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Claroscuros del proceso venezolano

Intimidó a las Cortes. Arrestó personas consideradas "sospechosas." Rompiendo con todos los precedentes quiso perpetuarse en la presidencia. Dio toda clase de tumbos en su política económica. No vaciló en incluir en su coalición incoherente sectores progresistas y representantes de los privilegios más odiosos. Contrariando toda ortodoxia, intervino los mercados, muchas veces con resultados claramente negativos. Sus rivales políticos no cesaban de advertir que estaba destruyendo los fundamentos mismos de la libertad económica y que estaba llevando al país a la bancarrota. Sin embargo, cuando murió después de más de 12 años en el poder, poco después de su cuarta investidura, tras una campaña electoral a la que se presentó visiblemente enfermo, su pueblo lo lloró copiosamente. Había dejado un legado de dignidad para muchos sectores oprimidos a los que ofreció oportunidades y apoyo. Recibió una economía postrada y, así tuviera que ganarse enemigos poderosos, enfatizó con vehemencia el empleo y el bienestar. Aunque aún tiene detractores en su país, hoy es admirado por muchos, incluido quien esto escribe, como uno de los grandes estadistas de su tiempo.  ¿Su nombre? Franklin Delano Roosevelt. [1]

Ser del Primer Mundo tiene sus ventajas. Los Demócratas en Estados Unidos pueden rendirle culto a un estadista que, con todos sus defectos, marcó un hito en la historia de su país sin que por ello los formadores de opinión se dediquen a analizar semejante patología psicológica. Nadie habla de exotismos "mágico-religiosos." Todo el mundo entiende que Roosevelt, con todo y sus errores, dirigió a su país en un contexto turbulento en medio del cual fue capaz de señalar nuevos rumbos que perduraron más allá de él y de sus limitaciones.

Pero tratándose de América Latina las cosas son distintas. Hoy en el mundo muchos sectores lamentan el fallecimiento de Hugo Chávez y de inmediato se nos ofrecen sesudas piezas de psicología colectiva porque, obviamente, hay que estar loco para eso, hay que haber perdido toda capacidad de raciocinio y crítica. La posibilidad de que se puedan criticar los muchos errores y arbitrariedades del Gobierno de Chávez pero al mismo tiempo se trate de aprender de sus logros y ampliar los espacios que abrió es algo que ni siquiera es necesario considerar seriamente.

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Las formas del PP

Siempre se ha dicho que, en democracia, las formas importan. Para muchos, incluso, la democracia son las formas. Pero, de ¿qué formas hablamos? ¿Han mantenido todos los gobiernos las formas? Probablemente, de formas hay muchas y mientras podemos coincidir en algunas, es posible que diverjamos con otras. Por ello, todas las medidas que puedan cuantificar estos conceptos, sin duda complejos, son bienvenidas.

Un posible método de medición de las 'formas del gobierno' es mediante el análisis de los tipos de leyes que se producen en un año determinado. En España, el Ejecutivo y el Parlamento aprueban Reales Decreto Ley, leyes orgánicas, leyes y reales decretos legislativos. El gráfico que sigue muestra el número de leyes – ordinarias y orgánicas – reales decretos legislativos y reales decretos ley aprobados desde 1977 hasta 2012. Para ello, en el portal del Congreso podemos contar todo lo producido durante estos 35 años.  No incluyo 2013, pues está en curso.

Gráfico. Actividad legislativa en España 1977-2012

Gráfico. Actividad legislativa en España 1977-2012

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¿Puede el sistema de partidos saltar por los aires?

Hace unos días, Lluis Orriols publicaba un post en Piedras de Papel mostrando su escepticismo sobre el fin del bipartidismo de PP y PSOE. Además de las barreras que el sistema electoral impone a la emergencia de partidos minoritarios, su argumento es que IU y UPyD están siendo incapaces de capitalizar el descontento con los dos partidos mayoritarios y la desafección con el sistema político. Aunque pienso que parte de sus conclusiones son correctas, sí creo pertinente matizar algunos de sus argumentos que, desde mi punto de vista, subestiman el potencial crecimiento de los partidos no mayoritarios.

