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El 15M sigue despertando simpatías, ocho años después

El 15M va camino de convertirse en lo que la literatura denomina un evento transformador (eventful event) de trascendencia histórica. Más allá del surgimiento de un partido político como Podemos, es posible que su influencia a medio plazo se extienda a la cultura política de la ciudadanía en España. Sin duda, su huella está presente en el campo de los movimientos sociales progresistas, incorporándose a la memoria que alimenta la identidad colectiva y las prácticas de las movilizaciones en el presente (Gongaware, 2011). Sin embargo, su relevancia puede trascender los círculos del activismo más vivo para configurarse como un factor de (re)politización de un grupo más amplio de la ciudadanía, especialmente, los jóvenes (Benedicto y Ramos, 2018) y los sectores progresistas, donde su legado parece configurarse como un posible componente de la cultura política.

¿Perdura el 15M en la memoria de la ciudadanía? ¿Conserva los niveles de simpatía que despertó en su día? ¿Se está transmitiendo ese conocimiento y adhesión a la juventud que no lo experimentó directamente? ¿Qué huella electoral ha dejado?

Coincidiendo con su octavo aniversario, en este post exploramos el recuerdo del 15M y el grado de simpatía que sigue despertando hoy en día. Para ello utilizamos evidencia recogida a través de una encuesta telefónica representativa de la población (PROTEiCA-ficha metodológica) y la comparamos con la obtenida en 2011 por el CIS (Estudio 2920), cuando el movimiento alcanzó una visibilidad extraordinaria. Los resultados sugieren que el 15M sigue vivo en la memoria política de la ciudadanía.

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¿Qué factores están detrás de la irrupción electoral de Vox?

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La aparición de Vox en la escena política española ha suscitado todo tipo de reacciones. Hay quien ha visto en la irrupción de un partido de derecha radical un signo de 'europeización' de España: nos pasa lo mismo que pasa en tantos países europeos. Antes de sacar conclusiones precipitadas, es interesante analizar la cuestión con más detenimiento –tal y como han empezado hacer varias entradas anteriores en este mismo blog.

¿Cuáles son los factores que explican el incremento de la extrema derecha en tantos países? La mayoría de los intentos de responder a esta pregunta se fijan, fundamentalmente, en factores contemporáneos. Muchos trabajos en ciencia política han descrito las características de la nueva derecha populista radical. Según estos, uno de los rasgos fundamentales de estos partidos es su capacidad para atraer votantes transversales. Desde esta perspectiva, el crecimiento de los partidos de la nueva derecha radical se debería a su capacidad de atraer votantes ubicados tanto en la derecha como en la izquierda del eje económico, pero conservadores en el llamado eje cosmopolita. Así, los factores de tipo cultural –especialmente las actitudes reticentes o poco favorables a la inmigración– serían cruciales para entender el aumento del voto a partidos de derecha radical.

Algunos trabajos más recientes, en cambio, apuntan a un peso específico de los factores económicos. Analizando el aumento de la extrema derecha en Suecia, Sirus Dehdari ha estudiado en qué medida la vulnerabilidad en el mercado laboral (los despidos de trabajadores poco cualificados) está asociada con el incremento del voto a la extrema derecha –especialmente allí dónde hay más inmigración. Dal Bo et al. apuntan también a la vulnerabilidad laboral y la reducción en ingresos familiares disponibles como causas del aumento de la extrema derecha sueca en un estudio con datos electorales desagregados a nivel local. Siguiendo una línea muy similar, Thiemo Fetzer ha mostrado que el voto para el UKIP y partidario del Brexit en Inglaterra puede explicarse como consecuencia de las políticas de austeridad.

