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La racionalidad de Ciudadanos

Una de nuestras tareas como politólogos es el de tratar de encontrar racionalidad a las decisiones de los actores políticos, especialmente aquellas que pueden resultar difíciles de comprender a primera vista. Los periodistas con frecuencia nos preguntan si esta o aquella decisión de un partido les saldrá rentable, si aciertan o se equivocan haciendo esto o lo otro. Personalmente, creo que en la mayor parte de los casos los mejor cualificados para responder a estas preguntas son los propios partidos. Al fin y al cabo, dedican mucho más tiempo y recursos que nosotros a pensar qué es lo más les conviene. Esto no quiere decir que no cometan errores, pero por lo general no creo que desde fuera estemos mejor posicionados para detectarlos.

En mi humilde opinión, nuestra tarea como politólogos no es tanto decir cuándo lo hacen "bien" y cuándo "mal", sino más bien proponer explicaciones que doten de racionalidad a su comportamiento. Si además consideramos que ese comportamiento no es deseable porque interfiere con un bien superior, entender la racionalidad que hay detrás es un ejercicio mucho más constructivo. Decir "qué horror, el partido hace X, deben de ser tontos o irracionales" no nos lleva a ninguna parte. Decir "qué horror, el partido hace X porque le conviene en la presencia de Y y Z", nos dice algo útil: cambiemos Y y Z, y el partido a lo mejor deja de hacer X.

Es con este prisma con el que trataré de explicar la decisión de Ciudadanos de anunciar formalmente su negativa a pactar con el PSOE después de las elecciones generales. Es una decisión ciertamente llamativa: en el momento en el que todas las encuestas indican que un partido de extrema derecha está a punto de convertirse en parlamentario y podría ser clave para la conformación de una nueva mayoría de gobierno, nuestro partido liberal y centrista anuncia un veto… al partido socialdemócrata en el poder. Algunos ven esta estrategia autodestructiva para el mismo Ciudadanos: ¿cómo mantener el perfil de fuerza moderada y liberal después de esto? ¿No alejará esta estrategia a los votantes moderados que prefieren mayorías de partidos centristas y que rechazan la colaboración con las fuerzas extremistas?

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Populistas psicópatas

El presidente de EEUU, Donald Trump

La personalidad de los políticos es un asunto que atrae gran atención. El supuesto es que la personalidad de los candidatos afecta tanto a las decisiones toman (por ejemplo, mientras que probablemente José Bono no hubiera impulsado el matrimonio gay, Zapatero sí lo hizo); la forma en la que se toman (comparen la ‘seguridad’ de Aznar con la ‘tranquilidad’ de Rajoy); e incluso a sus probabilidades de éxito electoral. Por ejemplo, gran parte del éxito electoral de Trump se puede deber a lo que transmite su personalidad. Dicho de otro modo, probablemente, el éxito electoral del presidente estadounidense se deba parcialmente a su forma de ‘hacer’ y ‘decir’ las cosas, lo que en otros lares esto se conoce como comportamiento “sin complejos”.

Si es cierto que vivimos en un periodo en el que las lealtades partidistas son menores -y muchas encuestas lo indican-, y el peso de la ideología y las políticas concretas es menor que en el pasado, los ciudadanos pueden ver la personalidad de los candidatos como una herramienta que les ayude a decidir su voto. Tal vez si el candidato A les cae mal no le voten y lo hagan por B (incluso aunque sintonizaran mejor con las políticas del primero). Tal vez de ahí la importancia de la pregunta sobre con qué candidato se tomaría usted una cerveza o similar.

De Trump y de su personalidad se han dicho muchas cosas. Hay, por lo menos, dos rasgos que no se esperan de un presidente de los Estados Unidos: una altísima extroversión y cierta antipatía. Pero, ¿es Trump un caso aislado? Al fin y al cabo, la gran mayoría de las opiniones que se vierten en prensa respecto a la personalidad del sujeto suelen ignorar que hay muchos candidatos populistas que se describen de forma sistemática en términos similares. Por ejemplo, ¿alguien puede discutir que algunas declaraciones del nuevo presidente brasileño Bolsonaro o del filipino Duterte no denotan características de dichos individuos y, al mismo tiempo, van en la línea que marca Trump?

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El legado de la crisis en el europeísmo en España

El próximo mes de mayo tendremos, junto a autonómicas y locales, elecciones al Parlamento Europeo. Estas elecciones llegan en un momento delicado para la Unión Europea. Serán, en principio, las primeras elecciones tras el Brexit, además de que  partidos populistas, en muchos casos de corte antieuropeísta, están emergiendo como fuerzas políticas relevantes en muchos de los Estados miembro. El consenso europeísta que era hegemónico en gran parte de Europa presenta grietas.

