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Mejores no, pero más chuceaos

Vista de una terraza en el barrio de Alonso Martínez, en Madrid, en el puente de Todos los Santos.

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Mi abuela era, y es en su recuerdo, mi RAE. Cuando un perro o un gamberrete de mi barrio se las sabía todas, decía: "Es que están muy chuceaos". En muchas ocasiones habían intentado o conseguido trajinarlos, estaban más que aprendidos.

En otro de los apogeos de la pandemia, de nuevo nos plantean el dilema entre economía y salud. Entre esos profetas de la catástrofe se encuentran políticos, economistas, empresarios y expertos de todo pelo. Y sin sonrojarse ni menearse lo más mínimo porque el PIB del tercer trimestre haya subido un casi 17%, y dentro de ese porcentaje, un 20% la inversión. Quieren más y a cualquier precio.

En su pelea indecente han incluido sus propias versiones del confinamiento, el toque de queda o el estado se alarma. No se atreven a confesar que es la economía –su economía– lo que solo les preocupa y que la salud está muy en segundo plano. Y ni siquiera se dicen, nos dicen, las cosas a la cara.

La Navidad es el próximo evento dentro de esta locura de concepción paupérrima de la economía de fiestas y festejos. Han llegado, eso sí, al enorme sacrificio, por nosotros por supuesto, de entregar el puente de los muertos, ese Halloween forastero, y hasta el de la Almudena. Un mal menor.

Estamos en una loca carrera por salvar la Navidad. No hemos aprendido nada de lo que ha supuesto intentar salvar la temporada turística ni las agrícolas, a golpe de temporeros trashumantes, muchas veces sin papeles ni, en todo caso, las garantías sanitarias y laborales exigibles, sacrificados en loor de la economía como precio vergonzoso insuficientemente ocultado. Los últimos informes sobre la segunda ola sitúan el epicentro en España, en la carrera inútil por salvar la economía más irresponsable. Sin embargo, hay otra economía, más callada, más responsable, que sufre las consecuencias de esta enloquecida carrera.

Pero el calendario de esta estregada manera de rendirse a la dictadura del peor y fallido capitalismo no da tregua. Ahora, puentes y más puentes que en algunos casos, pongamos que Madrid, son acueductos; luego una Navidad apócrifa que pretende convencernos de que María se llevó de parto más de un mes y la gente iba a Belén a ponerse "púo" de comida y bebida y al híper. Nadie lo va a decir. Pero la decisión mayoritaria de confinamiento tiene un carácter defensivo, preventivo. Nadie nos va a contar sus temores de manera explícita.

Lo que temen de verdad en las periferias es lo que Turner y Ashe denominaron la Horda Dorada. El desbordamiento de masas de turistas por aquí y allá y si usted, señora, no confina a los suyos, y además, nos engaña, nos confinamos nosotros, nos atrincheramos. Así de duro, así de sencillo.

Ya es difícil, después de ocho meses, engañarnos más. No soy optimista con eso que muchos afirman de que de esta saldremos mejores pero lo que sí tengo claro es que saldremos más chuceaos.

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Publicado el
1 de noviembre de 2020 - 21:15 h

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