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Feminismo y liberalismo

Manifestación contra la violencia machista

Recientemente, en el debate público sobre feminismo se ha introducido, desde posturas autoproclamadas como liberales, el concepto de "feminismo liberal". Se aduce que el feminismo (a secas) pretende, en aras de la igualdad, restringir la libertad de decidir de las mujeres. Incluso llegan a decir que, al querer restringir la libertad de las mujeres, el feminismo yerra porque "sin libertad no hay igualdad". De esta manera, por ejemplo, quieren enmarcar el debate sobre la maternidad subrogada o la prostitución en el debate de "libertad para decidir". El feminismo, en cambio, niega que en la mayoría de esos casos exista libertad para decidir. Es más; el feminismo, en realidad, dice: "sin igualdad no hay libertad". La discrepancia entre "sin libertad no hay igualdad" (liberales) y "sin igualdad no hay libertad" (feminismo) depende de a qué llamamos libertad y a qué llamamos igualdad. Y la cuestión es que ambos conceptos (libertad e igualdad) son diferentes para el feminismo (a secas) y para el liberalismo.

El feminismo siempre ha desconfiado del liberalismo. Esta desconfianza es histórica y nace de la concepción de libertad individual que defiende el liberalismo, que se puede resumir en "que el Estado se pare a la puerta de mi casa (y de mi hacienda)". El liberalismo del siglo XIX pensaba que los derechos de las mujeres ya estaban asegurados a través de los de sus maridos y padres porque, a pesar de su defensa de la libertad y del individualismo, para los liberales la familia era (¿es?) un órgano monolítico. Es decir, la libertad que propugnaban era para los hombres. La ciudadanía era para los hombres. Ni libertad ni ciudadanía eran conceptos inclusivos: solo los hombres eran los ciudadanos libres. Esto ya lo sabían Olympe de Gouges cuando redactó la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana en 1791 y Mary Wollstonecraft cuando escribió la Vindicación de los derechos de la mujer en 1792. Dirán algunos que me remonto muy atrás. Baste recordar que las mujeres españolas pudieron votar en 1933 por primera vez (gracias a Clara Campoamor) y que las suizas tuvieron que esperar a ¡1971! para poder hacerlo. Para el liberalismo clásico las mujeres quedaban confinadas al ámbito doméstico; esfera en la cual el liberalismo siempre ha negado al Estado jurisdicción alguna. La esfera privada de la vida, según el liberalismo, es una cuestión prepolítica. Es decir, lo que sucede dentro de la familia queda fuera de la ley. Este pensamiento es netamente contrario al feminismo. ¿Por qué? Porque las desigualdades entre hombres y mujeres en la esfera pública se alimentan de las desigualdades dentro de la familia; es decir, en la esfera privada. Lo que el feminismo destaca y el liberalismo niega es que las estructuras tradicionales de organización de la familia son la base de las estructuras socioeconómicas que sostienen las desigualdades entre hombres y mujeres. Por eso el feminismo dice que la esfera privada no es tal, sino una parte más de la organización política de nuestra sociedad y, por eso, el Estado debe intervenir. Es decir, según el feminismo, el aserto "no hay igualdad sin libertad" es una falacia porque la igualdad es una condición necesaria para poder ejercer y practicar la libertad. Como decía Clara Campoamor "la libertad se aprende ejerciéndola" y para ejercerla, se necesita de la igualdad.

El feminismo defiende que el Estado debe intervenir para cambiar el contrato sexual pre-existente sobre el que descansan las discriminaciones en la esfera pública. Pero ese Estado al que apela el feminismo no es –ni puede serlo por su propia definición— el Estado liberal, sino el Estado social y Democrático de Derecho. Porque el Estado social –no así el Estado liberal-- entiende que hay derechos sociales que hay que asegurar para que exista igualdad y, por tanto, se pueda ejercer la libertad. Y el Estado interviene en forma de leyes como la Ley de Igualdad o la Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral. ¿Y por qué debe intervenir? Porque cada persona, por separado, no puede cambiar el funcionamiento social que toma como dado el contrato sexual. Cada persona por separado no puede cambiar la costumbre. Y no puede porque hay, como dicen los economistas, un problema de coordinación y falta de compromiso individual. Esto se ve muy claramente, por ejemplo, en el debate sobre las bajas por maternidad y paternidad y el efecto que estas bajas tienen sobre los salarios de las madres. Existe lo que se llama "la penalización por maternidad". Hay estudios (véase aquí) que muestran que tal penalización no existe entre parejas del mismo sexo y la razón es porque el reparto del trabajo en el hogar es más igualitario entre ellas. Es decir, los hombres en parejas heterosexuales, en su mayoría, no hacen uso de las bajas por paternidad. Y no lo hacen porque, individualmente, no les es rentable, dada la organización social existente. Es muy difícil luchar individualmente contra la fuerza de la costumbre. Mientras las bajas por paternidad sean voluntarias, la situación cambiará muy lentamente. Pero el liberalismo no acepta unas bajas por paternidad obligatoria aduciendo la defensa de su concepto de libertad. Lo que el liberalismo no entiende es que, al ignorar la desigualdad inicial, su defensa de la libertad se convierte en una justificación y salvaguarda de la costumbre, de la organización tradicional de la sociedad y, de paso, una rémora más para alcanzar la igualdad plena entre hombres y mujeres, fundamento de la libertad.

