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De la deslealtad o la fidelidad a Podemos

Ante el aluvión de disparates obscenos que se han dicho sobre la casa de Pablo e Irene,  creo imprescindible separar dos cuestiones: por un lado, está el debate sobre la decisión de comprarse esa casa, por otro, la oportunidad de la consulta

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Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados EFE

Nada descubro si afirmo que no ha habido en este país una persecución mediática tan despiadada como la que ha sufrido Podemos desde que apareció en la escena política. Y muy especialmente nuestro secretario general Pablo Iglesias. Pero la hostilidad de la ‘caverna mediática’ y sus pseudo periodistas vinculados con las cloacas del Estado -aunque también de otros medios supuestamente “serios”- en torno a la decisión de Pablo Iglesias e Irene Montero de comprarse un “chalet” ha alcanzado, durante las últimas semanas, niveles de ruindad difícilmente superables. Supone, además, una intromisión en su vida privada intolerable. Una forma de acoso, convertida luego en señalamiento por los militantes del partido ultraderechista VOX en la puerta de su nueva casa. Ningún líder político debería padecer un señalamiento semejante, una violación de su intimidad como esta. Me duele que dos compañeros de mi partido hayan tenido que pasar por algo así.

Pero, ante el aluvión de disparates obscenos que se han dicho y publicado en torno a la nueva casa de Pablo e Irene,  creo imprescindible separar bien dos cuestiones muy diferentes: por un lado, está el debate suscitado en torno a la decisión de comprarse esa casa, debate en el que no he querido ni quiero entrar porque es una decisión estrictamente personal, que solo a ellos compete. Insisto en que la información que han dado los medios de comunicación de la derecha sobre el tema, ha constituido una violación repugnante de la intimidad de mis compañeros, tras la que se esconde la inequívoca intención de hacer daño a Podemos. No hay duda sobre eso. Por su parte, los medios de comunicación más rigurosos, se han limitado a informar sobre el debate, especialmente a raíz de la carta publicada por el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi.

Cuestión muy diferente es la consulta a los inscritos de Podemos, convocada unilateralmente por el Secretario General, sobre si Irene Montero y él mismo deben continuar al frente de sus cargos. Esta convocatoria constituye una cuestión política que afecta a nuestra organización, y por eso me he pronunciado públicamente sobre ella desde el primer momento.

La consulta me parece una decisión equivocada. Y lo digo desde la lealtad a mi organización. Desde la lealtad exigible a una militante, que además ocupa un cargo público. Desde la lealtad al proyecto político y a los valores y principios que encarna Podemos.

En ocasiones, en aras de esa lealtad hay que manifestar críticas o diferencias con otros compañeros. Debatir sobre discrepancias políticas es también lealtad al proyecto. Pero lamentablemente, en el tema que ahora nos concierne, hemos sido varios los compañeros que hemos recibido reproches, públicos y privados, por parte de un círculo de afinidad al Secretario General de Podemos, en los que se nos acusa de deslealtad; o incluso de querer “crecer” y ganar posiciones a costa de esta crisis y del sufrimiento de Irene y Pablo.

El dolor que me ha producido recibir estos mensajes, me ha motivado a escribir este artículo en el que trataré de explicar mi oposición a la consulta, no a mis compañeros, y mostrar que las diferencias políticas no constituyen ninguna deslealtad. Se puede sentir un enorme respeto, incluso afecto como el que yo siento, por compañeros de partido con los que se discrepa. Discrepar incluso cuando pasan por un momento difícil. En el mundo de los  adultos, el cuidado y la lealtad no se expresan con la adhesión inquebrantable a cualquier opinión o comportamiento. Somos una familia y podemos discutir razonada y honestamente como hermanos: sin chantajes emocionales. Sin “si me quieres, tienes que darme la razón”.

Comprar una casa en la sierra y elegir una determinada vida, puede parecernos acertado o no, pero no forma parte de los principios políticos que guían la actividad de nuestro partido. Por eso, considero un error convocar esta consulta porque, con ella, se traslada al partido, convirtiéndolo en responsable, una decisión personal que afecta solo a la vida de sus dirigentes.

No hay una salida buena a este plebiscito, para Podemos: si los militantes reafirman a los líderes, la organización política se hará corresponsable de esta decisión de la que solo deberían responder ellos dos. La ciudadanía que juzgue negativamente la decisión de Pablo e Irene, encontrará ahora motivos para rechazar el proyecto político de un Podemos convertido en valedor de su decisión privada.  Además, la mayoría de la militancia no quiere que Irene y Pablo dimitan -amén de que la organización no está preparada para que esto suceda, a un año de las elecciones autonómicas y municipales-.

No es la primera vez que Podemos transita la vía del “o conmigo o contra mí” –sucedió en los dos Vistalegres–, ni que se utiliza la “participación” de la militancia para el disciplinamiento de la organización. Hace tiempo que Podemos muestra serias dificultades para establecer mecanismos de diálogo interno, y las decisiones se toman de la misma forma que se elaboró la lista de la Comunidad de Madrid para concurrir a las elecciones de 2019: sin discusión política entre las distintas sensibilidades. El mensaje que subyace es claro: o se acepta la directriz de arriba -que se identifica indebidamente con el mandato de “unidad” que lanzaron los inscritos en Vistalegre II- o se es desleal con la organización. Pues no. En mi opinión, la unidad de acción y la lealtad brotan del debate, que lamentablemente escasea en Podemos.

-“¿Por qué hacéis un espectáculo público de vuestras desavenencias? ¿Por qué no las resolvéis dentro de la organización?” -nos preguntan muchas veces personas cansadas de las disputas en Podemos. La respuesta es tan triste como cierta: porque no existen espacios internos donde canalizar estas divergencias, no hay donde “lavar trapos sucios” en nuestra casa.

La democracia interna de un partido no es solo una cuestión de principios, es también una necesidad de atender a los procesos de la “inteligencia colectiva”. Las decisiones políticas más acertadas y fructíferas suelen ser consecuencia de procesos de elaboración común. Los peores errores, resultado de decisiones tomadas entre unos pocos no muy permeables a las opiniones de esa inteligencia colectiva.

Más allá de las consecuencias que esta consulta pueda tener para nuestra formación, cabe preguntarse: ¿qué clase de organización política estamos construyendo con este tipo de prácticas, cada vez más frecuentes en Podemos? ¿Dónde quedan los espacios deliberativos amplios, el trabajo común e integrador de sensibilidades, y el respaldo de los órganos de dirección política a las consultas a la militancia? ¿Dónde queda el ser cada vez más movimiento que partido y ensanchar por abajo? Las consultas deben reservarse para dilucidar cuestiones estrictamente políticas y han de estar avaladas por los Consejos Ciudadanos.

Esta convocatoria ha sido un error cuyas secuelas son aún desconocidas: un error que lamentablemente seguirá dando que hablar. Ya cometimos el fallo de desviar la atención de la crisis del máster que tenía a Cifuentes contra las cuerdas, abriendo nuestro proceso de primarias. Y ahora, cuando tenemos en escena a “ese señor del que Ud. me habla”, llamado Zaplana, y una sentencia histórica que confirma nuestra tesis  de que la corrupción del PP no es un hecho aislado sino una actividad delictiva permanente –un modo de vida, en palabras de la fiscal Sabadell- y que condena al PP como partícipe a título lucrativo que se ha beneficiado de lo robado, volvemos a desviar la atención para poner en el centro de la escena la cuestión del “chalé”.

Podemos es todavía una formación política joven, y tenemos una magnífica oportunidad de volver a levantarnos para empezar de nuevo cada vez que tropezamos.

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