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No, comprarse un coche a gas no es ecológico

Asistimos a una creciente promoción del gas como combustible alternativo en el transporte, con una fuerte apuesta de las empresas del sector y un claro apoyo institucional

La narrativa que impulsa esta apuesta presenta al gas fósil como un combustible limpio y bajo en carbono; una falacia irresponsable y muy poco seria a la luz del reto climático que tenemos por delante

En términos climáticos un coche a gas no es ecológico, se ponga como se ponga la publicidad

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Publicidad sosteniblemente contradictoria.

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Cada vez es más frecuente toparse con publicidad como la que encabeza este artículo. SEAT ha emprendido con fuerza una campaña para promocionar sus nuevos híbridos de gasolina y gas, y el reclamo eco (económico y ecológico) es tan potente que hasta se llega a afirmar que si quieres ahorrar, debes conducir más. No se han atrevido a decir que si quieres salvar el planeta, debes pisar el acelerador, pero casi. El fabricante de coches, que ha elegido nuestro país como cuartel general para el desarrollo de vehículos a gas, asegura que en 2020 espera multiplicar por diez las ventas de coches alimentados por este combustible, para que lleguen a representar en 2025 el 50% total de sus ventas.

Su publicidad afirma sin ningún empacho que los vehículos a GNC (gas natural comprimido) resultan más ecológicos que los diésel, gasolina e incluso híbridos eléctricos no enchufables. La campaña de esta marca a favor de esta fuente de energía no es un hecho aislado y se encuadra dentro de un fuerte impulso general de promoción del gas en todo el sector del transporte –y en todo el modelo energético en general-, aupado por la narrativa dominante de que el gas es un combustible limpio.

Pero no. El gas es un combustible fósil. Para nuestros despistados amigos de SEAT, recordaremos que los combustibles fósiles son esas fuentes energéticas que la ciencia nos dice que debemos dejar bajo tierra sin extraer, si queremos cumplir con los objetivos climáticos. La industria automovilística necesita desesperadamente transmitir la idea de que está reinventando el sector, después haber perdido en buena medida su credibilidad tras el terrible engaño al que sometió a la sociedad con el DieselGate. Por ello es muy preocupante este nuevo capítulo de postverdad climática y ambiental, esta vez con el gas.

Los días 11 y 12 de abril se celebra el VI Congreso de GASNAM, la Asociación Ibérica del gas natural comprimido (GNC) y gas natural licuado (GNL), cuyo objetivo es promover estos combustibles como la alternativa para el transporte marítimo, por carretera, y por ferrocarril. Bajo el lema “Gas natural, ecología inteligente para la movilidad”, este encuentro está patrocinado por la mencionada marca española de coches, por las grandes compañías del oligopolio gasista de nuestro país -Enagás y Gas Natural Fenosa- y por otros conocidos de la industria fósil como Repsol o Galp. Un escaparate perfecto para seguir vendiendo al público y a las instituciones una mentira, que, de tanto repetirla, podríamos llegar a creérnosla: la de que el gas será una pieza fundamental para descarbonizar el transporte.

El apoyo institucional ya está servido. El último plan estatal de ayudas a la adquisición de vehículos alternativos (MOVALT) ya incluyó a los coches propulsados a gas (GNC y Autogás). Los 20 millones de euros se agotaron en 24 horas. El plan, que concede 2.500 euros a los vehículos de GNC, convierte a éstos en “una oferta imbatible desde el punto de vista puramente económico”, según SEAT. Este tipo de acciones está provocando que el transporte eléctrico esté cediendo terreno al gas en España. Y no solo en el transporte por carretera: somos el primer país del  mundo en poner en marcha un tren piloto alimentado por Gas Natural Licuado (GNL), que desde comienzos de 2018 presta servicio en una línea de ferrocarril del norte español.

La apuesta por el gas viene pisando fuerte. GASNAM anunció recientemente que las matriculaciones de vehículos privados de gas aumentaron un  112% entre 2016 y 2017 y el número de gasineras en 2018 aumentará en un 140%. Actualmente el número de estaciones de servicio en las que se puede repostar gas, apenas llega a sesenta en todo el país (la mitad de ellas en manos de Gas Natural Fenosa). Es de locos empezar a montar toda una nueva infraestructura de transporte, creando demanda en un sector naciente. Y todo para sustituir un combustible fósil…por otro.