En primer lugar, Lluís afirma que en el último barómetro del CIS de enero de 2013 los líderes de Izquierda Unida y de UPyD no consiguen el aprobado de los ciudadanos. Esto le hace concluir que estos partidos son vistos también como parte del establishment político. En cambio, no creo que sea irrelevante que, aunque tanto Cayo Lara como Rosa Díez son suspendidos, sus valoraciones son, en términos relativos, mejores que las de los líderes de los dos grandes partidos. Esto es particularmente apreciable en el caso de Rosa Díez, que es la política mejor valorada. Por otro lado, para sacar conclusiones más fiables sobre los datos de valoración de un partido, es preferible mirar la nota solo en el segmento de votantes que le puede votar. Dicho de otra manera, la nota media de Cayo Lara puede ser un suspenso porque los ciudadanos más a la derecha le otorguen sistemáticamente valoraciones muy bajas al líder de IU, sea quien sea.

Así, si observamos el electorado potencial de Izquierda Unida -definido aquí como aquellos que se sitúan entre el 1 y el 3 en una escala ideológica de 10-, Cayo Lara sí aprueba en valoración (5,3). No solo eso, sino que un 47,28% de los ciudadanos de izquierdas le valoran en un 6 o más, lo cual es un porcentaje bastante alto para este tipo de pregunta. Algo parecido ocurre con Rosa Diez, que es la dirigente política mejor valorada. Su suspenso se debe sobre todo a las bajas valoraciones que le otorgan los ciudadanos más a la izquierda. Si restringimos nuestro análisis a los ciudadanos entre el 4 y el 6 de la escala ideológica, más de un 35% la puntúan por encima o igual a 6.

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Desiguales hasta durmiendo

A raíz del cambio de hora, hemos vuelto a escuchar estos días los comentarios de cada año acerca de sus bondades sobre el consumo energético o su pernicioso efecto sobre la salud, los horarios laborales y familiares y nuestra productividad. En España todo se hace un poco más tarde que en los países de nuestro entorno; y a partir de esta época del año, la cosa se desmadra. Cenas más tarde, te acuestas más tarde, pero te acabas levantando a la misma hora, o incluso antes si tienes uno de esos trabajos en los que en junio se pasa a jornada intensiva. ¿Cómo afecta esto a nuestras horas de sueño? Casi todos conocemos a alguien de nuestro entorno que duerme la siesta, sobre todo si eres de las zonas calurosas de España y en el verano. Pero conocemos a muchas más personas que no la echan, y que se acuestan tarde y se levantan temprano. ¿Cuánto dormimos los españoles? ¿Más o menos que otros europeos en países con menos sol y con horarios más razonables? Veamos qué nos dicen los datos.

De acuerdo con la Encuesta de Usos del Tiempo (quien quiera puede solicitar y recibir acceso a esta fuente con solo enviar un email), armonizada para 15 países europeos,  y realizada a lo largo de todo un año para evitar efectos estacionales en torno a 2003, quienes más duermen son los búlgaros (9:07), franceses (8:50) y letonios (8:40); y los que menos los noruegos (8:03), suecos (8:06) y alemanes (8:12) (Gráfico 1). En el ranking, los españoles nos acercamos más a los dormilones (ocupamos la cuarta posición, por detrás de los letonia), pero si atendemos al tiempo efectivo de sueño ocupamos una posición equidistante (8:34) entre los dos extremos. Es fácil apreciar que la distribución de países de más a menos dormilones no ofrece explicaciones ‘culturales’ o ‘climatológicas’ inmediatas. Los nórdicos se sitúan en el extremo de los que menos duermen, pero Finlandia rompe el patrón; los del Este son de los que más duermen, pero Polonia está más en la media; y España y sobre todo Francia se cuelan entre los dormilones (Gráfico 1).

Gráfico 1. Tiempo diario de sueño por países (20-74 años)

Gráfico 1. Tiempo diario de sueño por países (20-74 años)

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¿Qué es un partido disciplinado?

Los argumentos sobre la disciplina de voto en los partidos suelen caer, me parece, en la indefinición con respecto al alcance de la indisciplina. Se formulan razones contra la disciplina excesiva, pero no queda claro cuánta es la óptima. Eso si es que no se impugna simplemente toda forma de disciplina de partido en la figura de sus casos extremos (como España),  apartándose del hecho de que los casos menos exagerados pueden no padecer las mismas dolencias y sin embargo ser muy disciplinados.

