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¿Votan más los ricos que los pobres? En España, no

En España, la proposición que los privilegiados votan más simplemente no es cierta. La evidencia no apoya la idea que cuando aumenta la abstención electoral los pobres votan menos –y por tanto que a la derecha le va mejor. Que los pobres voten tan a menudo como los ricos significa que los gobernantes no pueden ignorar -tan fácilmente como quizás algunos querrían- sus intereses y preferencias.

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El principio “una persona, un voto” es una de las principales formas de repartir el poder político entre los ciudadanos adultos en una democracia. Cada votante tiene el mismo grado de influencia sobre el resultado electoral, consiguiéndose formalmente la igualdad en la participación política. Sin embargo, en la práctica, no todos los ciudadanos votan y puede surgir desigualdad participativa si grupos de ciudadanos con intereses o preferencias diferenciados votan en mayor medida que otros grupos. Cuando existe desigualdad participativa los gobernantes tienen incentivos para priorizar los intereses de los grupos más participativos. Por ejemplo, si los ricos votan más que los pobres, los gobernantes tendrán incentivos para proponer impuestos y gasto social más bajos que si todo el mundo vota.

Una de las proposiciones empíricas más conocidas en la ciencia política es que las personas con más recursos socio-económicos votan más que la de las personas con menos recursos. De este “saber convencional” se derivan otras suposiciones. Por ejemplo, ¿han oído alguna vez que la abstención electoral favorece a la derecha? Esta afirmación se fundamenta en el argumento que la abstención y la desigualdad participativa van de la mano: mientras los ricos (a quienes se supone votantes de derechas) van a votar siempre, un aumento de la abstención significa que los pobres votan menos -y la izquierda pierde.

Sin embargo, en España, como en otros contextos, la proposición que los privilegiados votan más simplemente no es cierta. El siguiente gráfico muestra la participación electoral según el nivel educativo (uno de los principales indicadores del estatus socio-económico) con datos del Estudios Comparado de Sistemas Electorales para las elecciones de 2004 en EEUU y España. En EEUU sólo una de cada tres personas con educación primaria o menos vota en las elecciones presidenciales, mientras que cuatro de cada cinco personas con educación universitaria vota. En España, por el contrario, no existen diferencias significativas en la participación electoral según el nivel educativo. Este resultado se repite una y otra vez usando otros datos y mirando otras elecciones.

Desigualdad en la participación. EEUU - España

Desigualdad en la participación. EEUU - España

En general, mientras que en algunos países -como EEUU, Polonia, Suiza o Canadá- existen grandes desigualdades en la participación electoral, en otros países-como España, Chile, Corea del Sur o Australia- no existe diferencia alguna en la participación electoral en función de los recursos socio-económicos. De hecho, existen algunos países, la mayoría relativamente pobres, en que se da desigualdad a la inversa: son las personas con menos recursos quienes votan en mayor medida que los ricos. Por ejemplo Lisa Blaydes muestra que en Egipto antes de la primavera árabe la tasa de participación de las personas analfabetas era mucho más elevada (el doble) que la de los ciudadanos más ricos.

Además, sabemos que la relación entre la abstención electoral y la desigualdad participativa es muy débil. Es cierto que en países con una tasa de abstención muy reducida, por ejemplo Bélgica o Australia debido al voto obligatorio, se da poca desigualdad electoral. Y también que en países con mucha abstención, como EEUU o Suiza, existen desigualdades importantes. Pero a niveles intermedios y entre elecciones dentro del mismo país no existe esa relación: mayores niveles de abstención no conllevan siempre y automáticamente mayores diferencias en las tasas de participación de ricos y pobres. La evidencia no apoya la idea que cuando aumenta la abstención electoral los pobres votan menos –y por tanto que a la derecha le va mejor.

La discrepancia entre el saber convencional entre los politólogos y los opinadores y la realidad ilustra un problema importante y común. Sabemos relativamente poco, incluso a nivel descriptivo, sobre fenómenos políticos básicos y existen pocos saberes convencionales sobre los que haya un consenso en la comunidad académica. La disponibilidad de datos de calidad es relativamente reciente en muchos campos. Por ejemplo, hace sólo unos 10 años que tenemos datos comparables entre países relativos a la participación política como los del Estudios Comparado de Sistemas Electorales o la Encuesta Social Europea. En los últimos años, sin embargo, se ha producido una verdadera explosión en la disponibilidad de datos y con ellos es posible conseguir un objetivo básico de las ciencias sociales: describir adecuadamente la realidad.

¿Es bueno que exista poca desigualdad participativa en nuestro país? Rotundamente, sí. Que los pobres voten tan a menudo como los ricos significa que los gobernantes no pueden ignorar -tan fácilmente como quizás algunos querrían- sus intereses y preferencias. En este sentido, aunque nuestra democracia dista mucho de ser perfecta, sí debemos valorar como un aspecto positivo la elevada participación de las personas con menos recursos socio-económicos. Se trata de un signo de calidad democrática que deberíamos aspirar a mantener.


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