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¡Ay, qué memoria la nuestra!

Aquí hemos matado todos, y no sólo ETA, ha venido a decir Arnaldo Otegi. Todos somos víctimas y verdugos

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Otegi no viaja a Cuba porque EE.UU. le impide el paso por su espacio aéreo

El líder de Sortu, Arnaldo Otegi. EFE

No sé por qué le ha molestado tanto al PNV que Arnaldo Otegi metiera a la Ertzaintza en la cadena de muertes que han asolado el País Vasco a lo largo de tantos años. Al fin y al cabo, no hizo otra cosa que barrer un poco para casa, al sumarse a la doctrina oficial de condena indiscriminada de “todas las violencias” que aquí hemos padecido. Y la verdad es que el líder de Sortu no tuvo que esforzarse mucho para hacer creíbles sus argumentos. Porque tampoco es que el Gobierno de Urkullu en la pasada legislatura se esmerase demasiado para poner a la Ertzaintza en buen lugar en cuanto a  defensa de los derechos humanos se refiere.

De modo que Otegi no ha hecho otra cosa que dejar las cosas en su sitio. Aquí hemos matado todos, y no sólo ETA, ha venido a decir. Todos somos víctimas y verdugos. Todos debemos hacernos autocrítica y todos debemos pedirnos perdón a todos por los muertos de cada bando. Y aquí paz y después gloria. Es una manera de abordar la memoria sobre la violencia que este país ha venido padeciendo hasta hace cinco años. No es exactamente la mía, aunque no excluyo que, por razones de edad, tenga los recuerdos un tanto distorsionados.

Hay que reconocerlo: cuantos más años cumple uno, más desmemoria padece. Y a veces cree recordar cosas que no han sucedido. Por hablar de una muy reciente, yo me había llegado a convencer de que dos guardias civiles en compañía de sus parejas habían sido agredidos brutalmente, y en masa, por el simple hecho de pertenecer a un Cuerpo que supuestamente resulta incompatible con la idiosincrasia de Alsasua. Hasta que llegué a saber -¡y lo ha dicho hasta la gente de Podemos!- que lo que yo consideraba “agresión” era simplemente una “trifulca”; es decir, un “enfrentamiento confuso entre varias personas que riñen, discuten o pelean”, según recogen los diccionarios para definir el término.

Y si uno interpreta mal lo ocurrido como quien dice hace un par de días, no sería de extrañar que desbarrase igualmente con episodios más lejanos. Me cuesta, por ejemplo, recordar si, en tiempos tan agitados como los que Euskadi ha vivido, y con violencias tan cruzadas, he podido cometer algún asesinato, más que nada para cumplir con mi parte de responsabilidad colectiva. Creo que no, pero seguro que no habrá sido por falta de ganas, sino en razón de mi carácter, que es más bien apocado.

Me cuesta, por ejemplo, recordar si, en tiempos tan agitados como los que Euskadi ha vivido, y con violencias tan cruzadas, he podido cometer algún asesinato, más que nada para cumplir con mi parte de responsabilidad colectiva.

Igual confusión me embarga cuando se asegura desde la oficialidad más oficial de este país que fue la sociedad vasca la que hizo posible que ETA parara, cuando siempre había creído que los cuerpos policiales (y muy especialmente los del Estado) algo habían tenido que ver con este cese de la “actividad armada” del Movimiento de Liberación Nacional Vasco, de acuerdo con los eufemismos de rigor. Y si así fuera, ¿habría que agradecer al menos los servicios prestados a la causa de la paz por quienes son considerados los malos de esta película de horror que hemos padecido tan prolongadamente? ¡Pero si aquí no se salva ni la Ertzaintza! ¡A ver si va a resultar ahora que nos vamos a ver obligados a agradecer, no sólo a la Ertzaintza, sino hasta  a la Guardia Civil y al Cuerpo Nacional de Policía por habernos librado del terrorismo! ¿Qué mierda de memoria vamos a legar a nuestros hijos (e hijas)?

En esas confusiones mentales andaba, cuando se me ocurrió echar un nuevo vistazo a las memorias de un ilustre miembro de EH Bildu, el exlehendakari Carlos Garaikoetxea. Sobre todo cuando alude a las posibilidades que en 1998 barajaban los partidos nacionalistas para que ETA declarase una tregua. Y afirma textualmente: “… la confrontación policial y la colaboración internacional que logra el Gobierno español en la lucha contra ETA tiene que haber hecho mella en tal organización a la hora de evaluar la idoneidad de su estrategia armada y su continuidad; y nuestra esperanza de persuadir a la organización para que sustituya la estrategia violenta por la acción política e institucional es mayor que nunca”.

Dicho de otro modo, la Guardia Civil agitó las ramas y los partidos nacionalistas se aprestaron a recoger las nueces de la paz; que entonces fueron, a su entender, las del Pacto de Lizarra. No lo dice así Garaikoetxea, pero es algo que parece desprenderse de su relato. ¿En reconocimiento implícito a los méritos acumulados por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado al servicio de los vascos? Cualquiera lo sabe. A lo mejor el exlehendakari se limitó a recordar que Dios (es decir, la “causa vasca”) acostumbra a escribir con renglones torcidos, aunque éstos sean los de la siempre malvada represión española. No lo tengo aún demasiado claro. Supongo que la ponencia parlamentaria que se va a crear sobre Memoria y Convivencia en Euskadi arrojará alguna luz sobre ésta y otras materias tan delicadas.

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