Haciendo necesaria injusticia con el argumento de Lluis Orriols ( en este blog) sobre los males de la disciplina de partido, lo resumo así: frente a la división de poderes, que se toma como la forma característica y prístina de limitación parlamentaria al poder ejecutivo, la democracia de partidos anula al parlamento y permite que el gobierno tenga demasiado poder. Esto se debe a que los partidos son oligárquicos (y a que el jefe de gobierno suele coincidir con el líder del partido).

Yo creo que existe una historia alternativa. La admiración por la separación de poderes se  puede compartir, pero es un gusto minoritario.  Esta fue la organización favorita de las monarquías constitucionales (pre-democráticas) –“el viejo sueño liberal”, que diría Orriols- y lo es para las repúblicas presidencialistas, que democratizaron las dos instancias, ejecutivo y legislativo, manteniéndolas separadas. Pero conviene recordar que  la mayoría de las democracias europeas vienen de la tradición en la que el Parlamento logró el control del Gobierno, con el poder de nombrarlo y despedirlo (primero fue aprobar su presupuesto, y de ahí en adelante). La relación es simbiótica, pues el Gobierno también controla al Parlamento, disolviéndolo y convocando elecciones, en lo institucional, y ofreciendo puestos a los líderes de los partidos parlamentarios, en lo material. De separación de poderes nada de nada: fusión de poderes, y a mucha honra. Tal era el “secreto eficiente” del admirado parlamentarismo británico: por eso se vota al parlamento sabiendo que va a elegir a un gobierno, y los partidos se disciplinan espontáneamente en torno a ese fin, haciendo campaña con programas amplios. En mayor o menor medida, todas las democracias parlamentarias se han acercado a ese modelo. Con la excepción de Suiza, y la todavía más rara de Rusia, creo que no hay separación de poderes real en ninguna parte de Europa. Yo no me apuntaría.

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¿Se muere el bipartidismo PPSOE?

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Esta es la secuencia de hechos a la que nos hemos acostumbrado últimamente en Europa: (i) El gobierno del partido A –acosado por los mercados y las instituciones europeas- decide afrontar la crisis de la deuda usando políticas altamente impopulares. (ii) Los ciudadanos, siguiendo la lógica democrática, optan por dar la espalda al gobierno y ceder el turno al partido B, líder de la oposición. (iii) Tras la llegada del nuevo gobierno nada cambia: la crisis se mantiene y el gobierno sigue desatendiendo las demandas de los ciudadanos manteniendo (e incluso profundizando) las políticas económicas impopulares.

No sólo España se encuentra tras esta cronología, sino también muchos otros países europeos en los que se han celebrado elecciones durante la Gran Recesión. Los gobiernos de estos países, víctimas de la enorme presión de las instituciones europeas e internacionales, han mostrado tener un escasísimo margen de maniobra para atender a las demandas de la mayoría de la sociedad. Y con ello, la frustración e indignación se ha apoderado de una ciudadanía que comprueba en cada elección la escasa relevancia de su voto.

Son muchos los ciudadanos que hasta ahora creían que la virtud de nuestras democracias era precisamente la posibilidad de deshacernos de los gobernantes que gestionan mal y se desvían de las preferencias de los ciudadanos y reemplazarlos por otros mejores. Pero, ¿qué ocurre cuando esta lógica no funciona? ¿Cómo reaccionan los ciudadanos cuando tras malos gobernantes, se instalan otros incluso peores? Cuando las preferencias de los ciudadanos quedan desatendidas elección tras elección, no hay duda de que se abre una brecha en las democracias representativas.

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El camino hacia la igualdad

En las últimas semanas han aparecido dos nuevas publicaciones que deberían leer todos los que estén interesados en la desigualdad en España: Estructura social y desigualdad en España (José Saturnino Martínez, Editorial Catarata) e Informe sobre Desigualdad en España 2013 (Fundación Alternativas). Ambos parten del mismo análisis: desde principios de los 80 hasta la actualidad, la desigualdad ha aumentado tanto en España como en las sociedades desarrolladas. Usemos los indicadores que usemos, todos llegan a las mismas conclusiones. Pero a partir de aquí, los dos trabajos siguen caminos distintos, complementándose perfectamente.