Estas grietas se reflejan también en la opinión pública y nuestro país no es ajeno a ello. El siguiente gráfico muestra la evolución de los sentimientos hacia la Unión Europea en España entre la primavera de 2004 y el otoño de 2018, cubriendo los mejores años pre-crisis, la crisis económica y el período de recuperación. Utilizo datos del Eurobarómetro y dos medidas incluidas habituales en este tipo de análisis (y que ya utilicé aquí para mostrar la caída del apoyo a la Unión Europea durante la crisis). Por un lado, la primera serie muestra el porcentaje de ciudadanos que dicen confiar (o tender a confiar) en la Unión. Por otro lado, analizo también el porcentaje de ciudadanos que tienen una imagen “muy positiva” o “positiva” de la Unión Europea. Cada gráfico muestra la evolución de la opinión pública en España comparado con el conjunto de la Unión Europea.

La evolución de estos dos indicadores es muy evidente y, tal vez, no tan sorprendente. Los niveles de partida en España en ambas series son altos. España ha sido un país caracterizado por un fuerte europeísmo desde su entrada en las instituciones comunitarias y esto se ve reflejado en porcentajes iniciales por encima del 60% de ciudadanos que tanto confiaban como tenían una imagen positiva de la UE en 2004. Para los españoles. La Unión Europea ha sido, durante años, un símbolo de modernidad y progreso que tenían traducción en un europeísmo claramente superior al de la media europea.

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Venezuela: radiografía de una división

La fulgurante aparición del chavismo en la contienda electoral en el año 1998 supuso un elemento de polarización para la sociedad venezolana. Chávez planteó un modelo en el que se mostraba como solucionador definitivo a todos los males existentes tras la degradación progresiva de la democracia en Venezuela. En esa estrategia, los diferentes grupos opositores se sumaron a ese esquema de confrontación y plantearon un escenario de cordón sanitario que no funcionaría. 

Los primeros damnificados de esta nueva división fueron los partidos de izquierda, el Movimiento Al Socialismo y La Causa R se dividieron entre partidarios y contrarios a Chávez. Los segundos que experimentaron la división fueron los propios venezolanos. A principios del milenio ya no era extraño que a la gente en Venezuela se le definiera por su inclinación política. “Este es chavista” o “este es un escuálido” no eran expresiones ajenas al día a día de los venezolanos. La creciente dinámica de polarización propiciada por el chavismo en el gobierno (los que estaban contra Chávez, estaban contra la patria) y acelerada por una oposición que no tendió puentes ni entendió a los sectores que votaban al chavismo hasta bien entrada la década, tuvieron sus expresiones más duras en la creación de una institucionalidad a imagen y semejanza del chavismo o en el apoyo de un sector de la oposición al golpe de estado de 2002. También y no por ello menos importante en el diseño de un Estado que reparte sus recursos en función de la pertenencia política.

Dos todos y muchas partes

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El delicado equilibrio de una política sobre el alquiler

¿Por qué están subiendo tanto los precios de los alquileres? La Teoría Económica nos dice que porque aumenta la demanda o aumenta la concentración de la oferta. Ambas cosas están sucediendo en estos años: la Gran Recesión propició la concentración de la oferta de vivienda de alquiler en grandes empresas inmobiliarias y la salida de la crisis, combinada con un menor crédito para comprar, hace que aumente la demanda de alquiler. Una buena política de vivienda requiere, entre otras cosas, un esfuerzo concertado en aumentar la vivienda social para los segmentos de la población más desfavorecidos y una buena regulación del mercado de alquiler. Como siempre, diseñar una buena política no es tarea fácil pero el Real Decreto-ley 21/2018 iba en la buena dirección.

El Real Decreto-ley 21/2018 ha tenido una vida breve. Unidos Podemos votó en contra de su tramitación en el Congreso aduciendo que no incluía algunas de las medidas previamente pactadas con el Gobierno; en particular, no incorporaba ningún tope máximo sobre los precios de alquiler. Al no aprobar el Congreso el proyecto de ley, se ha revertido automáticamente a la ley del 2013 aprobada por el gobierno del PP. En esta nota quiero reflexionar sobre la política de control de precios, que se ha vuelto a poner sobre el tapete político tras varios años de crecimiento muy sustancial en los alquileres.

