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Lo que destruyen

Se puede ser un ciudadano dignísimo y un profesional reputado sin una oposición y un político, legítimo y valorado, sin una titulación o un máster universitario

Ahí reside la inmensa gravedad de lo que arrebatan, en que ni siquiera les es imprescindible o necesario

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Manuel Marchena EFE

Lo que destruyen, lo que dañan, lo que emponzoñan supera con mucho al bien injusto que reciben. Durante los últimos meses este diario, a través de muchas voces y distintos profesionales, ha estado arrojando luz sobre varios casos que tienen claros visos de corrupción institucional y que coinciden en su fondo que no es otro que la aceptación por parte de personas con responsabilidades públicas de tratos de favor y situaciones de ventaja o privilegio sobre el resto de los ciudadanos en función de su posición como tales. El Caso Cifuentes, el Caso Casado y el Marchenagate comparten esta misma condición. Los valores que están en juego son los mismos, y la aclaración y purga de lo sucedido es la única forma de salvaguardar el patrimonio de cientos de miles de personas de este país, los que obtuvieron esos títulos y plazas con su trabajo, y la dignidad democrática basada en la cultura de la igualdad ante la ley, del mérito y del esfuerzo.

La proliferación de casos sospechosos de este tipo de corrupción no es casual. Responde a una sensación de impunidad y a una falta moral básica por la que se entiende que, si uno mismo no realiza los pasos necesarios para construir de forma anómala aquello que desea, no tiene nada que temer ni que reprocharse. La sensación de impunidad abarca a tres tipos de individuos: los que aceptan el trato de favor y los que están dispuestos a dispensarlo, en los que sin duda late la intención de ir a recibir a su vez, cuando corresponda, algo de su interés a cambio y, por último, los que lo silencian o tapan. Así es como se chalanea y se mercadea con bienes comunes que, no representando un valor dinerario inmediato, parecen no tener que comportar reproche moral o ni tan siquiera legal para algunos. Parecen obviar incluso el desvalor, también económico, que se produce para todos aquellos que ostentan los mismos títulos o sirven las mismas plazas habiéndolas obtenido sin ninguna sombra de duda respecto a su esfuerzo y a la igualdad. Devaluar un título de máster o la forma de acceso a los puestos de fiscal o juez produce un perjuicio evidente a todos aquellos que los tienen de forma lícita.

En términos morales no se alcanza a entender cómo hemos arribado a un estadio en el que un servidor público, del tipo que sea, no asume que no sólo no puede obtener ventaja por su condición, sino que, más allá de eso, tiene que huir de todo aquello que parezca comportarla. Que parezca acarrearla incluso. La mujer del César. Las caras deberían desplomarse de vergüenza como le sucedió a Zu Guttenberg, fíjense que precioso nombre para respetar lo escrito, el ministro de Defensa alemán que siendo el niño bonito del público -con un 70% de valoración, a leguas de Casado- dimitió cuando se descubrió que había plagiado el 20%de su tesis o Pal Schmitt, presidente de Hungría o Annette Schwan, ministra de Educación alemana o Victor Ponta, ex primer ministro rumano. A todos les pilló el mismo tren, que fue el del prestigio del doctorado universitario en los países centroeuropeos y el de haberlo obtenido con trampa. Sólo por esas caídas el doctorado sigue resplandeciendo en los currícula de los que no la hicieron.

La trampa. No hacerla, no propiciarla y no taparla.

La ignominia de quienes se quieren aprovechar de un prestigio que no han logrado para sí o para los suyos y que no sólo les alcanza a ellos sino también a quienes les ayudan a hacerlo y a quienes callan, por miedo o por interés, y no quieren descubrirles.

Y ahí se engloban los profesores y directores de Escuelas Judiciales, los directores de másteres de universidades públicas, los vocales del CGPJ, los profesores de la Universidad Rey Juan Carlos, los que ocupan puestos en los ministerios que tuvieron que refrendarlos, los que no recuerdan y los que no denuncian, los que no quieren investigar, los que miran para otro lado: todos ellos destruyen el esfuerzo de los que sí lo hacemos. Sin detrimento de las responsabilidades de índole legal o penal en las que incurran, todos ellos están robándonos algo. El ingeniero Teodoro García, cuando dice que investigar si te han regalado un máster por la jeta es una anécdota o las Asociación Profesional de la Magistratura o la Asociación de Fiscales, cuando sabiendo, porque no pueden ignorar, las sombras que se ciernen sobre algunas cosas se ponen de perfil o ignoran los problemas. Todos ellos están destruyendo el esfuerzo de tantos.

Se puede ser un ciudadano dignísimo y un profesional reputado sin una oposición y un político legítimo y valorado sin una titulación o un máster universitario. Ahí reside la inmensa gravedad de lo que arrebatan, en que ni siquiera les es imprescindible o necesario.

No importa a quién beneficie o a quién perjudique. No importa quién gane o quién pierda. Da igual el signo de quién de ello saque tajada. Lo que destruyen nos afecta a todos y sobre todo a todos aquellos cuyo único patrimonio es el conquistado limpiamente con su esfuerzo intelectual, muchas veces a cambio de un gran sacrificio personal. El ascensor social del mérito. Eso es lo que están dilapidando. Eso es lo que están robando. Eso es lo que están destruyendo. Dadles paso y en pocos años ni vuestro esfuerzo ni el de vuestros hijos servirá para nada.

Lo que destruyen es la creencia básica de que hay barreras que no levanta ni la fortuna ni el origen ni la casta y esa destrucción es tan demoledora que socava cualquier democracia. 

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