El Informe de la Fundación Alternativas se centra principalmente en la desigualdad de resultados, analizando las diferencias salariales dentro del mercado laboral, estudiando las diferencias de renta de los colectivos más vulnerables (mujeres, jóvenes e inmigrantes) e investigando en detalle la capacidad redistributiva de las políticas del bienestar. Una de las conclusiones más relevantes es que no todo el gasto público genera igualdad, siendo algunas partes de éste claramente regresivas.

Por su lado, José Saturnino Martínez presenta una perspectiva más “innovadora”. Partiendo de un debate mucho más conceptual y teórico, analiza algunos colectivos sociales que siempre se encuentran en la parte más vulnerable de la sociedad, como los jóvenes y las mujeres. Observa que parte de sus condiciones precarias siguen explicándose todavía por su origen social. Es decir, en el fondo, detrás de muchas desigualdades presentes se esconden las clases sociales.

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Gobiernos y deuda pública autonómica

Desde que empezó la crisis económica hace ya media década, el estado de las cuentas de las comunidades autónomas se ha deteriorado de manera notable. Esta evolución es en cierto sentido “normal” (aumentaron algunas de sus partidas de gasto y, sobre todo, se desplomaron muchas de sus fuentes de ingresos), y, contra la percepción general, no ha sido peor que la de otras administraciones públicas: el déficit de las comunidades autónomas ha sido siempre y en todos los años significativamente menor al de la administración central del estado, a pesar de gestionar una parte muy similar del conjunto del gasto público.

En esta entrada nos preguntamos si podemos observar diferencias en el aumento de la deuda autonómica durante este periodo en función de la ideología de los gobiernos. Para intentar responder a esa pregunta, una posibilidad es comparar la deuda de las comunidades “del PP” con “las del PSOE” en un momento determinado en el tiempo. Existen muchos problemas con esta metodología, pero el principal de ellos es que, si existen diferencias en el acceso a la financiación por parte de las comunidades autónomas o en las necesidades objetivas de gasto, no podremos saber si el déficits mayores o menores obedecen a estas diferencias entre comunidades, o a la ideología del partido que ocupa su gobierno. Por ejemplo, todas las comunidades del arco mediterráneo se quejan de que el sistema de financiación autonómica les penaliza de manera sistemática. No entraremos aquí en esta discusión, pero si así fuera y comparásemos los gobiernos de estas comunidades autónomas con los del resto, los partidos que gobiernan en ellas saldrían siempre injustamente penalizados en esta comparación.

Una estrategia mejor, aunque no totalmente exenta de problemas, es observar si los cambios de gobierno en las comunidades autónomas están asociados a cambios en la tendencia general de la deuda en cada autonomía. Para poder hacer este ejercicio, nos podemos aprovechar del hecho de que desde el inicio de la crisis se han producido abundantes cambios de gobierno autonómicos. Si, por ejemplo, los gobiernos del PP fueran más estrictos en el control del desfase entre ingresos y gastos, deberíamos esperar que el crecimiento de la deuda fuera diferente después de la llegada al poder del este partido. ¿Ha sido así?

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España no puede permitirse este PSOE

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Después del Debate del Estado de la Nación, José Fernández-Albertos publicó en este mismo blog un post en el que hablaba de la actuación de Alfredo Pérez Rubalcaba. En tres gráficos mostraba cómo de mal le había ido al líder del PSOE. Al final de su entrada nos daba dos posibles explicaciones. La primera nos decía que la encuesta mostraba lo pésimo del debate de Rubalcaba. La segunda, por la que parecía que se inclinaba, era peor para el PSOE y decía: "Los votantes socialistas han dejado de tener en Rubalcaba a un referente y, a diferencia de los votantes de todos los demás partidos, el hecho de que sea su líder el que emite un determinado mensaje, no hace ese mensaje más atractivo o aceptable. Me temo que ese no es precisamente el tipo de líder que un partido desearía tener." Por su parte, Marta Romero también ilustraba en Piedras de papel la situación actual del PSOE y su desempeño según las encuestas. Nos mostraba con los datos del CIS que tan sólo un 56% de los votantes del PSOE en 2011 volvería a apoyarlos en las próximas elecciones generales. Esto quiere decir que, a día de hoy, el PSOE obtendría algo más de 3,9 millones de votos cuando en 2008 consiguió 11.289.335. Esta situación, además, coincide con el 'aniversario' del congreso del PSOE de febrero de 2012 que proclamó a Rubalcaba como Secretario General y que es, en definitiva, lo que me ha llevado a escribir este post. Podría ser una improvisada trilogía: el debate, el estado del PSOE y, por último, su candidato y su equipo.  