La manera más elemental de intervenir es limitar los precios. La Teoría Económica nos dice que cuando se impone un precio máximo que está por debajo del precio que vacía el mercado se produce una disminución de la oferta. Esto se debe a que para algunos caseros el ingreso derivado de alquileres no compensa los costes de explotación. En ese caso el casero prefiere dejar el inmueble vacío. También puede ocurrir que el casero exija al inquilino que corra con los costes de mantenimiento con lo que la limitación del precio del alquiler no sea efectiva o, simplemente, se deje que la vivienda se deteriore. Finalmente, los caseros se vuelven más estrictos en cuanto a la "calidad" del inquilino ya que buscan los "mejores" inquilinos para pagar menos en mantenimiento del inmueble. Esa búsqueda del inquilino de "calidad" se traduce en que aquellos que sufren más la escasez de vivienda en alquiler son las personas con menos recursos. En el peor de los casos, puede que el casero decida anunciar su vivienda en AirBnB aumentando más la escasez de vivienda en alquiler no vacacional. Es decir, poner un tope máximo al precio de alquiler hace que aumente el stock de casas vacías, que se encuentre la forma de cargar con gastos extra a los inquilinos, que se discrimine a los inquilinos con menos recursos y que, finalmente, disminuya la oferta de alquiler. Esto es lo que dice la teoría. La práctica lo corrobora (véase aquí, por ejemplo).

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Entre dos tierras: Candidatos regionales y élites nacionales

El próximo mayo tendremos elecciones autonómicas en España. En un sistema como el nuestro, en el que hay diferentes niveles de gobierno, es posible que las ramas regionales o locales de partidos que compiten en el ámbito estatal choquen con las directrices marcadas desde la dirección nacional. Así, ocurre que los políticos regionales, si quieren tener éxito en las elecciones autonómicas, pueden encontrar incentivos en desviarse de la acción de su partido a nivel nacional, buscando acercar su propuesta al votante de su región. Sin embargo, los ciudadanos prefieren partidos que den una imagen cohesionada y que presenten un discurso coherente. Si una rama regional de un partido se distancia demasiado de la acción política de su organización a nivel nacional, puede ocurrir que los votantes desconfíen. Por ello, los posibles desacuerdos entre las élites de un partido suelen resolverse o taparse sin que se llegue a una ruptura.

En el ámbito autonómico se necesita muchas veces del apoyo de la dirección nacional, no sólo para cuestiones económicas, también de imagen. En estos días y según se vaya acercando mayo veremos a los líderes nacionales visitando las distintas comunidades autónomas para apoyar a los candidatos regionales de su partido. Esto implica que incluso los más díscolos suelen rebajar el nivel de enfrentamiento con la dirección estatal para poder aprovechar el tirón de la marca. De este modo, no es raro que sea justo en periodo pre-electoral cuando los políticos anuncian sus reconciliaciones ya que las guerras abiertas pueden afectar a las perspectivas electorales. Además, los candidatos regionales que busquen repetir en las siguientes elecciones suelen necesitar del beneplácito de la élite nacional que, en muchos casos, es también quien los nomina.

En Europa la selección de líderes políticos a través de procesos en los que deciden los militantes son un fenómeno reciente. Tanto es así que hay autores que hablan del “jardín secreto de la política” para referirse a la selección de las élites de los partidos. Las razones que llevaron a los partidos a hacer los procesos de toma de decisiones más participativos son, por un lado, el intento de hacer la pertenencia a un partido más atractiva al contar más con la opinión de sus miembros y, por otro, frenar la erosión de la confianza de los ciudadanos. Sin embargo, sabemos que las primarias sirvieron en ocasiones como la manera de resolver un enfrentamiento entre facciones del partido, siendo, quizás, el caso más sonado el del actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez, cuya victoria en las primarias frente a Susana Díaz se entendió, además, como un rechazo a la abstención socialista en la investidura de Rajoy en 2016.

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En recuerdo de Erik Olin Wright (1947-2019)

El pasado miércoles falleció Erik Olin Wright, uno de los sociólogos más brillantes del último medio siglo. Formado en el contexto de radicalización política de finales de los años sesenta, Erik O. Wright consagró sus esfuerzos intelectuales a la revitalización de la tradición marxista, aunque el interés de sus ideas supera esas coordenadas. Su obra es hoy una referencia ineludible para cualquiera que desee estudiar las clases sociales.

Como el resto de miembros del llamado September Group de “marxistas analíticos”, Erik O. Wright se caracterizó por su compromiso con las normas científicas y la claridad argumental: el marxismo debía medirse con sus rivales aceptando las mismas reglas de juego, en lugar de esconderse en oscuros laberintos dialécticos. Pero a diferencia de la mayoría de ellos, que con el tiempo dejaron de considerarse marxistas, no abandonó nunca esa tradición.

Tres rasgos definían su visión del marxismo: el compromiso normativo con un ideal emancipatorio democrático-igualitario; el análisis crítico del capitalismo basado en el análisis de clase; y la búsqueda de una alternativa institucionalmente viable a ese sistema que encarnase tales ideales normativos (y a la que tradicionalmente se había llamado “socialismo”). Alentado por el compromiso con ese ideal, produjo el grueso de su trabajo intelectual en estas dos direcciones: la comprensión de las clases sociales y la búsqueda de alternativas al capitalismo.

