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Día 30 en estado de alarma: un mes, llevamos un mes

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“Hoy hacemos un mes”, le he dicho este lunes a Cristina. Y eso hay que celebrarlo, porque ni siquiera un matrimonio con hijos puede compararse al confinamiento. Antes por lo menos uno (o una) podía bajar al bar a ver un partido y a las once en casa con tufo a cerveza. Ahora a las once en casa, y a todas las horas del día, y la cerveza te la tomas, pero sentado en el sofá. Visto con la perspectiva que da una pandemia, aquellos eran los días: cuando sólo estábamos casados.

De este primer mes, me ponen un nudo en el estómago nuestros primeros recuerdos juntos. Me sale una sonrisa bobalicona con Ortega Smith, qué tío, arengando a los anticuerpos más antiguos del mundo (españoles, claro) en un vídeo de edición posmoderna. Arnold Schwarzenegger y su burro pidieron que nos quedáramos en casa con la familia. Y Pedro Sánchez nos felicitó en prime time por consumir mucho Internet. La curva empezó a bajar cuando llegaron los enterradores africanos. Hoy los memes ya no me saben igual.

El caso es que nos van a robar el mes de abril y de paso se llevaron un buen pico de marzo. Ya nadie duda de que tendremos que dejarnos sisar algunos meses, aunque solo sea por la continuidad de la especie, pero hace poco todavía encontrabas a quien maldecía su estampa por pasar dos semanas (¡dos semanas!) en casa con la nevera llena y suscripción a media docena de plataformas. Mira, como en casa en ningún sitio: yo sé que lo peor está ahí fuera, porque la última vez que pisé un bar un tipo estornudó y por poco escupo el corazón en la cerveza. (La ventana de Néstor)

31 días y 500 noches

Hoy se cumplen 30 días desde que se decretó el estado de alarma. En términos penitenciarios, como comencé el domingo anterior, diría que llevo un mes y un día de reclusión mayor. Treinta y un días que jamás habría imaginado. Una vida que sólo contemplaba como una posibilidad en películas que presentan una sociedad distópica y que no suelo ver porque me crean mal cuerpo. Ya tuve bastante cuando a mis 18 años leía Un mundo feliz y 1984. Jamás imaginé que viviría un mes confinado, con la libertad restringida, vistiéndome de astronauta para salir a la esquina de mi casa para comprar el pan. Levantándonos cada mañana con una cifra de muertos como nunca antes habíamos vivido, ni siquiera imaginado. De una manera u otra nos hemos acostumbrado, pero no dejamos de estar en estado de shock, vivimos con incertidumbre pensando en el mundo que se nos viene encima.

Llevo un mes y un día sin mirar el parte meteorológico porque me es indiferente, sin mi tertulia de los martes, donde hablamos de literatura y sobre todo reímos, reímos mucho. Sin pararme a tomar una cerveza con los foteros después de una cobertura, sin pasear por la ciudad sin miedo, sin una cena en casa, de ésas que se alargan hasta la madrugada, con mis amigos del alma.

Sin pisar mi terruño extremeño.

Pero sobre todo llevo 31 días sin coger la mano de mi madre, consciente de que, a sus 95 años, será difícil que pueda recuperar estos días perdidos y eso me abre una abismo en el estómago. Llevo 744 horas sin abrazar a mi hija Alba, que se independizó hace un año, pero viene a casa todas las semanas para que le haga de comer y para comérmela a besos y achuchones.“Un día de estos me asfixias con tanto apretón” me dice con una sonrisa amplia.

Porque los WhatsApp y las vídeollamadas sólo son pequeños parches que intentan paliar esta distancia que se nos ha impuesto. Me falta poder tocar, abrazar, besar a toda esa gente que quiero. Sin duda es lo que peor llevo, con permiso de Sabina, de estos 31 días y 500 noches. (La ventana de Luis)

Si tuviera tiempo...

Las expectativas sobre el confinamiento partían quizás de una premisa falsa, según la cual un poco más de tiempo libre permitiría posibilidades ilimitadas. Algo muy parecido a la lista de buenos propósitos de año nuevo –¿cómo no voy a hacer todo lo que me proponga, con 365 días por delante?– que se van desinflando conforme la realidad se impone. En este caso, no contábamos con que solo estar en casa es ya una trabajera, a poco que uno quiera observar los estándares mínimos de higiene y orden, y alimentarse con cierta dignidad. Y no digamos si hay niños de por medio…

Tampoco consideramos que esta situación nos impediría concentrarnos como en circunstancias normales, que la atención sería hurtada por las noticias, las llamadas extemporáneas o cualquier otra distracción. Y con todo, creo que la mayoría, además de tomar una conciencia más real de nuestras fuerzas y capacidades, hemos aprovechado el tiempo lo mejor posible.