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El futuro de las ciudades

La distribución del espacio en las ciudades tiene consecuencias fundamentales para la calidad de vida de sus habitantes. Define la posibilidad de acceso a servicios básicos como los alimentos, la salud, y el ocio. Modula la viabilidad de los distintos modos de transporte y con ello estructura las interacciones entre habitantes, la movilidad entre el trabajo y el hogar, y el acceso a oportunidades educativas. Por estas y otras razones, el diseño urbano de una ciudad tiene un impacto notable en los patrones de desigualdad y en la salud medioambiental de los ciudadanos.

En un contexto de crecimiento de la población mundial, de migración a las ciudades, y de cambio climático en marcha es imprescindible acertar con el modelo urbanístico que debe promoverse de cara al futuro. En este sentido, el modelo urbano predominante en Estados Unidos es un modelo fallido, en especial en aquellas ciudades fuera del corredor noreste (Boston, Nueva York, Washington). Se trata de ciudades de desarrollo comparativamente reciente, como Los Ángeles, Phoenix, Atlanta, o Houston. El urbanismo de estas ciudades se explica, en buena medida, porque experimentaron su desarrollo más notable cuando el automóvil ya se había convertido en un bien de consumo de masas (enlace).

Este modelo se caracteriza por la baja densidad de población, la organización del espacio alrededor del automóvil, y la falta de áreas de uso mixto (enlace). Esto tiene varias consecuencias fundamentales: se crean zonas puramente residenciales y de baja densidad, con lo que el transporte público a esas zonas deja de ser sostenible (enlace). La ausencia de transporte colectivo junto al uso exclusivamente residencial hace que muchos servicios comerciales básicos como farmacias, supermercados, o restaurantes no sean accesibles salvo por automóvil. Un ejemplo de este tipo de desarrollo urbanístico se muestra en la siguiente fotografía. Como se puede observar, se trata de un barrio exclusivamente residencial, donde el transporte privado domina y no hay acceso fácil a pie ni por transporte público a mercados, peluquerías, o centros de salud, por poner algunos ejemplos.

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Toros, invernaderos y Vox

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¿Tiene algo que ver la actividad agrícola con el voto a Vox? Quizás sí. Como muestro más abajo, la estructura del cultivo de la tierra puede ser una variable importante para entender la procedencia de muchos votantes de Vox. Más concretamente, Vox ha tenido un éxito electoral bastante significativo en aquellas provincias expuestas a la agricultura orientada la actividad agrícola pero también en provincias especializadas en la agricultura intensiva. O dicho con otras palabras, provincias con alta densidad de invernaderos o con grandes extensiones de prados de pasto, como las dehesas, han sido importantes para entender parte del éxito electoral de Vox.

Para llegar a esta conclusión he realizado un pequeño análisis estadístico que no aspira a establecer una relación causal clara sino a comprobar la validez de las intuiciones que explicaré a continuación. En primer lugar, he identificado aquellas provincias que están más expuestas a la agricultura intensiva. La encuesta de superficies y rendimientos de cultivo en España (ESYRCE) ofrece información detallada por provincias del número de hectáreas dedicadas a las distintas formas de agricultura. He usado la encuesta de 2015 para identificar el número de hectáreas dedicadas al cultivo en invernadero en cada provincia y he identificado las que tienen un valor superior a la media nacional. Como todo el mundo podrá anticipar estas provincias son Almería, Huelva, Granada, Murcia, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas. Este grupo lo comparo con otro grupo más extenso de provincias que se caracterizan por no tener ningún tipo de exposición a la agricultura[1]. Esto es, tienen valores inferiores a la media nacional con respecto al número de hectáreas dedicadas no sólo al cultivo en invernadero, sino también regadío o prados de pasto o agricultura de secano.

