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Cuando lo que necesitamos son precisamente relatores

En España lo que predomina es el miedo a que Pedro Sánchez, a efectos electorales, pueda cumplir su promesa de encontrar una solución política para el conflicto de Catalunya que no suponga la independencia

Pedro Sánchez recibe sonriente a Quim Torra en lo alto de la escalinata del Palacio de la Moncloa

Por supuesto que el tema del relator es una cuestión discutible, como casi todo. Pero quienes lo proponen no merecen que se les machaque con la sinfonía de insultos, descalificaciones, desprecios y desmesuras dialécticas que se han puesto en circulación. Surgen del rencor partidista y de la animadversión recelosa contra todo lo de Catalunya (sepan que en Catalunya la mayoría de la gente detecta que no se circunscribe a ir contra los irresponsables dirigentes que desean la independencia aunque no sea la opción de la mayoría de los catalanes). Pero en España lo que predomina es el miedo a que Pedro Sánchez, a efectos electorales, pueda cumplir su promesa de encontrar una solución política para el conflicto de Catalunya que no suponga la independencia.

Vuelvo a acogerme hoy a la expresión 'Reñidero Español', acuñada desde el libro de Franz Borkenau, para señalar que en este país tan bien definido por estas dos palabras lo que necesitamos son precisamente relatores. En un escenario repleto de cobardías y secretitos en casi todos los contactos políticos la existencia de relatores independientes que levanten actas de esas reuniones evitarían las medias palabras subjetivas con que luego nos explican lo que han tratado.

Los relatores, que de eso está hablando el equipo de Sánchez, no son ni mediadores ni vigilantes. Hacen firmar lo que se ha dicho y pactado. Son unas piquetas demoledoras de la ambigüedad con que le llegan actualmente a la opinión pública los desenlaces de esos contactos. Quebrarían el doble lenguaje calculado que practican muchos políticos contra los ciudadanos -especialmente contra sus propios partidarios- para dulcificar unas cosas, endurecer otras, y sobre todo no confesar que cualquier negociación supone tanto obtener pequeñas victorias como efectuar cesiones.

Hacen falta relatores y no sólo en este pulso sobre Catalunya. Dentro de cada uno de los bandos en liza también tienen mucho campo por recorrer. La falsa unidad del soberanismo catalán está jalonada por innumerables reuniones de conciliación que aparentemente acabaron bien, se publicitaron como definitivas, y duraron frecuente dos o tres días. A los catalanes no les cuentan ni lo que piensan, ni la verdad de la situación ni el alcance de lo que hablan. Un relator en los contactos a alto nivel desmontaría buena parte de las falacias disimuladas en un tiempo en que, por ejemplo, nadie cree que los CDR vayan tan por libre que nadie a nivel de Puigdemont y Torra no supiesen y discutiesen en su momento la posibilidad de que se empezase a tirar mierda contra las fachadas de los juzgados.

Me desconciertan de forma particular las reticencias contra esa figura por parte de los veteranos socialistas jubilados y los barones que desoyen el alcance del planteamiento de Sánchez y en el fondo hacen suya la idea de que su oferta del relator es tan bastarda como dicen el PP, Ciudadanos y Vox. Aludo a mi desconcierto porque es precisamente la familia socialista la que ha sufrido y sufre más en sus carnes el efecto de sus ambigüedades no aclaradas. Cuando Rubalcaba y Pere Navarro llevaron a Granada la propuesta de que el PSOE aceptara la realidad de que España es un estado unitario pero plurinacional la inexistencia de un relator solvente que precisase lo que allí realmente se dijo y aprobó ha dañado al partido. Eso creó un largo rosario de desencuentros a propósito de si aceptar solo verbalmente esa plurinacionalidad era el límite de lo que harían los socialistas o si por el contrario luego actuarían de forma consecuente con esa declaración. Y así le ha ido el crecimiento posterior del cisma interno; circula la frase dramática de que el PSOE desde entonces además de no seguir siendo Obrero, sí que está Partido, tiene que aclarar en qué consiste su naturaleza Socialista, y es Español al estilo de lo que no se definió en Granada.

A Sánchez le acusan de vivir calculando el factor electoralista; es una falsedad, muchas de las cosas que hace probablemente no le van a ayudar. En cambio sus barones discrepantes anteponen su adhesión al run run anticatalán a la lealtad debida al presidente del Gobierno y al espíritu de las bases que lo promovieron al cargo precisamente contra la cerrazón retrógrada de la mayoría de ellos.

Otro relator necesario sería el que debería presenciar y levantar acta en los forcejeos internos del Partido Popular ahora que ya ha trascendido que las desmesuras de Casado (¡que error su elección!) no están bien vistas por los más demócratas Núñez Feijóo, Juan Manuel Moreno y Alfonso Alonso, que apuestan por una derecha española que se pareciese a la alemana o la francesa en sus planteamientos. Si tuviésemos ese relator sabríamos mejor donde está el PP y si su acercamiento a VOX es esencial y durará todo lo que dure Casado.

Que se sepa por lo menos una cosa: la opinión pública española y catalana sería más feliz con más transparencia y sinceridad en la descripción de los contactos que mantienen los políticos entre sí. Los relatores ayudarían a ello. Pero toda la clase profesional que vive de los partidos y las instituciones se ha puesto en contra de esta buena idea de Sánchez. La España eterna sigue viva.

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