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Íñigo no es Manuela

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Con todos los respetos, Íñigo no es Manuela. Lo advirtió Pablo Iglesias en su carta a los afiliados de Podemos de la semana pasada y se trata de una afirmación que, en cierto modo, es poco controvertida. No obstante, a Pablo Iglesias se le olvidó añadir lo más obvio: ciertamente Íñigo no es Manuela, pero, sin duda, le gustaría serlo. De hecho, la estrategia que Errejón ha defendido desde el surgimiento de Podemos es precisamente el de hacerse con un espacio electoral como el que logró el "Ahora Madrid" de Carmena en las elecciones locales de 2015.

Podemos irrumpe en el escenario político tras las elecciones europeas de 2014 y en muy pocos meses se convierte en un fenómeno político sin precedentes en nuestro país. Quizás pocos recuerden ya un dato tan sorprendente como inaudito hasta entonces en la política española: durante la segunda mitad de 2014, Podemos, un partido considerado por la mayoría de los españoles como de extrema izquierda, logró situarse como primera fuerza en intención directa de voto en algunos sondeos electorales. De hecho, según los barómetros del CIS de ese año, Podemos se erigió como la opción preferida entre los votantes de centro, superando al PP en seis puntos porcentuales y al PSOE en algo más de tres puntos.

¿Cómo logró Podemos seducir a los votantes de centro aún siendo percibido como un partido escorado a la izquierda? Esa fue la principal gesta del partido durante su breve pero exitoso “momento populista”, un período en el que la formación consiguió que la ciudadanía dejara momentáneamente a un lado las tradicionales lógicas izquierda-derecha y se sintiera atraído por un partido nuevo venía a dar voz al enojo ciudadano con las élites políticas.

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Enemigo a las puertas: la nueva izquierda de Carmena y Errejón

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La carta abierta de Manuela Carmena e Íñigo Errejón plantea una situación extremadamente interesante y también una serie de interrogantes relativos a la competición política en la izquierda sobre los que merece la pena reflexionar.

En los últimos cinco años, el sistema de partidos español ha experimentado un grado de volatilidad parecido solamente al que tuvo lugar entre las elecciones generales de 1979 y las de 1982, que constituyeron un verdadero terremoto electoral y supusieron la liquidación de la entonces gobernante UCD. Esta volatilidad ha venido de la mano de un fraccionamiento progresivo del sistema de partidos, con la aparición sucesiva de nuevos contendientes en la izquierda (Podemos desde las elecciones europeas de 2014), la derecha (Ciudadanos desde las generales de 2015) y de nuevo en la derecha (Vox en las andaluzas de diciembre de 2018, con una clara proyección nacional). Ahora, una nueva brecha se abre en la izquierda con el reto que, indudablemente, le está presentando Ahora Madrid a Podemos.

Tras treinta años de bipartidismo imperfecto (1982-2011), la posibilidad de una competición con tres grandes contendientes en cada bloque (PP, Ciudadanos y Vox en la derecha; y PSOE, Podemos y Ahora Madrid más otras confluencias en la izquierda) habría parecido ciencia ficción un tiempo atrás, pero ¿quién habría predicho que Cataluña sería objeto de la aplicación del artículo 155 o que Pedro Sánchez acabaría siendo presidente del gobierno? La política española muta a gran velocidad, y quizá resultaría interesante contar con casas de apuestas sobre desarrollos políticos, pero esa es otra historia que quizá merezca ser contada en otra ocasión.

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América Latina: ¿hacia un nuevo liberalismo?

Latinoamérica vuelve a estar en el punto de mira. La llegada al poder de Bolsonaro en Brasil y las contiendas electorales de este 2019 han devuelto la atención a una región marcada por un profundo cambio político durante los últimos años. Desde finales de los 90, el continente estuvo caracterizado por el crecimiento de diversas fuerzas políticas progresistas que impugnaban el orden existente. El éxito de esta nueva izquierda latinoamericana se vio reflejado en la coincidencia temporal en el poder de líderes como Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia o los Kirchner y el Partido de los Trabajadores en Argentina y Brasil, respectivamente.

No obstante, parece que el tiempo de los gobiernos progresistas se ha acabado. Desde 2015, con la llegada a la Casa Rosada de Mauricio Macri, el continente ha girado a la derecha el tablero político regional. Iván Duque en Colombia, Sebastián Piñera en Chile o la sorprendente victoria de Jair Bolsonaro en Brasil son claros ejemplos de que la política en Latinoamérica ha tomado un nuevo rumbo, tal y como se puede ver en el mapa siguiente.

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