Esta primera comparación la uso para medir lo que llamo el efecto “acrílico” por ser éste uno de los principales materiales usados en la fabricación de los invernaderos. La idea que intento capturar usando esta medida es la exposición de los habitantes de estas zonas a contextos donde existe una muy alta densidad de inmigración, mucha irregular y de procedencia muy diversa, que singulariza el mercado laboral agrícola de estas provincias. El trabajo en los invernaderos se caracteriza por sus salarios bajos y la alta temporalidad lo que genera amplias bolsas de trabajadores precarios. La convivencia en muchas de estas zonas entre la población trabajadora inmigrante en situación normalmente precaria y la población autóctona es delicada. La probabilidad de observar conflictos es alta no sólo entre la población autóctona y la inmigrante sino entre distintos grupos de trabajadores. En la ficción, estas tensiones estaban bien reflejadas en la serie televisiva “Mar de plástico” aunque seguramente sus guionistas buscaron inspiración en los acontecimientos de violencia xenófoba que sacudieron la población Almeriense de El Ejido en febrero de 2000. Lo que estoy interesado en mostrar es qué parte del voto a Vox se puede explicar como una reacción a esta exposición a la inmigración por parte de los votantes más conservadores y reaccionarios. Una reacción que reivindica, por ejemplo, la superioridad de los valores cristianos frente a los musulmanes y que promueve un claro rechazo al multiculturalismo.

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Los diez resultados más importantes del 28A

La victoria de Sánchez. Sánchez es un hueso duro de roer, que tiene la mala costumbre de ganar sus batallas. Es como un David Cameron, pero con éxito en sus apuestas. Nos atreveríamos a decir que ha sacrificado a la Reina (Andalucía) para dar el jaque mate y, de paso, quitarles muchas fichas al PP, a Vox y a Podemos para la próxima partida. El adelanto electoral en Andalucía y la salida de Susana Díaz de la Junta a manos de la coalición de derechas pudo ser un blessing in disguise, en la medida en la que sirvieron para movilizar (y coordinar) a los votantes de izquierda para evitar un gobierno en el que participara Vox. Los microdatos nos dirán si esta interpretación es acertada. Lo que sí sabemos es que el PSOE ha subido de 90 a 123 escaños, sumando 33, o un 37%.

La debacle del PP. El PP ha perdido el 52% de sus escaños, pasando de 137 a 66 y dejándose 71 en el camino. Se queda sólo con un 16,7% de los sufragios. No hay recurso posible al dicho según el cual “mal de muchos, consuelo de tontos”: la comparación con su tradicional competidor, el PSOE, es igualmente dramática: los 66 escaños del PP representan algo menos del 54% de los 123 que ha conseguido el PSOE. De la competición con Ciudadanos (Cs) y Vox hablamos más adelante, pero cabe anticipar que ni siquiera en las circunscripciones pequeñas (por el sesgo conservador del sistema electoral, sus tradicionales bastiones) ha obtenido un resultado remarcable: si nos centramos en el bloque de la derecha (en el que también incluimos a Cs, Navarra Suma y Vox), el PP cae del 94 al 64 por ciento. Y como guinda del pastel, el PP ha sido barrido del País Vasco y, casi, de Cataluña.

La ausencia de un líder claro en la derecha. Teniendo en cuenta la caída del PP, la importante subida de Cs, de 32 a 57 escaños (15,9% en 2019), sitúa a ambos partidos muy cerca, tanto en términos de escaños (14% de distancia) como de voto (aquí, la diferencia es menor de un punto porcentual o, en términos relativos, del 4,8%). Por si fuera poco, Cs ha demostrado que también es un candidato viable en feudos tradicionales del PP, como Madrid o Castilla y León. De hecho, en las circunscripciones pequeñas (la mayoría de las cuales son equiparables a la llamada España vacía), que se le resistieron tanto en 2015 como en 2016, ha pasado de 2 escaños a 19, lo que significa un 38,8% de los escaños de la derecha en este espacio ideológico. En resumen, Cs no ha conseguido el ansiado sorpasso al PP (hace tiempo que la mayoría de analistas lo descartaban) pero los resultados apenas sirven para dirimir quién es el segundo actor más importante de este bloque.

