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Juan Cobos Wilkins: “Ya va siendo hora de que el pueblo se empodere”

Juan Cobos Wilkins publica Pan y cielo, una novela que narra la historia real de la afiliación al sindicato UGT de San Antonio Abad, patrón de Trigueros (Huelva).

El escritor onubense regresa a su tierra para contar un asombroso y divertido relato sobre la tolerancia y la libertad

La historia podría ser llevada al cine por el también onubense Antonio Cuadri, que ya se encargó de la adaptación cinematográfica de El corazón de la tierra

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Juan Cobo Wilkins, a la izquierda de la foto.

La tradición de tirar alimentos al paso San Antonio Abad en procesión por las calles de Trigueros (Huelva) se repite cada último domingo de enero desde hace siglos. Lo que no todo el mundo sabe es que el santo (sí, el santo) fue afiliado al sindicato obrero UGT en 1932. Ese año, la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas declaró los entierros y procesiones "manifestaciones de carácter público" para las que se necesitaba autorización gubernativa, por lo que los triguereños decidieron afiliar al patrón del pueblo al sindicato (con su carnet y todo), para que la procesión pudiera celebrarse sin problemas. Este asombroso acontecimiento histórico, que llegó al Congreso de los Diputados de la época, es lo que narra el novelista y poeta Juan Cobos Wilkins (Riotinto, Huelva, 1957) en Pan y cielo (La Isla del Siltolá). Una novela con la que el que el escritor regresa a su tierra y en la que recurre al humor, la ironía y a una lúcida imaginación para crear un original y divertido relato sobre la tolerancia y la libertad como valores para la convivencia.

  Pan y cielo se basa en un curioso acontecimiento de esos que parece que sólo pasan en Andalucía. ¿A qué cree que responden estas dualidades tan habituales en esta tierra?

Desconozco si hay algún otro lugar que tenga un santo afiliado a un sindicato obrero, pero creo que estamos en una tierra milagrosa. Y entiéndase milagrosa en este caso en el sentido puramente literario o en el religioso. Y uno de los milagros de esta tierra es que es capaz de dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y aún más allá, es capaz de juntar el agua con el aceite.

¿Cree que esto podría pasar en algún otro lugar?

En Latinoamérica, sí. También en los países más mediterráneos: Italia, Grecia, Portugal… Ahí sí hay un hilo común, pero más allá de estos lugares, me cuesta pensar que pudiera alguien afiliar a un santo a un sindicato obrero, con su carnet colgado y que los demás sindicalistas le paguen las cuotas.

A diferencia de otras, como El corazón de la tierra, su última novela no tiene pretensiones historiográficas, se puede decir que se ha permitido ciertas, por no decir muchas, licencias. ¿Se siente más libre escribiendo así?

Yo siempre me he sentido libre escribiendo, lo que ocurre es que esa libertad crece con nosotros, muda con nosotros. Cuando escribí El corazón de la tierra, el propio argumento me pedía un registro literario apegado dramáticamente a unos hechos que acababan en tragedia. Pero cuando escuché que San Antonio Abad había sido afiliado a la UGT en la Segunda República, sonreí y me asombré. Y esto me marcó el camino a seguir: un registro humorístico, irónico y, al mismo tiempo, sorprendente, inaudito. Porque la misma raíz de la historia lo exigía. Y muchas veces malogramos un argumento por no amoldarnos al registro que nos está pidiendo la propia historia. Sin embargo, esta historia sí me permitía moverme en registros literarios muy diferentes, manejar muchos personajes… Y respecto al tiempo narrativo, me permitía contemplar el pasado, vivir el presente, augurar el futuro… Eso es difícil de hacer en una novela sin que parezca impostado, falso, omnisciente, y aquí eso fluye con naturalidad.