Al cabo de un mes hemos adquirido algunas nuevas habilidades, hemos aumentado nuestro vocabulario con ese idioma que nos empeñamos en aprender, hemos hecho ejercicio por encima de nuestra costumbre, nos hemos puesto al día de series y hay quien se ha reconciliado incluso con la lectura. ¿Cuántas veces dijimos aquello de “si tuviera tiempo…”? Ahora lo hemos tenido. Un poco más, al menos. Y hemos descubierto la medida de nuestra voluntad y de nuestro interés real. El resto de planes, los postergados, los descartados, los sacrificados, queda suspendido en la nube de las hipótesis vagas. En todo eso que una amiga resumió una vez con una frase magistral: “Me encantaría si me apeteciera”.(La ventana de Ale Luque)

Mañana

Al principio de los tiempos tuve un redactor jefe que me decía cuando me agobiaba: “Lucre, una cosa detrás de otra”. Con los años he repetido esa frase muchas veces porque me parece inteligente y útil. A veces, abarcar todo lo que te toca hacer es una tarea que hace estallar el cerebro. Más aún si lo que nos toca es asimilar un confinamiento sin punto final a la vista, , cumpleaños, plataformas, tareas, cocina, la balleta, y también cifras de muertes, enfermos cercanos y lejanos. Y un después. Un después repletito de incertidumbres.

Pero el gremio periodístico está curtido en incertidumbres (aunque no sé si tan grandes). Es más, los que alguna vez escribimos en papel teníamos esa sensación de que cada día empezábamos y terminábamos el trabajo. Y que al día siguiente había otra oportunidad. Y siempre, siempre había un día siguiente. Así que prefiero no sumar jornadas, dejar el mes detrás y terminar con “otro día más, y mañana será mañana”. Más lejos sólo miro de reojo. (La ventana de Lucre)

La montaña rusa

La cuarentena es como una montaña rusa: unos días te crees que estás en la Hyperspace Mountain de Disneyland y otras tienes ganas de tirarte de la atracción. Si seguimos el (dudoso) método de ‘Del revés’ -la peli de Pixar-, un mes confinado en casita me ha dado para atravesar todas las emociones humanas: de la alegría al miedo, de la ira a la tristeza, pasando por el asco.

En mi ventana golpea con violencia el lenguaje político, los dramáticos datos económicos y la trágica pila de muertos. Los ‘nada volverá a ser igual’ y los ecos bélicos, que hablan de reconstrucción y “la peor crisis” desde la II Guerra Mundial. Mi generación, la millenial (no se engañen, andamos ya talluditos), lleva aún a flor de piel la ¿anterior? crisis económica. Sentimos el abismo a nuestros pies, la angustia y los peores sentimientos (no) vitales se van filtrando viscosamente en el ánimo.

Cumplo un mes de confinamiento yendo a trabajar a las 9 de la mañana. Las alegres calles de Sevilla están desoladas, tristes, cenizas. Siento, por primera vez, que las callejuelas medievales respiran aún esa epidemia de la peste que asoló nuestra ciudad. Pienso en la serie de Alberto Rodríguez. Y con la moral nublada, llego al Convento de San Leandro, donde Sor Natividad nos abre sus puertas amablemente para hacer un reportaje y contarnos cómo han cambiado la elaboración de sus célebres dulces de yema por la de mascarillas solidarias. 500 al día.

La mente es una hija de puta. O será dios. El caso es que, por acción divina, mi humor cambia. El trabajo. La charla con la dicharachera monja que lleva 52 años en clausura rigurosa. Las risas contagiosas de las hermanas de Tanzania y Kenia. Pero sobre todo, el maravilloso espectáculo de verlas jugando al baloncesto en el claustro del convento. El miedo desaparece y la montaña rusa recupera su rumbo ascendente. Esta tarde he aplaudido desde mi azotea con más fuerza, con más ganas, con más ilusión. Aplaudo por los sanitarios, sí, pero también por mí mismo. Aplaudo como si la vida me fuera en ello. (La ventana de Alejandro)

¿Para cuándo un psicólogo?

Ha pasado un mes desde el viernes 13 de marzo que los niños salieron del colegio sabiendo que ya no volverían por un tiempo, y que no eran vacaciones. Para muchos, el confinamiento que se aprobaría ese sábado y entraría en vigor por la noche empezó ya ese viernes 13, como si nos hubiera empujado y cerrado la puerta detrás de nosotros la fuerza del miedo a un enemigo invisible. O la esperanza de que cuanto antes empezáramos, antes acabaría.

Le habrá llegado ya el paro, la pensión, la ayuda, o si trabaja, habrá ya cobrado una nómina bajo confinamiento. Para muchos será la última.

Le habrá venido el recibo de la luz, más elevado, que son muchas horas en casa y ha habido mucho horno por el furor repostero; el de la comunidad, por unas zonas comunes que tiene bastante vetadas; la letra del coche, quizá; el alquiler o la hipoteca de la vivienda; el móvil, el streaming… ¡Ay, los datos!

Habrá devuelto los del gimnasio, el centro de yoga, la guardería… Ruina para tantos negocios.

Habrá hecho la compra del mes, que ha optado por convertir en la compra de la semana para poder respirar un poco.

Ha tenido las no vacaciones de Semana Santa.

Ha aprendido a andar el bebé que encerró gateando y ya da sus primeros pasos bajo techo.

Se le habrán caído uno o dos dientes a la niña que se confinó creyendo en las hadas y saldrá mellada.

Ha hecho un puzzle de 10.000 piezas y en tres dimensiones, pan y… mascarillas.

Le habrán anulado citas con el médico, con el dentista, con el podólogo, con el oculista… ¿Para cuándo un psicólogo?

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