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28A: ganadores, medias victorias y batacazos

Los nacionalpopulistas han invadido Europa. Incapaces de recoger el voto de los descontentos con la automatización y la globalización, la izquierda tradicional se ha derrumbado en todo el continente. Pero, en las esquinas, tanto en la península escandinava como, sobre todo, en la península ibérica, así como en la ínsula británica, los viejos partidos socialdemócratas, resisten el avance de los populistas de extrema derecha, como versiones modernas de Astérix y Obélix. En los últimos meses, el SAP en Suecia y SDP en Finlandia se han consolidado en el poder; y, en los próximos meses, se pueden consolidar el PS en Portugal y el PSOE en España. Y, cuando haya elecciones en el Reino Unido, los laboristas podrían volver a Downing Street. ¿Por qué? ¿Cuál es la poción mágica de esta neo-socialdemocracia?

La crisis económica y las políticas de austeridad pueden explicar la victoria de los socialistas portugueses y españoles. Pero no es suficiente. Otros países del sur de Europa, como Italia o Grecia, han padecido una crisis tan o más notable y, sin embargo, sus partidos socialdemócratas fueron barridos hace tiempo. Mientras, ni en el Reino Unido ni en los países nórdicos han experimentado un severo apretón del cinturón, y, sin embargo, también parecen resistir, aunque desgastados, los socialdemócratas.

Hay que buscar la razón en que los socialistas en algunas partes de Europa, sobre todo en la zona Atlántica, están siendo capaces de superar el dilema que parecía que les enterraría, el dilema entre, por un lado, defender los intereses de los trabajadores en el eje económico y, por otro, defender los valores cosmopolitas. Estos partidos han cultivado un tipo de sentimiento colectivo que se está abriendo paso entre el patriotismo de golpes en el pecho promovido por los movimientos nacional populistas. Los socialdemócratas están promocionando un patriotismo progresivo basado en un delicado equilibrio entre sus banderas nacionales y la bandera de la UE, entre un credo europeísta y una retórica anti-austeridad, entre cumplir los objetivos fiscales de la UE y reducir los recortes de gastos.

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Un vistazo a los datos de participación por municipios

A las 2 de la tarde habían votado ya 14,4 millones de electores, un 41,5% del censo, 4,6 puntos porcentuales más que en 2016. La participación ha crecido en todas las comunidades autónomas, aunque con notables variaciones entre ellas. El dato más notable es el del crecimiento en Cataluña, en más de 11 puntos, aunque también es cierto que es tuvo una participación muy por debajo de la media en el primer avance de hace tres años. Dentro de Cataluña este aumento es bastante "transversal", y afecta tanto a municipios donde los independentistas son hegemónicos como a donde son minoritarios.

¿Hay algún patrón en función de cómo votaron los municipios en 2016? La verdad, cuesta encontrar regularidades muy sólidas o llamativas. [Una nota de precaución: aunque encontráramos patrones claros, es siempre un ejercicio de alto riesgo inferir resultados electorales a partir de estos cambios: así, por ejemplo, una mayor participación en zonas de izquierda puede querer decir que los electores de izquierda se están activando, pero también que aquellos no formaban parte de la "mayoría local" están acudiendo esta vez a las urnas (con lo que podría beneficiar a la derecha)]  

El gráfico 1 muestra la relación entre cuánto "de izquierdas" o "de derecha" es cada municipio, y cómo ha cambiado la participación a las 2 entre 2016 y 2019. En el eje horizontal se muestra la diferencia entre la suma del porcentaje de votos a PSOE y Unidos Podemos en 2016 y la suma del porcentaje de PP y Ciudadanos. He excluido a Cataluña del análisis porque las dinámicas de participación y la interpretación de estas variables, al existir otro sistema de partidos, son con seguridad diferentes. Cada punto del gráfico agrega los datos de un 5% de los municipios, agregados y ordenados en función de su ideología. Así, el punto más a la izquierda muestra la media de ideología y participación para el 5% de municipios más "a la derecha" de acuerdo a este indicador.

