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La fortaleza de no esconder las debilidades

     Investigar es como resolver un rompecabezas cuyas piezas cambian de forma y color a lo largo del tiempo.

     Incluso las piezas que debemos retirar posteriormente pueden jugar un papel clave en el progreso científico, acotando la realidad del momento en que se colocan.

     Por tanto es crucial que el autor de un estudio científico, que es quien mejor conoce sus limitaciones, debilidades e incluso falsedades, tenga la fortaleza de no esconderlas.

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Thierry Torres

Thierry Torres

Llega por casualidad a nuestras manos un obituario en memoria de Charles Darwin, publicado en los Annals and Magazine of Natural History. Se trata probablemente, aunque no hemos conseguido confirmarlo, de una traducción del obituario escrito para los Comptes rendus de l’Académie de Sciences por Jean Louis Armand de Quatrefages.  Poco importan los detalles bibliográficos. Lo que llama la atención es el siguiente párrafo: “Del carácter de sus escritos no hace falta que hablemos. Aquellos que son capaces de apreciarlos saben bien… cómo cada hecho que parece contradecir la opinión del autor es expuesto con candidez y detalle, con frecuencia con mucha más fuerza de la que podrían haber utilizado sus oponentes…”

¿Qué tiene esta afirmación de particular? Es tentador ver el conocimiento como un enorme rompecabezas, y la investigación como el proceso de añadir pieza tras pieza para desvelar la imagen del conocimiento. La metáfora, sin embargo, es poco afortunada. Porque en un rompecabezas cada pieza tiene su sitio, y una vez que llega a su lugar no hay que volver a moverla. Los trabajos de investigación no son como las piezas de un rompecabezas, ya que algunas veces nos engañan. Nos hacen creer en espejismos que, con frecuencia, se desmoronan tras años de esfuerzo.

Recordemos, por ejemplo, el famoso éter. Una sustancia que debía rellenar el vacío para que las ondas electromagnéticas pudieran transmitirse. Su existencia se postuló para explicar los resultados de Maxwell y obstaculizó el avance de la física durante un siglo, hasta que el experimento de Michelson y Morley refutó su existencia. Es un poco como si, en la caja del rompecabezas, además de las mil piezas necesarias para formar la imagen, hubiera otras tantas para despistar. Piezas que encajan en un momento dado pero que, una vez colocadas, nos obligan a colocar nuevas piezas que, finalmente, nos conducen a un callejón sin salida. La investigación es un rompecabezas mucho más insidioso que el de la novela de Georges Perec.

Es más: en cierto sentido, se puede decir que en investigación todas las piezas del rompecabezas son falsas – aunque esto no implique que no haya progreso. Hoy sabemos que la mecánica Newtoniana era “incorrecta”: es sólo una aproximación, que deja de ser válida a altas velocidades y a escalas microscópicas. Pero sin los trabajos de Newton no habríamos podido llegar a donde estamos, y qué duda cabe que hoy entendemos el universo mejor que en el siglo XVII.

En todo este proceso, es por tanto esencial detectar las piezas falsas lo antes posible. (Ojo: una pieza falsa no es necesariamente un trabajo mal hecho. Puede ser un trabajo bien hecho pero cuyos resultados nos inducen a error: los trabajos de Maxwell eran muy buenos, aunque llevasen a la postulación de la existencia del éter.) Conocer las debilidades de cada trabajo nos ayuda a determinar la fiabilidad de cada parte de la imagen que se va formando, a detectar posibles fisuras y decidir qué resultados urge ratificar. Y nadie conoce las debilidades de un trabajo tan bien como su autor. Sin lugar a dudas, desde un punto de vista científico es preferible exponer claramente las debilidades y problemas potenciales de un trabajo que ocultarlos. Eso es algo en lo que todos los investigadores estamos de acuerdo.

