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A mis cinco millones de potenciales aliadas

Aunque ha sido decepcionante, ni mucho menos está todo perdido, menos para quien se ha propuesto luchar.

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Mitin de cierre de campaña de Unidos Podemos, en Madrid.

Mitin de cierre de campaña de Unidos Podemos, en Madrid. José Camó / IU

Aunque no soy podemita, el domingo voté sin dudarlo a Unidos Podemos y, por supuesto, el zarpazo, el sopapo, el tortazo, el no sorpasso -nos vamos a cansar de ingenios al respecto de tan pedante expresión- y los entre ocho (PP) y trece (PPSOE) millones de avales a la corrupción y al secuestro de la democracia -recuerden el 135- me dejaron sin palabras. Sin embargo, esta mañana he cabalgado la resaca postelectoral visitando los estados de ánimo de la gente y de pronto me he dado cuenta de que "mi gente" son nada menos que cinco millones de personas. ¡Cinco millones! A ellas, sobre todo a ellas, me quiero referir hoy para recordarlos, en medio del desencanto y la depresión, que a quienes frivolizan con el "sí se puede" seguimos teniendo que birlarles el "¡a por ellos!", con 'oe' incluido si se tercia, porque nos va la vida en este asunto. Y hay varias vías para hacerlo, no sólo la electoral, y todas se pueden y deben retroalimentar.

Que 7.906.185 de españoles muy españoles y de derechas avalen la corrupción es preocupante, sí, pero igual no requiere demasiado análisis. Tengo una tía más lejana que cercana que es para mí el ejemplo de buena parte de los procesos mentales conservadores: "De toda la vida se ha robado", dice sobre la corrupción del PP, y se te queda tan ancha. Conservadora, 'detodalavidista', mi tía es una tipa insolidaria más, una de tantas que va a lo suyo incluso cuando le va mal, que sólo se preocupa de su entorno inmediato y que no siente la más mínima inclinación por la justicia social... ni padeciendo la injusticia en sus carnes. Y, claro, ha votado al PP. Y lo seguirá haciendo caiga la que caiga. No es por su cultura o su incultura, sino por su idiotez -su desinterés por lo común-. Lo suyo de ir 'a lo suyo' es una postura ética laissez faire con lo establecido e implacable, con lo que difícilmente va a cambiar por mucho que le digan 'patria' al oído.  

Que 5.424.709 voten al PSOE, ese partido que promete por la izquierda y gobierna por la derecha, es más difícil de digerir. Para el PSOE de los ERE y el 135 había alternativa, pero, aun así, cinco millones largos de personas han preferido votar a un partido que saben, por reiterada experiencia, que miente: miente su candidato de plástico; miente su equipo sólo preocupado por liderar, así, en general, lo que sea; han mentido todas y cada una de las veces que han prometido ser de izquierdas para antes o después administrar por la derecha. ¿Quién y por qué vota PSOE? Es importante investigarlo más, es aún un caladero.

Que 10.435.955 de personas se hayan abstenido, y que de esa cifra se estime que en torno al millón de votos sea de votantes de Podemos o IU, esto es, que cada uno de cinco votantes de Unidos Podemos se abstuviera, es para hacérselo mirar, desde luego. Se puede despotricar, como siempre, contra la abstención, o se puede analizar lo que pueda sugerir esa legítima forma de afrontar las elecciones. En el segundo caso, la conversión de Podemos en un partido al estilo del Régimen, su 'madurez', que a menudo se ha sustanciado en un pérdida de frescura por afiliación al circo de la democracia en falsete, igual ha tenido algo que ver.

Quizá hubiera generado confianza que a las sonrisas y los catálogos de IKEA -dos excelentes ideas que aplaudo- les acompañase un discurso algo más trabajado y fundamentado en la realidad de cada territorio

¿Qué fue de los Círculos, por ejemplo? Me pregunto si se cambió ese trabajo de extensión e implantación territorial por el circo de la patria y los ex jemad, el de los empollones gafotas y los postureos increíbles como el susurro aquel de "Pedro, no soy yo". Somos personas mayores que entendemos que a veces en política hay que teatralizar pero, en fin, todo tiene un límite, y si te pasas de teatral llegas a parecer falso.   

Parece que en muchos lugares las candidaturas autonómicas han sido del estilo de Cantabria: solas ante el peligro, unas pocas personas viven de los réditos televisivos de los líderes. Con poca o ninguna implantación en el territorio, ni en sus movimientos sociales ni en los problemas concretos de su población y con insuficiente -no digo poco- trabajo de base, se improvisaron candidaturas en la urgencia, validadas desde un centro desconocedor de la realidad de Cantabria. Y, al final, el discurso ha sido genérico, sin capacidad de aportar confianza ni a las cercanas ni mucho menos a las lejanas. En otros partidos, desde luego, la cosa no es mucho mejor -Mariano presidente: nada más que añadir... salvo, quizá, Felisuco diputado-, pero tienen, entre otras ventajas, potentes redes clientelares, un discurso implantado hasta el tuétano y medios corporativos que son máquinas de propaganda.

Para contrarrestar, quizá hubiera generado confianza que a las sonrisas y los catálogos de IKEA -dos excelentes ideas que aplaudo- les acompañase un discurso algo más trabajado y fundamentado en la realidad de cada territorio. Me he cansado de oír a los candidatos de Podemos a los que me ha tocado votar una generalidad tras otra: que si "la gente tiene ilusión", que si "somos gente corriente", que si "la gente sonríe" ... memes de twitter, vaya.  Un poco más de solvencia discursiva nos haría sentir que no hemos acabado votando a candidatos estilo PPSOE, esto es, más fieles a su partido que a los problemas de todas. Y mis agradecimientos a las personas candidatas por su esfuerzo, que lo valiente no quita lo cortés.

Con todo, que 5.049.734 de almas hayan optado por apoyar el cambio que propone Unidas Podemos, aunque ha sido decepcionante, y un asunto preocupante si se enmarca en la derechización de Europa y el mundo, apunta a un potente capital humano. Una proviene de los movimientos sociales de base, esos de pico y pala sin propaganda mediática ni méritos computables, los de suelo ético y poco reconocimiento -al CIS se la pelamos, no digamos a las empresas de encuestas- y saber que tiene a los lados a otros cinco millones, relaja y hasta quiere hacer sonreír. Vamos, que ni mucho menos está todo perdido, menos para quien se ha propuesto luchar.

Yo no pienso hacerlo desde las urnas, porque ni quiero que me representen ni quiero representar a nadie, pero ahora, cada vez que grite por los derechos de las personas refugiadas y migrantes, cada vez que trabaje en una economía al servicio de la vida, cada vez que exija que no se venda nuestra tierra, cada vez que defienda una verdadera democracia... pensaré que hay cinco millones de personas en el Estado español que piensan como yo. Cinco millones son muchos millones. Ánimo, que podemos.

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