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¿Qué partido tiene ideas más parecidas a las tuyas?

Hasta hace relativamente poco, en la mayor parte de España, las elecciones generales eran cosa de dos y medio: el PSOE y el PP concentraban entre tres y cuatro de cada cinco votos, y solo un partido más, IU, obtenía más de un cinco por ciento de los votos a nivel nacional. Como nos explica Alberto Penadés, eran tiempos en los que no había espacio para partidos medianos (aquéllos con más del 10,6% y menos del 25,7% por ciento de los votos). Lo más emocionante era saber cuál de los dos se haría con la Moncloa y si lo podría hacer en solitario o necesitaría alguna ayuda externa.

Para ser exactos, todo esto era cierto hasta las elecciones generales de 2011, ya que desde 2015, el sistema de partidos está experimentando cambios bruscos y profundos que ponen fin a esas tres décadas plácidas y quizá un tanto monótonas: más volatilidad, más partidos y, como muestra Carlos Fernández Esquer, más fragmentación. En 2015, el porcentaje combinado del PSOE y el PP sobre el total del voto válido quedó levemente por debajo del 51 por ciento y, por primera vez, hubo partidos medianos (el PSOE, con un 22 por ciento; Podemos, que junto con sus confluencias alcanzó el 21 por ciento; y Ciudadanos, con algo menos del 13 por ciento). En 2016, el bipartidismo repuntó levemente, pero los votos combinados del PSOE y el PP volvieron a quedar por debajo del 60 por ciento (algo menos del 56) y los apoyos a Podemos y Cs cayeron algo, pero ambos se mantuvieron como partidos medianos.

El 28 de abril se celebran las elecciones generales de 2019, que supondrán un nuevo golpe de tuerca al sistema de partidos español. En un trabajo de enero de este año, Carlos Fernández Esquer y José Ramón Montero argumentan que, en 2019, podría haber hasta cinco partidos medianos: PSOE, PP, Cs, UP y Vox. Según el sondeo de 40Db para El País, publicado el 22 de marzo, PSOE y PP sumarían solo 46,4 por ciento, correspondiendo 27,1 al PSOE (que sería un partido grande) y 19,3 al PP (que pasaría a ser un partido mediano), mientras que Ciudadanos y Podemos se mantendrían en la categoría de medianos (con 17,7 y 12,3 por ciento, respectivamente) y Vox quedaría justo por debajo del umbral, con un 10,2 por ciento.

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Los indecisos

Durante las últimas semanas y especialmente estos últimos días de campaña los indecisos parecen los protagonistas, de las noticias, de las encuestas (que ya no pueden publicarse) y, sobre todo, de los debates. Una descripción lo más exhaustiva posible de quiénes son 'los indecisos' parece, por tanto, de interés.

Hay una primera aclaración necesaria: la indecisión no puede medirse de forma directa, es lo que llamamos una variable latente que mezcla varias dimensiones no directamente aprehensibles. La gente está más o menos indecisa, más o menos decidida a hacer algo, en un continuum, en el que solo algunos se sitúan en los extremos. Por tanto, no es posible responder a la pregunta de ¿cuántos indecisos hay? sin antes definir a quién consideramos indeciso y a quién no. Las encuestas nos permiten conocer cuánta gente tiene clarísimo, medio claro o nada claro si irán a votar el día 28A, y también a qué partidos prefieren o entre qué partidos están dudando. Hay quienes responden a todas estas preguntas, y hay quienes no responden a ninguna. Por ello, dentro de todo el grupo de electores que se clasifican como indecisos podemos decir que unos parecen más indecisos que otros.

En este post vamos a caracterizar a cada uno de estos grupos y cuantificarlos, de manera que podamos hacernos una idea más precisa de cuál es la incertidumbre que rodea las elecciones del domingo, y en qué medida el resultado puede verse fundamentalmente alterado o no, en función de qué indecisos resulten activados en estos días previos a la cita electoral.

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