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Feminismo y elecciones

Con el calentamiento de motores de la precampaña quedó ya bastante claro que el feminismo y las políticas de lucha contra la igualdad están en el punto de mira de no pocos ataques

Una mujer en la manifestación del Día Internacional de la Mujer / Olmo Calvo

Una mujer en la manifestación del Día Internacional de la Mujer / Olmo Calvo

Algunas semanas atrás, cuando contemplábamos con asombro la formación de un nuevo gobierno en Andalucía con el apoyo de la extrema derecha, escribí un artículo que titulé 'El voto de las mujeres'. En él trataba de explicar el largo camino recorrido por la derecha española en feminismo e igualdad, convergiendo con la izquierda en temas centrales como participación política, políticas de apoyo al empleo femenino o la violencia de género. Sin despreciar las importantes diferencias entre izquierda y derecha en la lucha por la discriminación de género, las posturas se han ido aproximando, aquí y en toda Europa, hasta situar las reivindicaciones políticas en un espacio políticamente transversal. Advertía entonces de lo peligroso que podía llegar a ser polarizar ideológicamente un tema sobre el que tanto esfuerzo ha costado alcanzar acuerdos y consensos; mejor sería dejar al feminismo fuera de los fuegos cruzados entre bloques. 

Pídele peras al olmo, los partidos de extrema derecha se alimentan precisamente de ese fuego y han acabado por dominar el arte del incendio. A la vez, a otros partidos parece salirles a cuenta trasladar la contienda política a ese extraño tablero con esquinas pero sin centro. En resumen, con el calentamiento de motores de la pre-campaña queda ya bastante claro que el feminismo y las políticas de lucha contra la igualdad están en el punto de mira de no pocos ataques. 

¿Cómo ha afectado la polarización al posicionamiento de los partidos sobre el feminismo y la igualdad de género? 

En primer lugar, parece haber caído víctima de la competición electoral en el espacio de la derecha donde los partidos se encuentran en una extraña pugna por atraer a  los agraviados del avance feminista. Extraña en cuanto que las opiniones a favor de la igualdad de género son muy mayoritarias en España, con una brecha generacional menor que la observada en muchos otros países europeos. En cuanto que los partidos no sólo recogen el 'sentir social' sino que también lo moldean, puede que algunos esperen dar voz a quienes hasta ahora permanecían en silencio, pero el riesgo de perder votantes por otro lado (mujeres, en particular) podría a priori ser elevado. 

En segundo lugar, los partidos en el espectro de la derecha buscan espacios de diferenciación con la izquierda, reivindicando un feminismo alternativo, otros referentes y hasta otro léxico que justifique otras políticas. Esto es lo que de manera algo confusa ha querido transmitir Ciudadanos con su idea de 'feminismo liberal' ¿Cual sería el principal eje diferenciador de este otro feminismo? Uno que aun reconociendo la existencia de la desigualdad de género, escoge ignorar los mecanismos estructurales que subyacen y sustentan esa desigualdad y a la vez, sitúa la libertad como axioma central en su discurso. El tema estrella en el que parece canalizarse toda la diferencia entre un feminismo y otro en estas elecciones es la maternidad subrogada/vientres de alquiler. Cs ha visto claramente una ventana de oportunidad al introducir un tema en la agenda que incomoda a la derecha más tradicional (el PP preferiría no tener que discutir sobre ello para no traicionar a sus votantes más católicos) y genera no pocos dilemas tanto a la izquierda como al movimiento feminista.

El interés de los grupos LGTB por una regulación permisiva y la presión de grupos católicos ultra por su prohibición, confiere una importante debilidad a las coaliciones políticas a favor de la prohibición. Además, quienes defienden la 'subrogación altruista' saben que aunque no exista (objetivamente no se puede desvincular la práctica de la subrogación a situaciones de extrema explotación y trata de mujeres), incluso en un contexto regulatorio que prohíbe la práctica (como en la UE), los casos no dejan de crecer. 

Para nuestra salud democrática, conviene distinguir entre uno y otro. Mientras que lo primero es un ejercicio bastante irresponsable -en cuanto a sus consecuencias- de competencia electoral cortoplacista, el segundo tiene un encaje mucho menos traumático en las diferencias ideológicas entre los partidos. Sería demasiado pedir que un contexto de elevada fragmentación política como el actual los partidos no buscaran una identidad propia en aquellos temas en los que los consensos son débiles. Al final se trata de dilucidar tanto los términos como el contenido de la disputa electoral. Del resultado del 28A podremos avanzar la discusión en una u otra dirección.

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