El País realiza una encuesta mensual en la que se repiten varias preguntas sobre la situación social y política de España. Pregunta, entre otras cosas, sobre la valoración de los candidatos y la confianza que estos levantan. El gráfico 1 muestra dos líneas, una en negro y otra en rojo. La primera es la de los españoles que entre aprobar o desaprobar la labor de determinado líder optan por suspender. Como se puede observar, en marzo de 2012 algo más de un 50% desaprobaban a Rubalcaba. Hoy está cerca del 90%. Concretamente, en un año, ha perdido 35 puntos. La segunda línea, en rojo, muestra la suma de poca más ninguna  (opciones que se les ofrece a los encuestados junto con mucha y bastante) confianza que despierta el secretario general del PSOE. Hace un año un 75% tenía poca o ninguna confianza. Hoy es un 94%.

Gráfico 1

Gráfico 1

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¿Es Venezuela una democracia?

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Tras la muerte de Hugo Chávez, hemos visto como periodistas, tertulianos y expertos se han enzarzado en una batalla dialéctica sobre si Venezuela es o no es una democracia. Al tratarse de un concepto ciertamente flexible, cada uno asistía a su tertulia o argumentaba en su artículo con su particular vara de medir las cosas: “Venezuela es una democracia porque a Chávez lo eligió el pueblo”; “Es una dictadura porque no hay libertad de expresión”; “Es una verdadera democracia porque redujo la pobreza”; “Hasta Hitler ganó elecciones”. Así, la información que hemos estado recibiendo sobre el pedigrí democrático de Venezuela seguramente este sesgada por los prejuicios ideológicos de quienes la ofrecen.

¿Es Venezuela una democracia? A pesar de que la mera pregunta pueda disgustar a unos (chavistas) y a otros (anti-chavistas), lo cierto es que establecer cuáles son los criterios básicos para definir a un país como democrático no es una tarea fácil. ¿Dónde debemos marcar la línea que separe las democracias de las dictaduras? En este sentido resulta interesante conocer las medidas que los politólogos utilizamos para clasificar a los regímenes políticos en nuestras investigaciones. Vaya por delante que éstas no han sido creadas para enjuiciar a un determinado país o a gobiernos de una ideología en particular, y si bien no son objetivas –pues en ciencias sociales todo está sujeto a interpretaciones – se basan en reglas simples y poco controvertidas concebidas para describir, medir y comparar diferentes países a largo del tiempo. No son medidas pro- ni anti-. Trayéndolas al debate no pretendo dictar sentencia, sino más bien aportar una herramienta analítica que nos ayude a comprender por qué Venezuela se mueve para muchos en una frontera difusa entre democracia y dictadura. Éste es un resumen de lo que nos dicen.

Mirando cinco medidas de regímenes políticos en el mundo en los últimos 20 años, vemos que Venezuela puede ser catalogada como una democracia fundamentalmente antes de la llegada de Chávez al poder y en los primeros años de su mandato. No obstante, a partir del cambio constitucional existen incertidumbres que justifican las dudas respecto a si Venezuela es o no una democracia. De acuerdo a algunas medidas, en la última mitad de los catorce años de gobierno de Chávez Venezuela ya puede ser clasificada como una dictadura.

En concreto, en el período que va de 1993 a 1999 todas las medidas que analizo interpretan que Venezuela es un país plenamente democrático. Recién en el año 2000 –cuando se produce el cambio de las reglas electorales con la reforma de la Constitución – una de las cinco medidas es incapaz de catalogarlo como democracia o dictadura por la sospecha de que la alternancia no es posible. Al ser una sospecha no confirmada esta medida no sería capaz de definir con certeza el régimen político de Venezuela.

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