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Freelance: una autobiografía

En eso consiste migrar, ser mujer, empezar de cero, en ser freelance. Es lo que mejor sé hacer. Escribo, colaboro, freelanceo. Se multiplican los verbos para explicar la ruina

Un día hago lo que no había hecho hasta ahora: renuncio. Desde entonces ya no digo: soy freelance, digo: soy libre.  Y si lo digo, lo digo presumiendo de lo que carezco

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Gabriela Wiener

Gabriela Wiener. Paul Vallejos

Diciembre de 1999. El dueño del diario oficialista en el que trabajo muere al estrellarse su coche mientras sigue a la comitiva del dictador en el poder. En una interesante jugarreta del destino, el periódico de derechas se ha autodestruido, literalmente, siguiendo su línea editorial. La joven periodista, o sea yo, recibe su carta de despido por cierre intempestivo de la empresa y un mustio cheque de finiquito en unas navidades demasiado frías para estar en Perú, un país en el que el 25 de diciembre se toma chocolate caliente a 30 grados por puro espíritu navideño.

Así acaban mis esperanzas de conseguir mi primer contrato de trabajo como mujer periodista tras dos largos años de chica para todo. Esta es la génesis de mi oficio: gracias a que alguien muere, me convierto por primera vez en periodista freelance, que en ese entonces aún suena a algo importantísimo pero no lo es. Incorporo en mi vocabulario el verbo “colaborar”, que suena humanitario pero tampoco lo es. Aquí empieza todo y aquí termina. En realidad ser freelance es como tener una identidad secreta, como guardar un comodín, como hacer taxi con tu coche.

Irónicamente, cambia el siglo, y me convierto en algo llamado “redactora on line”. Dejo de ser freelance para trabajar en un periódico digital. Los inversores en Perú son, naturalmente, chilenos millonarios, nuevos ricos: me dan una cámara de fotos y video, grabadora, chaleco de prensa, móvil, portátil y hasta una máscara antigas para cubrir las movilizaciones contra el dictador. Uso alrededor de cuatro gestores de contenido para subir una foto y los videos no se ven. El mundo aún no está preparado para los memes, así que mi primer punto com cierra en tiempo récord y yo paso al off otra vez, dando un salto para atrás, hacia la caspa del decano de la prensa nacional, que intento neutralizar escribiendo sobre travestis, el fin de la menstruación y el grupo falsamente lesbiano t.A.T.u.. Sus jefes, que son todos novelistas de éxito o gays, le hacen comprender a la joven periodista que ya nadie lee. Escritura y mutilación. Quién fuera novelista. Menos mal que trabajo en el diario más poderoso del país, hasta he ganado un premio interno a la mejor portada del suplemento, por eso no entiendo cómo hasta ahora no estoy en plantilla, por qué me paga un service, por qué han contratado a mis amigos y no a mí.

Voy al periódico de lunes a viernes, hago horario de oficina, marco tarjeta. Tengo mi mesa, mi silla, mi ordenador, mi mail. Muchos años después comprendo que he sido como las t.A.T.u., una falsa autónoma. Ser free me permite ser lance: a diferencia de mis colegas que están en plantilla y solo pueden escribir en exclusiva para Matrix, yo puedo escribir en una revista increíble, en la que mi nombre en doradas letras de molde aparece al lado de los nombres de Caparrós y Villoro. Lo único malo es que por ahora no me pagan nada. Para colmo, en el diario rancio me degradan, me quitan mi correo, y pasan a pagarme con recibos por honorarios.

Me vengo a España harta, veo los kioskos llenos de papel periódico y mientras trabajo en cualquier mierda pienso que algún día, algún día escribiré en El País y seré rica. Pero antes tendré un blog en un portal cultural de una tienda de electrodomésticos por el que no me van a pagar pero ganaré un montón de visibilidad, eso dicen. Vuelvo al periodismo: soy otra vez becaria, la más vieja del mundo. Lo hago bien, claro, como si fuera una profesional, que es lo que soy. Me hacen mi primer contrato de trabajo, pero una secretaria de la revista cultural se olvida de presentar la solicitud anual para la subvención del gobierno y la revista cierra.

