Luz sobre el fondo del mar: un grupo de investigadoras destapa en Cádiz la forma de construcción de barcos del siglo XVII
Durante siglos, el fondo de la bahía de Cádiz ha guardado historias apenas visibles, fragmentos de madera sumergidos en silencio que apenas dejaban entrever su pasado. Uno de ellos, el conocido como pecio Delta I, ha salido literalmente a la luz para cambiar lo que se sabía, que era muy poco, sobre la construcción naval del siglo XVII. El hallazgo se produjo durante las obras de la nueva terminal de contenedores del puerto gaditano, pero lo que vino después ha sido lo verdaderamente excepcional: una intervención que ha permitido acceder a un nivel de detalle inédito en este tipo de investigaciones y que sitúa a Cádiz en el mapa de la arqueología subacuática internacional.
Por primera vez en España, un barco histórico fue extraído del mar para su estudio en tierra, en una operación impulsada por la Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz y ejecutada por el Centro de Arqueología Subacuática (CAS), dependiente del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. “Fue el primer barco que se trasladó desde el fondo marino a tierra para poder estudiarlo en detalle”, explica la investigadora del CAS Nuria Rodríguez. Estudiar un pecio fuera del agua permite acceder a niveles de información que bajo el mar resultan prácticamente inalcanzables, desde la observación directa de las conexiones entre piezas hasta la posibilidad de desmontar la estructura.
Durante diez meses y medio, el equipo trabajó sobre los restos en una zona habilitada en los astilleros, bajo condiciones controladas de humedad para evitar el deterioro de las maderas, extremadamente sensibles tras siglos bajo el agua. Allí pudieron desmontar, analizar y documentar cerca de 400 piezas de la embarcación, en un trabajo minucioso que ha requerido combinar técnicas arqueológicas con criterios de conservación.
A partir de ese puzle de madera, los investigadores han logrado identificar hasta cuatro niveles constructivos distintos y han podido seguir la lógica interna del ensamblaje, entendiendo cómo se conectaban las piezas entre sí y cómo se organizaba la construcción. “La deconstrucción del barco es lo que te permite entender cómo se construyó”, resume Rodríguez, que subraya la importancia de este tipo de análisis en un siglo XVII del que, paradójicamente, existe una notable escasez de información arqueológica directa.
El proceso constructivo arranca con la quilla, la pieza longitudinal que actúa como columna vertebral del barco, sobre la que se levantan las cuadernas principales, formadas por varias piezas ensambladas lateralmente. A partir de ahí se completa la estructura transversal y, finalmente, el casco se reviste tanto por el interior como por el exterior.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que ha permitido identificar el carácter atlántico de la embarcación. El grosor de las maderas, su disposición y la robustez general de la estructura indican que se trata de un barco preparado para largas travesías oceánicas y grandes cargas, muy distinto de las embarcaciones mediterráneas. “Son barcos muy sólidos, construidos para soportar rutas largas y exigentes”, apunta Rodríguez. Esta conclusión encaja con el papel que Cádiz desempeñaba en el siglo XVII como nodo clave en los grandes circuitos marítimos, en un momento de intensa actividad comercial y conexión con América.
La propia localización del pecio dentro de la Bahía refuerza esa idea. Lejos de la imagen actual de un puerto con infraestructuras fijas, el Cádiz de la época funcionaba como una especie de “Cádiz flotante”, un espacio abierto lleno de barcos fondeados que no atracaban directamente en tierra. “El Delta I formaba parte de esa Cádiz flotante”, señala Rodríguez, que destaca cómo este tipo de hallazgos permiten conectar la evidencia arqueológica con lo que ya se conocía por fuentes documentales. La imagen que emerge es la de una bahía intensamente ocupada, donde el trasiego de embarcaciones era constante.
Más allá de la estructura, algunos hallazgos permiten acercarse a la vida cotidiana de la tripulación. Entre ellos, la aparición de semillas de frutas como melón, sandía o uva, un detalle que aporta información valiosa sobre la alimentación a bordo. “Son alimentos perecederos que solo se consumen cuando el barco está fondeado o muy cerca de la costa”, explica la investigadora. Su presencia indica que el Delta I llevaba un tiempo en la bahía, abasteciéndose desde tierra mediante pequeñas embarcaciones que trasladaban tanto víveres como mercancías, en un sistema logístico que formaba parte del funcionamiento habitual del puerto.
Otro elemento especialmente significativo son las marcas encontradas en la madera, pequeñas señales realizadas por los propios carpinteros de ribera durante el proceso de construcción. Estas marcas, aún en estudio, podrían indicar la posición de las piezas o reflejar fases del montaje, pero sobre todo tienen un valor añadido: permiten observar la intervención directa de los artesanos. “Es como ver la mano del carpintero, cómo organizaban el trabajo, cómo distribuían las tareas”, explica Rodríguez. Se trata de una información difícil de obtener por otras vías y que abre nuevas perspectivas sobre la organización de los astilleros.
Tras el intenso trabajo en tierra, el proyecto afrontó uno de sus momentos más delicados: decidir el destino de los restos del barco. La madera, estabilizada durante siglos en un medio húmedo, se deteriora rápidamente al exponerse al aire, lo que obliga a mantener condiciones muy estrictas de conservación. Ante la falta de recursos para garantizar su preservación integral en tierra, se optó por devolver el pecio al mar, en una zona controlada. “No es una renuncia, es una medida de protección”, aclara la investigadora, que insiste en que el objetivo es asegurar la conservación a largo plazo.
Lejos de cerrarse, la investigación continúa abierta y plantea nuevos interrogantes. Uno de los principales objetivos es identificar la “firma constructiva” del barco, es decir, los rasgos que permitan determinar su lugar de origen y, eventualmente, su nacionalidad. A partir de ahí, cruzando estos datos con la documentación histórica, podría ser posible conocer el nombre de la nave, sus rutas y las circunstancias de su hundimiento. “Si sabemos dónde se construyó, puede ayudarnos a identificar el nombre del barco y explicar por qué se hundió y en qué momento”, explica Rodríguez.
El Delta I no solo aporta respuestas, sino que también cuestiona algunas ideas previas sobre la construcción naval del siglo XVII. “Hay aspectos que dábamos por hecho y que no se están confirmando”, reconoce la investigadora. Porque la Historia es también una materia en permanente construcción.
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