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Recuperar el humanismo para superar el ideal neoliberal

Es un error reducir el neoliberalismo a una política económica privatizadora; compone una completa ‘mentalidad de gobierno’

Debemos recuperar la ilustración como medio de prevención y rechazo de la deshumanización que promueve el neoliberalismo

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No es casualidad que en la actualidad una de las metáforas que más se utilizan por parte de los gobernantes sea la de la enfermedad. Los recortes no son leyes, sino recetas, las medidas que se adoptan no se deben a la voluntad de quienes las elaboran, sino a la necesidad de que el enfermo sobreviva. En un guiño a la psiquiatría, los paquetes de “reformas estructurales” que se aplican sin misericordia sobre países enteros son llamados terapias de choque. En la autocracia, los ciudadanos no son libres e independientes, sino menores de edad a los que hay que aplicar auténticas medicinas aun sin su consentimiento, pues la ignorancia les hace creer que no las necesitan. Las recetas pertenecen a la ciencia y no a la voluntad subjetiva de quienes las aplican ni de quienes las reciben: su contenido no puede ser adulterado, su objetivo no puede ser modificado.

Detrás de este aparentemente inofensivo uso del lenguaje subyace una visión radicalmente restrictiva de la democracia, donde las decisiones políticas son tamizadas de un pretendido cientificismo que las blinda y las convierte en necesarias e inmutables. El margen de lo decidible se estrecha, el objeto de la democracia se reduce y la capacidad de autogobierno de los ciudadanos queda asfixiada. Ya no sirve siquiera el marco clásico liberal-representativo en que nuestros sistemas de democracia constitucional se fundan, puesto que la obligatoriedad casi sobrenatural de la ortodoxia económica vigente imposibilita el normal desenvolvimiento de las instituciones constitucionales. Reformas, privatizaciones, eficiencia, emprendimiento, asunción de riesgos, estabilidad presupuestaria, confianza de los mercados… conceptos todos que se nos imponen como una Verdad revelada desde la atalaya de una compleja corriente de pensamiento que no se reduce, pese a lo que muchos creen, a meros planteamientos económicos.

En efecto, y como llegó a intuir el propio Foucault en El nacimiento de la biopolítica, el neoliberalismo no sólo se circunscribe a un catálogo de proposiciones económicas presidido por la supuesta bondad de lo privado frente a lo público, puesto que su materia se amplía a todas las esferas de la vida hasta llegar a ser una verdadera “mentalidad de gobierno”, un auténtico sistema filosófico, cultural, político y social. Poco se ha arañado en la profundidad de tal extensión, constituyendo ello uno de los errores típicos de una parte significativa de la izquierda y de los movimientos críticos y altermundistas: reducir el neoliberalismo a la política económica privatizadora y contraria al Estado. Error que se comete quizá subconscientemente, para no enfrentar los elementos ínsitos en parte del propio pensamiento deconstructivo de la izquierda que posibilitaron involuntariamente el auge del neoliberalismo. En efecto, la exaltación del individuo y de su potencialidad supuestamente creadora, el rechazo al Estado y a la normatividad de él emanada, y el carácter contestatario frente a lo estatal de los movimientos sociales y culturales de finales de los 60, abonaron el campo de pruebas sobre el que el neoliberalismo comenzó a florecer. Como explican Tony Judt, Boltanski o Fernando Escalante en su último y recomendable libro ( Historia mínima del neoliberalismo, Taurus, 2016), esta coincidencia histórica del auge del individualismo de izquierdas y del neoliberalismo, con su naturaleza inicial abiertamente rebelde y contramayoritaria, no es casual.

Aprovechando el incipiente clima favorable a sus postulados, y la crisis del Estado Social que se vivía en un Occidente sumido en la deflación, el neoliberalismo bajó de los pupitres de las aulas universitarias y de las torres de marfil de sus pensadores para materializarse en la política. Los detentadores del gran capital vieron en los inicios de los 70 cómo una nueva mentalidad podía abrirse paso y dar cobertura a sus intereses, justificando un relanzamiento del proceso de acumulación capitalista y erosionando al mismo tiempo los pilares redistributivos en los que se asentaba el bienestar de las mayorías sociales. Y no dudaron en financiar y expandir el cambio a través del sistema educativo.

