Las aves tropicales que los antiguos puebloanos cuidaban en el desierto del Cañón del Chacho eran parte de su vida ceremonial y no morían pese al clima seco
Las especies que habitan en regiones cálidas y húmedas dependen de un equilibrio ambiental muy preciso. Necesitan temperaturas estables, vegetación frondosa y abundancia de alimento, factores que permiten regular su metabolismo y proteger sus plumas. Las aves tropicales, en especial los guacamayos y loros, requieren refugios con sombra y humedad, además de árboles altos que les sirvan para anidar. Cuando se les priva de ese entorno, su supervivencia se complica: el aire seco afecta su plumaje, las noches frías pueden ser letales y la escasez de recursos limita su reproducción.
Por eso resulta tan difícil imaginar que alguna de ellas pueda prosperar en zonas áridas, donde el calor diurno y el frío nocturno se alternan con escasa humedad. Adaptarse a un ambiente así implicaría un esfuerzo enorme, no solo por la falta de alimento, sino también por la necesidad de mantener la temperatura corporal. En consecuencia, cualquier presencia prolongada de aves tropicales en un desierto obliga a pensar en una intervención humana o en un conocimiento avanzado sobre su cuidado, y con ello se abre la pregunta de cómo sociedades antiguas pudieron lograrlo.
La presencia de estas aves en zonas secas plantea un reto difícil de explicar
Un estudio publicado en la revista KIVA, dirigido por la arqueóloga Katelyn Bishop, reveló que en el Cañón del Chaco se criaron y cuidaron guacamayos y loros tropicales entre los siglos IX y XII como parte de rituales y símbolos sagrados. La investigación analizó restos óseos y registros arqueológicos reunidos durante décadas y confirmó que al menos 45 aves exóticas, en su mayoría guacamayos escarlata, vivieron en grandes construcciones ceremoniales.
El hallazgo demostró que estos animales no eran solo mercancías procedentes de intercambios lejanos, sino criaturas cuidadas con dedicación, capaces de sobrevivir en un entorno árido gracias a adaptaciones promovidas por los propios habitantes del lugar. Con ello, la relación entre humanos y aves tropicales en el desierto se mostró mucho más compleja y prolongada de lo que se había imaginado.
Para las culturas Pueblo, el guacamayo rojo simbolizaba el sol, la lluvia y el arcoíris, elementos fundamentales en su visión del mundo. Su plumaje intenso lo vinculaba con la fertilidad y con las fuerzas que aseguraban la continuidad agrícola. Las plumas no se usaban solo como adornos, sino como ofrendas o instrumentos de conexión espiritual.
Bishop señala que el estudio de 2.481 huesos no mostró indicios de consumo ni mutilación, lo que confirma que las aves eran consideradas seres sagrados. Su papel como emisarias entre el cielo y la tierra refuerza la idea de que el color y el canto formaban parte del lenguaje ritual con el que se comunicaban las comunidades Pueblo.
Las estructuras del Cañón del Chaco revelan cuidados duraderos y planificados
Los restos aparecieron en varias estructuras del Cañón del Chaco, pero fue en Pueblo Bonito donde se encontraron los mayores indicios de cría y cuidado. En la Sala 38 se localizaron 14 guacamayos, dos de ellos enterrados bajo el suelo, gesto que apunta a una práctica ceremonial. Las gruesas capas de excrementos, de hasta 25 centímetros, evidencian la permanencia prolongada de las aves vivas. Las habitaciones tenían muros enlucidos, plataformas y zonas acondicionadas para conservar el calor, un esfuerzo notable para mantener con vida a animales tropicales en un clima desértico. En otros recintos, como la sala 249A, se hallaron restos de alimento y estantes de adobe, lo que confirma que las aves recibían mucha atención y posiblemente un espacio para anidar.
El estudio propone que los guacamayos no solo fueron parte de la vida ritual, sino también de una red de intercambio simbólico y económico. Las comunidades Pueblo desarrollaron técnicas avanzadas para criar y cuidar aves traídas de regiones tropicales, algo que revela un grado de conocimiento y adaptación poco reconocido. Bishop plantea que futuras investigaciones deberían centrarse en otras especies presentes en los mismos contextos, como pavos, halcones o urracas, con el fin de entender la amplitud del papel que tuvieron las aves en la vida espiritual y cotidiana del suroeste de lo que hoy es Estados Unidos.
Además, resalta la importancia de integrar el conocimiento de las comunidades Pueblo actuales para interpretar los significados culturales que persisten. De ese modo, el estudio no solo amplía la comprensión arqueológica del Cañón del Chaco, sino que también abre una línea de diálogo entre pasado y presente sobre la relación humana con las especies que habitan más allá de su entorno natural.
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