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El relato

ETA lo tiene difícil para argumentar que los más de 800 asesinados fueron un mal menor, un detalle sin importancia con el que no debemos obsesionarnos

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Decenas de activistas preparan en secreto la entrega de las armas de ETA

Imagen de archivo: pintada a favor de ETA en el casco viejo de Vitoria. EFE

Cuando alguien mata a una persona o a diez o a doscientas puede pasar a la historia como un héroe o como un asesino. Por algún motivo, casi nadie espera pasar como lo segundo.

En ETA se estarán oliendo que, desde un punto de vista histórico, las cosas pintan bastante mal para ellos. Se mire como se mire, han sido derrotados (Euskal Herria no es socialista, ni independiente, ni suya), y ya se sabe cómo tratan los libros de historia a los perdedores.

Las probabilidades de que ETA quede para la posteridad como una banda terrorista (y no como el "movimiento vasco de liberación", palabras de Jose María Aznar) deben de rozar el 100%. Pero ellos, los etarras, se niegan a tirar la toalla. Es normal. Muchos se han pasado media vida entre zulos y pisos francos y la otra media en el trullo. ¿Qué menos que un poco de respeto en los libros escolares de 2030?

Los mediadores, tras una brainstorming demasiado corta, optaron por el pomposo nombre de "artesanos de la paz". Se ve que el nombre anterior, aquello de "representantes de la sociedad civil" quedaba largo y un tanto jurídico-administrativo para tan épico evento.

Como contrapeso, ETA acuñó otro concepto, el de "enemigos de la paz", y se lo endosó a quienes podían impedir el desarme, es decir, a los Estados español y francés. Los enemigos de la paz contra los artesanos de la paz. Ingenioso, ¿no es cierto? El marco semántico estaba lanzado, pero la cosa no fue demasiado bien.

El lehendakari pasó de todo y se fue a inaugurar una línea de metro en Bilbao (ya tienen tres). El diario El País se perdió en la traducción y a los "artesanos de la paz" los llamó "orfebres de la paz", dotándoles de un inquietante y del todo incomprensible matiz joyero. Y el Telediario, que es muy digno cuando se pone, relegó el Festival de Desarme a la cola de nacional, como diciendo: "En un Estado democrático, la agenda de un medio público la dicta Soraya, no los terroristas".

Este tira y afloja, a mitad de camino entre George Lakoff y Rafel Azcona, es lo que algunos épicamente llaman "la batalla del relato", que, a grandes rasgos, consiste en debatir de manera civilizada quién fue más malo, si los terroristas o España y los españoles. ETA lo tiene difícil para argumentar que los más de 800 asesinados fueron un mal menor, un detalle sin importancia con el que no debemos obsesionarnos. Lo intentarán, por supuesto. Dirán que víctimas somos todos. Que las torturas. Que la dispersión. Harán juegos de manos y de palabras para que, cuando les demos la razón en algo (en las torturas, en la dispersión) puedan decir: "¿Lo ves?, ¡solo nos defendimos!".

Mientras tanto, sin mediadores franceses pero con un presupuesto de marketing considerablemente mayor, Patria se ha convertido en el libro más vendido de 2017. En los meses venideros, su autor será sepultado en honores literarios y de los otros. Eso generará una tendencia que dará lugar a más novelas y a películas (una está ya en preproducción y es, atención, una comedia). Y así, como quien no quiere la cosa, la historia se irá escribiendo. Día a día y letra a letra.

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