Las consecuencias de aquel viraje se proyectan, auto-reproduciéndose con mayor virulencia, en la actualidad. Los fundamentos filosóficos en los que los autores neoliberales intentan sostener sus teorías se recrean en el individualismo metodológico, en la inexistencia de valores supraindividuales capaces de articular mecanismos de solidaridad, en la consideración del ser humano como un sujeto racional, maximizador de los beneficios y egoísta. La fraternidad o la solidaridad, en la que se asientan los valores democráticos, no tienen cabida en el nuevo homo economicus. El Estado cobra aquí un papel determinante, pues al contrario de lo que se suele pensar, el neoliberalismo no pretende su extinción o reducción mínima al absurdo, sino su transformación para que sea más funcional a los intereses del mercado. No es de extrañar la apuesta constante y ya cansina por situar la figura del “emprendedor”, que recoge en sí todo el ideario neoliberal (“una persona hecha empresa a sí misma”), en la centralidad de las políticas públicas y del discurso político. Porque el neoliberalismo es también, y ante todo, discurso. La eficiencia, la rentabilidad o la competitividad se erigen en los motores argumentales de un nuevo individualismo compulsivo aupado por las tecnologías de la comunicación. La aplicación de modelos de mercado a todos los aspectos de la vida, incluida el matrimonio o la muerte, como hace Gary Becker; el tratamiento del hombre como un ser puramente egoísta que tiende siempre a la maximización de sus beneficios, en la estela de Buchanan; la ineficiencia connatural de la gestión pública frente a lo privado que sostiene Friedman; o la idea de que cualquier esfuerzo colectivo canalizado políticamente puede llevar a la tiranía, como aduce Hayek, responden a una teoría más cohesionada y compleja de lo que en un primer momento pueda llegar a pensarse. Una nueva consideración hobbesiana de la naturaleza humana se ha puesto en marcha, y su virtualidad opera desde el mismo corazón de nuestros sistemas políticos. La pregunta surge irremediablemente: ¿cómo combatirla y superarla?

Desde el economicismo se hace difícil. Es el campo de juego natural del neoliberalismo, es donde se siente más a gusto. Los modelos neoclásicos o la eficiencia de los mercados pueden ser rebasados por el pensamiento keynesiano, pero seguiríamos moviéndonos en soluciones cortoplacistas y puramente económicas que, primero, no solucionarían el dilema ecológico que se nos presenta cada vez con mayor rotundidad, y segundo, no dejarían de circunscribirse a lo económico, olvidando la verdadera revolución sociocultural que ha provocado la irrupción del neoliberalismo. Por su parte, desde los instrumentos políticos es también complicado la consecución de modelos alternativos. La propia naturaleza de éstos ha quedado constreñida por el aparato discursivo neoliberal y la juridificación de sus elementos más señalados, como la estabilidad presupuestaria o el dumping social.

Se hace necesario pues utilizar los mismos instrumentos con los que el neoliberalismo acabó triunfando en la sociedad. La educación y la cultura, como medios a través de los cuales difundir una nueva mentalidad, más humana y menos mercantilista, más fraterna y menos económica. La valoración del ser humano como fin y no como medio puede ser mayor obstáculo para la hegemonía neoliberal que concretos (y también necesarios) “triunfos” programáticos. Superar el discurso de la competitividad y la eficiencia no desde sus parámetros de análisis, sino desde un humanismo renovado que los rechace y aparte por completo. Sí, aunque no esté demostrado, puede que la sanidad pública sea económicamente menos eficiente que la privada, pero es que no queremos que a nuestros conciudadanos y familiares, y a nosotros mismos, se nos apliquen modelos de maximización del ahorro. No somos mercancía, no somos contabilidad.

Un renovado humanismo que debe darse a través del recuerdo de nuestro pasado, del conocimiento pausado del inmenso legado del que somos portadores. Lejos de la volatilidad de la información, de la liquidez permanente del cambio por el cambio, de la banalización del saber por culpa de la facilidad de su acceso y de las nuevas metodologías posmodernas, recuperemos la escuela y la Universidad como motores de cambio, como espacios de desconexión donde el neoliberalismo no pueda entrar con la deshumanización de su propia trivialidad. Con ello, la vía política y económica quedaría expedita para una transformación más profunda y cada vez, más necesaria. Parece utópico un cambio tan rotundo de paradigma en nuestra cultura, y lo es. Por eso vale la pena intentarlo.

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