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Todos a una. Por una ética pública

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Fotograma de El doctor Mabuse (1922) de Fritz Lang

Para dar un vuelco al vaso, colmado ya por la última gota de corrupción, no hará falta reunirnos en torno a una ouija, bastará hacerlo este domingo en torno a las urnas.

En muchas ciudades y comunidades autónomas se presentan candidaturas de unidad popular que tendrán la oportunidad de desalojar de sus despachos a toda una caterva de corruptos y prepotentes. En Madrid, según las últimas encuestas, la victoria se juega entre Esperanza Aguirre, candidata del PP, y Manuela Carmena, candidata de Ahora Madrid, partido instrumental que incluye en sus listas a miembros de Podemos, de IU y de EQUO. Resulta curioso que la primera haya esgrimido la legalidad como pilar de su campaña mientras que la otra es una exjueza. Más curioso aún es que Aguirre, la defensora de “el imperio de la ley” sea alguien que ha estado, que está, en medio de un hervidero de corrupción y delitos.

Ya sabemos que legalidad y legitimidad no son lo mismo.   Es legal, aunque no sea ético ha sido una de las frases más repetidas en los últimos meses por políticos en distintos grados de corrupción. Dejar morir a una persona de hambre a la puerta de tu casa tal vez es legal, pero no es ético. La ley puede desahuciar a una familia e indultar a un banquero, y será legal, pero tampoco es ético. Del mismo modo, aprovechar un puesto político para enriquecerse sin medida puede no ser un delito pero es amoral desde todo punto de vista. Precisamente Antón Losada hablaba esta semana de la insoportable “corrupción legal” a la que estamos expuestos. 

En su obra Elogio de la imperfección la neurobióloga italiana y premio Nobel Rita Levi-Montalcini afirmaba que: “Al ser imperfectos, los seres humanos hemos recurrido a la razón, a los valores éticos. Discernir entre el bien y el mal es el más alto grado de la evolución darwiniana”. Por aquí muchos no han alcanzado todavía ese grado, y la única distinción que conocen es la de si está prohibido o no. Y, por supuesto, en muchos casos ese conocimiento sólo les sirve para esquivarlo. De este modo, a no cumplir una ley se le puede llamar “defecto administrativo” sin que se te caiga la cara de vergüenza, como hizo Aguirre (ver aquí). Hay una corrupción activa, pero también hay otra pasiva, y esa consiste en mirar para otro lado. Esperanza Aguirre debe tener el cuello descoyuntado.

Estando el poder político claramente al dictado de las élites económicas, y haciéndose la brecha entre pobres y ricos cada vez mayor, ¿cómo es posible que pueda haber todavía una mayoría de ciudadanos que rechace un programa más social? Pensar que en Valencia vuelva a ganar el PP de Rita Barberá o los “gestores” de la herencia pujolista en Barcelona o Aguirre en Madrid… resulta repugnante a la razón.

El problema como casi siempre es la educación, en este caso la educación en la  participación y la gestión de lo público. A veces pareciera que las leyes emanan de dios como en la Edad Media. Pero al fin y al cabo quien decide lo que es legal son los ciudadanos a través de sus representantes. Del mismo modo que pueden imponerse a través de la educación unos principios morales, una ética pública: hoy se multa a una persona por beberse una cerveza en un parque mientras no se considera delito los litros de champán pagados con dinero público. Igualmente, al parecer es posible considerar legales los sobresueldos pero inadmisible que un parado con una ayuda de 400 euros haga una chapuza para ganarse unos euros.

Para la ley se pueden crear trampas, para los principios éticos, no. Por eso frente “al imperio de la ley” conviene desarrollar una conciencia moral. Ante este  panorama, que sea una Premio Nacional de Derechos Humanos y fundadora de la asociación Jueces para la democracia quien se enfrente a la prepotencia de quienes hacen las leyes para burlarlas es más que significativo.  

No votar este domingo no es decir NO a los corruptos, es decir NO a todos. Es mirar para otro lado. No  votar es legal, claro que sí, pero ¿es, dado el momento que vivimos, ético?

 

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