. Los escritos que describen estos procesos suelen ser tediosos, cargados de jerga legal y conceptos abstractos; además de largos, con letra pequeña y papel del malo.

Hasta que lees el libro de Judith Brett "From Secret Ballot to Democracy Sausage: How Australia got compulsory voting", y todo lo de arriba deja de ser cierto. ¿Qué cuenta Brett? Con la excusa de explicar los motivos y la logística con la que Australia pone en marcha el voto obligatorio, Brett ha escrito un libro sobre la historia electoral en la que nos cuenta cómo y por qué se implanta el voto secreto -lo que se conoce como 'Australian ballot', y con él la democracia moderna en aquel país.

Entre 1846 y 1851, la población del estado de Victoria, cuya capital es Melbourne, pasa de 32.000 a 77.000 habitantes. En 1861, supera el medio millón. Es lo que tiene descubrir oro. Muchos de los que llegan habían estado vinculados a los movimientos cartistas en la metrópoli. Sabían leer y estaban al corriente de los escritos de Mill y Bentham. En ellos se denunciaba el poder y los privilegios injustificables de la aristocracia y defendían una mayor representatividad del parlamento. Por aquella época, Australia todavía no era Australia -el país se funda formalmente el 1 de enero 1901-, pero la idea de que la creación de un nuevo país ofrece una oportunidad para que a través del diseño institucional se laminen los viejos intereses y privilegios cala.

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Participación laboral y brecha salarial

Al analizar las diferencias en los resultados en el mercado de trabajo entre mujeres y hombres, uno de los indicadores más utilizados es la brecha salarial, que hace referencia a las diferencias en los salarios –anuales, mensuales o por hora– que perciben los hombres y las mujeres. Los datos más recientes de Eurostat disponibles, correspondientes a 2017 y aún provisionales, sitúan a España en una posición intermedia en el contexto europeo. El dato de la brecha salarial sin ajustar para España, del 15,1%, es llamativo si lo comparamos con las limitadas diferencias de países como Rumanía, Italia o Luxemburgo –todos por debajo del 5%, todos muy diferentes entre sí en una buena cantidad de características socioeconómicas e institucionales– pero está lejos de las brechas más altas, en torno al 20% o superiores, de países, también muy diversos, como, en orden ascendente, Eslovaquia, Austria, el Reino Unido, Alemania, la República Checa y Estonia.

Cuando se inspeccionan series más o menos largas de esta brecha, es evidente que hay una tendencia relativamente generalizada hacia cierta reducción en las diferencias; España no es un caso anómalo en esta pauta, aunque desde 2007 hay fluctuaciones que previsiblemente están relacionadas con los efectos de la crisis. La excepción se encuentra en un reducido número de países en los que tiene lugar una desconcertante estabilidad en el tiempo. Hay contextos en los que la brecha salarial es sorprendentemente baja, como Italia (5% en 2017), y otros, en el extremo opuesto, con brechas persistentemente altas, entre los que pueden resultar llamativos Alemania (21%) y el Reino Unido (20,8%).

¿Por qué no conviene sobre-interpretar, sin embargo, la magnitud de las diferencias salariales medias? Simplemente porque estas cifras están enormemente afectadas por la desigual presencia de mujeres y hombres en la actividad laboral, en distintos sectores, ocupaciones, y tipos de empresas, por la diferente composición del grupo de trabajadoras y trabajadores en términos de edad, número de horas trabajadas, o antigüedad en el puesto, y por la distinta tendencia de unas y otros a interrumpir sus carreras profesionales, entre otras cuestiones. Cuando se neutraliza la influencia de todos estos factores para estimar el nivel salarial en el nivel individual, la brecha salarial neta es claramente menor.

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¿Y si negarse a saludar a un rival político fuera malo para la democracia?