No entraré en más detalles, pero estoy embarazada. Dejo el papel ahora sí en serio y consigo otro contrato: ya no soy ni redactora on line, soy una señora webmaster, estoy sola y mi misión es actualizar, actualizar. Un ERE me salva de la cloaca digital junto a dos mil trabajadores. Me voy al paro, al negro, soy rica. Pero me llaman para trabajar en el primer y más revolucionario (sic) diario on line de pago en España. A mi lado se estaba cocinando Ciudadanos, pero yo no tenía ni idea.  Ahora sí que llegó el futuro. Es 2010, trabajo lejos del sol, apretando la tecla F5. Por fin logro salir a la calle. Me mandan al parlamento catalán porque quieren prohibir los toros y el director ama las corridas. Me piden que vaya a twittear sobre los vestidos de las escritoras del premio Planeta. Gabriela, te vas a Vic con tu iphone que quieren prohibir a los migrantes que se empadronen por ese municipio y es ideal, porque tú eres migrante. El gobierno ha anunciado que es probable que ETA haga un atentado, vete al aeropuerto y haz una crónica de cómo no va a pasar nada. Pero el futuro no había llegado, nadie quiere pagar por lo que ya tiene gratis, el director se esfuma, nos despiden, no tenemos contrato, o sea que por enésima vez soy freelance sin saberlo, nos vamos a juicio, ganamos. Me uno al grupo de Facebook “Mi medio digital también cerró de golpe y desde entonces recorro los bares”, formado por periodistas de varios medios. Encuentro mensajes esperanzadores: “Yo me enteré del cierre de mi medio por la propia web. ¿Qué os parece eso? Desde entonces no levanto cabeza”; “Mi medio digital cerró a las 24 horas de mi cumpleaños. Y yo que pensé que me llamaban de redacción para felicitarme”. “Otra vez he cenado cervezas”.

En eso consiste migrar, ser mujer, empezar de cero, en ser freelance. Es lo que mejor sé hacer. Escribo, colaboro, freelanceo. Se multiplican los verbos para explicar la ruina. En los años siguientes consigo dos contratos de trabajo pero sigo siendo freelance para completar el sueldo, para llegar a fin de mes. Ya nunca más dejaré de ser freelance. Un día me doy cuenta de que tengo suficientes colaboraciones para no tener que podrirme en una redacción con un jefe machirulo y hago lo que no había hecho hasta ahora: renuncio. Desde entonces ya no digo: soy freelance, digo: soy libre. Y si lo digo, lo digo presumiendo de lo que carezco. Soy mi propia jefa y todas esas chorradas. De repente parece que triunfo porque escribo para muchos sitios, pero en realidad lo hago porque es la única manera de, sumando las miserias que nos pagan, llegar al total necesario para no desaparecer.

La CNT saca su informe anual, esta vez dedicado a la precaria vida de los periodistas freelances, en el que dice con claridad: “Esta precariedad afecta especialmente a las mujeres periodistas racializadas, migrantes, trans y/o con diversidad funcional”. Y lo peor de leerlo es sentirte privilegiada al descubrir que hay gente que cobra 5 euros por un texto o megarreportajes de investigación con diez fuentes por 100. Todo encaja porque todas estamos igual, cada día recibo de mis amigas periodistas más exitosas –que son admiradas, publican libros y tienen miles de seguidores– mensajes como estos: “me cierran el programa”, “volvámonos youtubers”.  Y yo aguanto, porque tengo esa “colaboración fija”, hasta que me escriben para decirme que a partir de la semana que viene ya no la tengo. Y algunos todavía se atreven a acusarnos de haber fracasado.

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