La contaminación atmosférica en las ciudades ha puesto al diesel en el punto de mira, debido al serio problema de salud pública generado, en parte, insistimos, por los engaños de la industria. Esa misma industria que ahora se ofrece como salvadora y portadora de la solución. El diesel tiene las horas contadas en España -y en Europa- y debe desaparecer. Como la industria no ha cumplido con la ley, y los vehículos diesel Euro 6 contaminan mucho más de lo que la publicidad nos dice, ciertamente el gas ofrece ventajas a la hora de reducir la contaminación por óxidos de nitrógeno y por partículas en suspensión, principalmente respecto al diesel en vehículos de pasajeros (no parece tan clara la diferencia en vehículos pesados). Pero esto no puede en ningún caso servir de coartada para que los mismos que han creado el problema nos vendan como ecológica la sustitución de un combustible fósil por otro.

Porque en términos climáticos, un coche a gas, no es ecológico, a pesar de lo que nos diga la publicidad. Las supuestas ventajas comparativas que se esgrimen para el gas fósil, en materia de emisiones de gases de efecto invernadero, lo son en este caso con respecto a la gasolina; la industria afirma que un coche con gas natural reduce las emisiones de C02 hasta un 25% en comparación con un motor de gasolina. Y debemos preguntarnos: ¿en serio? ¿El pilar sobre el que se asienta el nuevo modelo de transporte va a ser un combustible que emite un poco menos de CO2? ¿Pero es que no leemos las noticias del gran reto climático al que nos enfrentamos?

Además, la literatura científica más reciente nos alerta de que hemos venido sistemáticamente infravalorando la huella climática del gas. El gas fósil es en su mayoría metano, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento climático 86 veces superior al del CO2 en los primeros veinte años de prevalencia en la atmósfera. El metano tiende a fugarse al estar en condiciones de presión. Las ventajas climáticas al quemar gas fósil en lugar de gasolina (menores emisiones de CO2) quedan anuladas si las fugas de metano son significativas. La ciencia muestra cada vez con más contundencia que lo son.

La apuesta por el gas fósil y toda la narrativa ecológica que pretende envolverlo, hay que buscarla por un lado en la necesidad de buscar nuevas salidas al gas en un sistema gasista absolutamente sobredimensionado. España es el cuarto país del mundo en capacidad de regasificación, es decir, de importar gas por barco. Tenemos un montón de infraestructuras gasistas infrautilizadas y deficitarias -que por cierto han contribuido a la pobreza energética al revertirse una vez más su déficit sobre el consumidor- ávidas de nuevos usos que las hagan rentables. Por otro lado, las razones también hay que buscarlas en la ya mencionada necesidad de las empresas automovilísticas de reinventarse y aparecer como esa industria responsable que expiará sus pecados pasados salvándonos de los efectos de sus propios engaños.

Dar apoyo al desarrollo del gas en el transporte es claramente apostar por un modelo equivocado, que contribuye a alentar nuevos proyectos de gas en Europa que son innecesarios. Estas infraestructuras permanecerán en activo durante los próximos 30 o 40 años; un tiempo perdido en términos de lucha climática. Un reciente estudio del Tyndall Centre for Climate Change Research apuntaba que Europa básicamente no puede permitirse nuevas infraestructuras de gas si quiere tener alguna oportunidad de cumplir con los objetivos de París.

Por ello no debemos dejarnos embaucar por los cantos de sirena que se escucharán en el Congreso de GASNAM estos días. Deberíamos exigirles que dejen de engañar y decirles claramente que la industria fósil no tiene futuro, tampoco en el transporte. Que los combustibles fósiles formen parte de la ecuación para reducir las emisiones es algo fuera de toda lógica. La contaminación atmosférica mejora cuando se reduce el tráfico. Y las emisiones de gases de efecto invernadero se reducen cuando se dejan de quemar combustibles fósiles.

La verdadera apuesta solo puede ir por una transformación absoluta del modelo de movilidad que no se base en los desplazamientos individuales. Necesitamos exigir la mejora y el fomento del transporte público, la promoción de los modos no motorizados de transporte, la reducción de las necesidades de desplazamiento, la compactación las ciudades, la electrificación de los autobuses y el ferrocarril,…eso si que es ecológico.

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