En este sentido Darwin, que exponía con candidez y minucia las debilidades de sus trabajos sin esperar a que las descubrieran otros, era un excelente científico – incuestionablemente, Darwin también era humano y tenía sus limitaciones, de las que tal vez hablemos en otro post. Pero si este rasgo suyo se destacaba ya en 1882, es porque tanto entonces como hoy dista mucho de ser universal. Y esto ocurre por varias razones. La primera, el ego. Para bien o para mal, a la mayoría de las personas (y los científicos quizás destaquemos en esto) nos gusta tener razón. Si se han propuesto dos teorías alternativas para explicar una serie de fenómenos, es probable que los proponentes de cada teoría deseen que su teoría resulte finalmente aceptada por la comunidad científica. Este deseo tan humano puede hacer que aparezcan sesgos en nuestro trabajo, incluso inconscientes, que se nuble parcialmente nuestra razón y que no veamos las debilidades de nuestro trabajo. El ego existía en el s. XIX, existe hoy y es fácil que nos siga acompañando una temporadita, así que mejor ser conscientes de las trampas que nos tiende y aprender a vivir con él. ¿Por qué no promover que la exposición de los propios errores sea digna de elogio y contribuya a rellenar una parcela de vanidad?

Sin embargo, otras de las razones por las que los investigadores no exponemos con total franqueza las debilidades de nuestros trabajos no son consustanciales a la naturaleza humana, y su eliminación favorecería el avance del conocimiento . Estas razones se derivan del hecho de que los investigadores estamos siendo evaluados a cada instante. Las probabilidades de que nos concedan fondos para realizar un proyecto de investigación, de conseguir una beca para que un estudiante o postdoc venga a trabajar con nosotros, de que consigamos una plaza fija… todas ellas dependen esencialmente de nuestro “historial”.  Y una de las cosas que más peso tiene en nuestro historial son las publicaciones científicas. No tanto el número de publicaciones como su “valor”, medido esencialmente en función de un índice arbitrario, el factor de impacto de la revista en que cada trabajo se ha publicado. Ya hemos hablado en este blog del factor de impacto, y sin duda lo volveremos a hacer. En este momento, lo que importa es entender que todos los científicos necesitamos publicar en revistas de alto impacto, que sólo si publicamos en revistas de alto impacto podemos avanzar en nuestro trabajo. Para que los resultados de una investigación se publiquen en una revista de alto impacto, el artículo que los describe debe cumplir dos requisitos: por un lado, debe demostrar que el trabajo es sólido y está bien hecho; por otro, el editor de la revista debe pensar que a la revista le interesa publicar dicho artículo. El segundo requisito es, con mucho, el más difícil de conseguir. Al editor le llegan muchos más trabajos bien hechos de los que puede publicar, con lo cual tiene que rechazar muchos trabajos sólidos.

Si preguntamos a un editor si es más fácil publicar un artículo escondiendo sus debilidades bajo la alfombra o exponiéndolas abiertamente, sin duda nos dirá que, en la revista para la que trabaja como editor, es más fácil publicar un artículo exponiendo las debilidades del trabajo abiertamente que ocultándolas. Seguro que es cierto. Y sin embargo… pensamos que, aunque lo diga el mismísimo Galileo, la tierra no se mueve en esta dirección. Debemos reconocer – y no nos enorgullecemos de ello – que, a lo largo de nuestra carrera, nuestra evolución en este sentido ha sido más bien negativa, discutiendo cada vez menos las debilidades de nuestros trabajos. Esta evolución ha sido consecuencia de la reacción de los editores, que rechazaban nuestros trabajos si discutíamos abiertamente sus debilidades para que todos los lectores fueran conscientes de ellas. Y, leyendo los trabajos que nuestros colegas publican, no nos da la sensación de ser los únicos que han entrado en esta dinámica. ¿Piensa el ladrón que todos son de su condición? Tal vez… pero presenciamos, hace poco, que un prestigioso y prolífico científico recomendaba, en un curso sobre cómo escribir artículos científicos, estructurar los artículos en párrafos cortos y directos. Salvo cuando el trabajo tiene algún punto débil – en cuyo caso, aconsejaba esconder la debilidad en medio de un párrafo largo y farragoso.

No todos podemos ser como Darwin, tener su mente, intuición y capacidad de trabajo. Pero sí podemos contribuir a cambiar las normas del juego para promover, en lugar de desanimar, aquellos comportamientos que nos parecen deseables en el ejercicio de la investigación. Tal vez sea hora de cambiar el sistema de evaluación de la producción científica, buscando un sistema que no incite a nada que se pueda parecer al fraude y que nos libere para publicar abiertamente las debilidades y limitaciones de nuestro propio trabajo. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que nosotros mismos para hacerlo?

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