Durante la procesión, es el pueblo de Trigueros el que tiene la autoridad. Esto tiene una lectura bastante actual…

A mí me interesó profundamente el saber que cuando el santo es entregado al pueblo, se retira el poder religioso y se retira el poder civil. Ni la Iglesia ni el Estado mandan. Y las casas permanecen abiertas para la gente, tanto del pueblo como de fuera, para compartir la comida, la bebida… El pueblo no es que esté abierto de par en par sino que además está abierto ‘de par en paz’. Y esto me parece una lección absolutamente actual: cómo un pueblo en la calle con sus casas abiertas es capaz de comportarse durante 36 horas sin que se altere el orden público, con el Estado y la Iglesia relegados porque el santo es del pueblo. Esto me parece una lección de convivencia, de libertad absolutamente llevable a nuestros días. El pueblo tiene conciencia de sí mismo, ha aprendido de su comportamiento y dice ‘Sobre nosotros y nuestro símbolo no manda nadie’, y los otros lo asumen y lo aceptan.

Ahora que los movimientos ciudadanos toman fuerza, ¿cree que el pueblo tiene ese poder?

El pueblo no tiene ese poder. El poder está manejado más allá del pueblo y también más allá de los que aparecen como manejadores del pueblo. Sería como la caverna de Platón: hay sombras detrás que desconocemos o que no se quiere que se conozcan. El pueblo no tiene el poder pero ya va siendo hora de que se empodere. A mí me gustaría ver a la gente nacida desde el pueblo y criada desde el pueblo y con conocimiento y conciencia, siendo la que toma sus propias decisiones, más allá de si éstas se toman en despachos, y los despachos sean de bancos, de partidos políticos o de universidades.

Lo que se describe en Pan y cielo es un ejemplo de tolerancia, libertad y respeto. ¿Cómo estamos de eso actualmente?

En los últimos años creo que ha habido un retroceso en la verticalidad del ser humano con el mundo, pero no porque la persona se haya inclinado, sino porque han dado tantos palos en la espalda que estamos como la Torre de Pisa, con el eje inclinado. Y esos palos han venido por diestra y siniestra, utilizando una expresión popular pero también con muchas connotaciones. Hemos perdido en todos los niveles: en cultura, servicios sociales, educación, sanidad…

En Pan y cielo recurre al humor y la ironía como recursos literarios. ¿Son estos los mejores registros cuando se quiere hacer crítica política o social?

No sé si son los mejores, pero desde luego son muy refrescantes. En el caso de Pan y cielo, la historia llamaba a la sonrisa, tenía que contarla desde el registro humorístico. Los que me conocen saben que tengo mucho sentido del humor y no lo había podido desarrollar artísticamente hasta ahora. Yo creo que muchas veces, para decir lo que queremos decir, y que llegue y perdure, no hay que ponerse estupendos, que nos diría el maestro Valle-Inclán. No hay que engolar la voz y no hay que reiterar lo ya evidente. Si el suceso es verdaderamente dramático y encima pones una voz exagerada, quizá en vez de conseguir un mayor efecto, lo que haces es aminorarlo. Pero el efecto sorpresivo de decir algo que es una bomba ‘monalisamente’, con la sonrisa de Mona Lisa, posiblemente cause mayor impacto.

El alcalde de Trigueros en 1932 era abuelo de Antonio Cuadri, que llevó a la gran pantalla El corazón de la tierra. Sería una bonita forma de cerrar el círculo que Cuadri adaptara también Pan y cielo al cine. ¿Lo han hablado ya?

Antonio Cuadri, que me ayudó mucho, proporcionándome documentación, ya dijo en la presentación de la novela en Trigueros en abril que está en su horizonte llevarla al cine. Yo creo que tiene sus dificultades, más que El corazón de la tierra, aunque en la propia novela hay muchos guiños y referencias cinematográficas.

¿Participaría usted en el guión?

No, en el guión, no. Tampoco lo hice en El corazón de la tierra. Al llevar una novela al cine, hay que prescindir de muchas cosas, y a mí me costaría mucho trabajo prescindir de cosas.

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