Donald Trump saluda al dictador norcoreano Kim Jong-un

Cuenta el psicólogo Jonathan Haidt en su libro La mente de los justos una anécdota que conecta muy bien con la tan comentada conversación entre Pablo Iglesias, Inés Arrimadas e Iván Espinosa de los Monteros el pasado día de la Constitución. En 1994, el republicano Newt Gingrich, recién elegido presidente de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, puso en marcha una serie de reformas para cohesionar el Partido Republicano y dificultar la colaboración entre republicanos y demócratas que había sido habitual hasta la fecha. Entre otras medidas, cambió el calendario de sesiones para que estas tuvieran lugar a mediados de semana y animó a los congresistas a no trasladarse con sus familias a Washington, vivir permanentemente en sus respectivos estados y viajar a la capital solo unos días a la semana para las sesiones. Una de las consecuencias de estas y otras medidas fue que los políticos demócratas y republicanos dejaron de interactuar de forma cotidiana con políticos del partido opuesto, algo que sí hacían cuando pasaban más tiempo en Washington. Según Haidt y otros analistas, esta menor interacción entre políticos de distinto signo ha podido contribuir al aumento de la polarización partidista en los Estados Unidos, que en última instancia ha desembocado en el clima hostil de la actual legislatura de Donald Trump.

La polarización se ha convertido en el fenómeno politológico del momento. Los estudios que se ocupan de ella empiezan a multiplicarse, aunque aún disponemos de poca información sobre Europa en general, y sobre España en particular, en comparación con la evidencia que tenemos acerca de los Estados Unidos. Pero alguna evidencia sí que tenemos. Cuando hablamos de polarización hay que distinguir entre dos fenómenos distintos. Por un lado, hay un tipo de polarización que ha sido estudiada durante décadas por la ciencia política y que denominamos polarización ideológica. Sobre todo cuando se acercan unas elecciones, los ataques entre partidos políticos de ideologías distintas se incrementan y las tensiones aumentan, llegando a veces a extremos como la provocación de disturbios entre distintos grupos étnicos para movilizar a las bases electorales, como muestra este estudio en la India. Pero no es esta polarización ideológica clásica de la que hablan cada vez más los medios de comunicación.

Un segundo tipo de polarización más preocupante es la denominada polarización afectiva o partidismo. Cuando nos referimos al componente afectivo de la polarización nos estamos refiriendo a las evaluaciones que realizamos acerca de los miembros de otros grupos (votantes o simpatizantes de determinados partidos políticos) y a las actitudes que desarrollamos con respecto a estos por el mero hecho de su pertenencia a un grupo (ideológicamente) distinto al nuestro. Estas evaluaciones y actitudes impregnarían aspectos relacionados con la vida cotidiana. Así, investigaciones recientes han puesto de manifiesto que una mayoría de personas (en los Estados Unidos) prefiere vivir en un lugar donde la mayoría de la gente comparta sus ideas políticas y un porcentaje nada desdeñable de la población se sentiría mal si un familiar se casara con alguien que no tuviera su misma ideología.

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Catalanofobia

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Déjenme que empiece este artículo con mi anécdota favorita sobre la catalanofobia. En invierno del 2005, Isabel Pantoja viajó a Barcelona para promocionar su nuevo álbum, 'Sinfonía de la Copla'. En su paso por Radio Teletaxi, cuando el periodista Justo Molinero se interesó por su opinión acerca de la campaña de boicot a los productos catalanes, la tonadillera respondió: "estas navidades brindaré con cava catalán y, luego, con champán del bueno". Meses más tarde Pantoja quiso aclarar en el diario ABC su postura sobre la cuestión y añadió que "los que tengan más dinero que brinden con champán, y los que menos, con cava". No se trataba, pues, de un desliz anticatalanista sino de una cuestión de estatus social. Aún con ello, Pantoja nos regaló uno de los momentos más hilarantes de la triste campaña de boicot al espumoso catalán.

