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Paco para los amigos

Es grotesco ver con qué ímpetu se presentaba Granados en las televisiones como un hombre de trayectoria intachable, profundamente molesto con la corrupción del PP.

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Francisco Granados, Paco para los amigos, era un político peculiar. Simpático y hablador, un jeta, siempre era el último en abandonar los saraos. Una vez fui a la copa de navidad que ofrecía la Comunidad de Madrid a los periodistas; una cita que servía para coincidir con los miembros del Gobierno y hablar de la situación política en un ambiente más distendido del habitual. El último consejero en abandonar el local fue Granados. Al año siguiente no pude ir, pero me contaron que también. Incluso en una ocasión en la que coincidí con él en una comida con otras cinco o seis personas, creo recordar que glosó las posibilidades nocturnas de Valdemoro y nos contó algunas de sus teorías sobre las mujeres, que no voy a desarrollar aquí para no ofender. Desconozco si en aquel momento ya tenía pinchado el teléfono, pero si alguna agente escuchó algo similar, seguro que blasfemó y pensó lo mismo que yo. Siempre oí decir que al exsecretario general del PP de Madrid le gustaba mucho la fiesta. Ahora sabemos que tuvo que ser muy feliz, porque su vida era una juerga perpetua.

Francisco Granados, Paco para Esperanza Aguirre, perteneció a un gobierno en el que se espiaban unos a otros. Fue precisamente en su casa donde se grabó aquella conversación en la que comentaban que los guardias civiles que habían negado los hechos ante el juez se merecían “un volquete de putas”. Desconozco si Granados fue también receptor de algún volquete y de qué era, pero en uno de sus cumpleaños había “2.500 euros en canapés y otras cosas que se le llevaron”. Fueran lo que fueran esas “cosas”, no las pagó él. Según se recoge en el sumario de la ‘Operación Púnica’, las fiestas en su casa de campo las pagaba un empresario, que luego se presentaba a los concursos públicos y los ganaba. Todos estarían deseando que Granados cumpliera muchos más…

El sumario judicial es un auténtico escándalo, grotesco, vergonzoso, indignante. Pero no es menos grotesco recurrir a la hemeroteca para ver con qué ímpetu se presentaba Granados en las televisiones como un hombre de trayectoria intachable, profundamente molesto con la corrupción del PP. Es alucinante recordar la vehemencia con la que negaba sus cuentas en el extranjero. “Tenía una cuenta en Suiza –admitió–, pero la cerré antes de entrar en política”. Un sábado, en ‘La Sexta Noche’, Granados se mostró molesto porque por culpa de Bárcenas, estaban metiendo en el mismo saco a todos los dirigentes del PP. Con un par. Ahora, nos dicen desde Génova que están “abochornados e indignados” por este caso de corrupción. Seguramente, han aprendido y por eso ahora han reaccionado con contundencia y celeridad. Pero más abochornados e indignados estamos nosotros, los ciudadanos, que no ascendimos a Granados a secretario general del PP de Madrid ni a la Consejería más poderosa del gobierno regional. Nos dicen que Granados ya tiene “cara de talego”. Pero no es suficiente. Hay también responsabilidades políticas. Algo tendrán que decir los cazatalentos, los que –aunque ahora lo nieguen– le llamaron Paco hasta el último suspiro.

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