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Miedo al miedo

El miedo ha acreditado funcionar como un acelerador electoral de primera magnitud. Su alcance se ha demostrado plenamente transversal

Ya lo avisó Maquiavelo, el Príncipe no puede asegurar el amor de sus súbditos pero sí puede asegurarse de que le teman

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Tras el disparatado arranque viajero de la campaña electoral más plana y pobre que uno recuerda, hemos vuelto a los pastos donde mejor creen los estrategas que se pastorea al electorado. El miedo guarda de nuevo la viña electoral. Cojan, por ejemplo, el ya legendario artículo 155, otra vez en el centro de la campaña. Pueden ustedes elegir entre el miedo a aplicarlo y el miedo a no aplicarlo. Para las soluciones, por lo visto, ni ha llegado el momento, ni se le espera. Explicar que uno no parece gran cosa pero el otro sería mucho peor se ha vuelto tendencia en la campaña 2019.

El miedo ha acreditado funcionar como un acelerador electoral de primera magnitud. Su alcance se ha demostrado plenamente transversal, no exige pensar mucho para diseñarlo o fabricarlo, su producción masiva sale extraordinariamente barata, se propaga con asombrosa facilidad y sus efectos acostumbran a resultar inmediatos y contundentes. Ya lo avisó Maquiavelo, el Príncipe no puede asegurar el amor de sus súbditos pero sí puede asegurarse de que le teman.

En el corto plazo todo parecen ventajas. Ese subidón barato y fácil que produce el recurso al miedo hace olvidar con frecuencia que, después, siempre sigue una resaca cara y difícil. Como todo aquello que se obtiene rápido y sin demasiado esfuerzo, se puede perder en un momento y sin poder hacer mucho para conservarlo. Igual que vino, se va con otro.

El miedo es libre y cambia de bando con la misma facilidad que el ser humano suele cambiar de chaqueta, de amigos o de enemigos. El miedo es infiel por naturaleza y por puro instinto de supervivencia. Las victorias duran poco y resisten mal el paso del tiempo. Se tarda muy poco en pasar de salvador a amenaza, de héroe a traidor.

Las promesas y juramentos solemne y dramáticamente pronunciados en campaña para rentabilizar los miedos agitados en los votantes, se convierten en problemas sin solución a la hora de gobernar o pactar para gobernar. El problema reside en que, para entonces, ya suele ser demasiado tarde para explicarle al votante que a lo único que hay que tener miedo es al propio miedo, o pedirle que se comporte como un votante racional y use la cabeza en lugar de la bilis. Solo puedes seguir corriendo.

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