El boicot al cava es sólo uno de los numerosos episodios que ejemplifican la escasa simpatía que despiertan los catalanes en el resto de España. La catalanofobia viene de lejos, sin duda. No obstante, la virulencia de la crisis territorial que vivimos desde el inicio del proceso soberanista puede hacernos pensar que seguramente  el anticatalanismo esté hoy más extendido que nunca. ¿Realmente es así?

Hace unas semanas el Centre d'Estudis d'Opinió (CEO), el CIS catalán, publicó una encuesta sobre conflicto territorial en España en la que se incluían preguntas sobre el grado de simpatía por los habitantes de las distintas comunidades autónomas. Según el CEO, los catalanes son, de lejos, los ciudadanos que más rechazo generan entre los españoles. En una escala de 0 (caen muy mal) a 10 (caen muy bien), los catalanes alcanzan un aprobado justo (5,6), una cifra notablemente inferior a la del resto de comunidades autónomas, la mayoría de las cuales alcanzan valoraciones por encima del 7 sobre 10.

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Digitalización y desigualdad II: ¿Pueden nuestras leyes de competencia y fiscalidad hacer frente a las consecuencias de la digitalización?

En un artículo anterior, analicé las características de procesos productivos, modelos comerciales y estructuras de mercado de la nueva economía digital, argumentando que tienen una tendencia natural a la concentración y los monopolios. El proceso de digitalización de la economía supone un reto mayúsculo, que puede quebrantar los mercados tradicionales de trabajo, bienes, servicios y capitales, y que tiende a aumentar la desigualdad. Este reto es global, se produce en red, y es de naturaleza intangible. En este artículo reflexiono sobre las dificultades de las políticas regulatorias y de fiscalidad para hacerle frente.

Las leyes antimonopolio están diseñadas para evitar el abuso de posición dominante y la colusión entre empresas, que distorsionan la competencia, deterioran la calidad o aumentan el precio de los productos para los consumidores. La digitalización ha introducido nuevas modalidades de prácticas anticompetitivas. La discriminación de precios, que consiste en cobrar a clientes diferentes un precio distinto por el mismo producto, parece un concepto obsoleto ante servicios cada vez más customizados, valorados por algoritmos, en un mercado donde el valor añadido está en la creación de perfiles de clientes que permiten la fragmentación. Por otro lado, el control de ciertas plataformas y redes de distribución confiere a las compañías un rol indispensable para que otras empresas puedan distribuir sus productos, llegar a los consumidores o recaudar ingresos, aunque no tengan una posición dominante en el mercado. Como es el caso con Amazon, un alto precio a los consumidores no es un buen criterio para identificar abusos de mercado. El control de redes, mercados y bases de datos permite explotar economías de alcance, creando nuevos productos o tomando nuevos mercados a mucha velocidad aunque partan de cuotas de mercado muy pequeñas.

Las leyes antimonopolio regulan las fusiones y adquisiciones (M&A) que pudieran resultar en empresas con posición dominante. Sin embargo, la mayoría de M&A de las grandes compañías tecnológicas son con startups, que adquieren como forma de i+D. El proceso de innovación, que es muy costoso y de resultados inciertos, se externaliza así hacia un ecosistema de pequeñas startups que compiten entre sí y que las grandes compañías compran cuando las perspectivas de ganancia comercial son más seguras. Aunque esas startups pudieran eventualmente competir con las grandes tecnológicas, no lo hacen en el momento en que son compradas, así que no caen bajo el radar de las leyes de M&A. El proceso de innovación tecnológica también es muy dependiente del sector público; ejemplos de ello son el buscador de Google, resultado de una investigación pública, o el GPS, desarrollado por el ejército americano. Junto con las externalidades de red, esta dependencia genera un complejo trade-off de las políticas de competencia con la política industrial, como se ha hecho evidente en el reciente caso de la fusión prohibida por la Comisión Europea de Alstom y Siemens, o la tecnología 5G. La propiedad y el almacenamiento de datos también tiene implicaciones geopolíticas.

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Lo siento, pero Teruel ya existía

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Muchas páginas hemos escrito ya sobre una de las supuestas sorpresas de las pasadas elecciones: el auge de los partidos de ámbito no estatal (PANEs). En efecto, en estas elecciones han entrado formaciones nuevas al Congreso de los Diputados, y el número total de partidos en la nueva legislatura será el más alto de democracia. ¿Pero a qué se debe este resultado? ¿Es porque hemos votado más que nunca a candidaturas que aspiran a representar territorios concretos? ¿Podemos incluso concluir, como muchos han hecho precipitadamente, que el electorado ha aprendido que la mejor forma de influir en política es optando por candidaturas centradas en la defensa de los intereses de ciertas regiones? 

Veamos los datos: El gráfico 1 muestra, para cada elección al Congreso de los Diputados desde la restauración de la democracia, el porcentaje de votos válidos emitidos a partidos autonómicos o provinciales que no formaban parte de coaliciones o acuerdos electorales con fuerzas de ámbito estatal, y que han obtenido al menos el 0,1% del voto*.

Gráfico 1. Porcentaje a PANEs sobre voto válido, 1977-2019. 

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Digitalización y desigualdad (I): Cómo datos, algoritmos y redes transforman los mercados

No han pasado ni 25 años desde la comercialización masiva de internet y de servicios y dispositivos digitales, pero estos han penetrado tan profundamente en nuestra vida cotidiana que apenas somos conscientes de cómo han cambiado la estructura de nuestra sociedad. Desde la transformación del lugar de trabajo a través de la robotización y la disponibilidad a distancia hasta la creación de nuevos productos, servicios y mercados, la digitalización transforma la configuración económica a una velocidad tan vertiginosa que nuestros sistemas fiscales y regulatorios no consiguen mantener el ritmo. Datos y algoritmos son los nuevos activos y factores productivos para las compañías digitales, cuyas estructuras de costes y sus mercados en red se caracterizan por fuertes tendencias monopolísticas. Este artículo analiza la tendencia a la concentración del sector digital y sus consecuencias para la desigualdad. En un próximo artículo reflexiono sobre las capacidades y limitaciones de los sistemas fiscales y regulatorios para hacerles frente.

El debate sobre el impacto de la digitalización ha girado sobre todo entorno a las amenazas de una adopción generalizada de tecnologías sustitutivas de mano de obra con su consiguiente pérdida de empleos. Aproximadamente la mitad de las tareas que ahora realizamos podrían automatizarse en las próximas décadas. Trabajos rutinarios, poco cualificados y relacionados con el transporte son más susceptibles de desaparecer. Trabajos que requieran creatividad e inteligencia emocional, donde el factor humano es indispensable, están en menor riesgo. La producción industrial, tradicionalmente masculinizada y fácil de externalizar, está más en riesgo que los servicios y los cuidados, tradicionalmente feminizados y domésticos por naturaleza. Más allá de la división sexual del trabajo, la transición hacia una economía de servicios reduce el crecimiento de la productividad, a la que los salarios deberían estar ligados. 

Además, la frontera entre trabajo y ocio y el propio concepto de lugar de trabajo se van evaporando, flexibilizando horarios y atomizando la fuerza de trabajo, con apps que median entre empleador y empleado y dificultan la sindicación. Estos cambios en las relaciones laborales y las nuevas posibilidades de externalización crean un lugar de trabajo fisurado que reduce el poder de negociación del trabajo. Con la reducción masiva de los costes de transporte, las cadenas de producción se globalizaron siguiendo criterios de reducción de costes laborales. La automatización puede revertir parte de ese proceso volviendo a acercar la producción al consumo, pero esta vez sin requerir mano de obra. Si el trabajo remoto es posible a gran escala (un ejemplo temprano son los teleoperadores), la compresión competitiva de un mercado de trabajo mundial presionará a la baja los salarios de poca cualificación, al mismo tiempo que una demanda global pujará por esas habilidades más únicas, aumentando la desigualdad.

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