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Sobre este blog

En Abierto es un espacio para voces universitarias, políticas, asociativas, ciudadanas, cooperativas... Un espacio para el debate, para la argumentación y para la reflexión. Porque en tiempos de cambios es necesario estar atento y escuchar. Y lo queremos hacer con el “micrófono” en abierto.

EN PRIMERA PERSONA
Cuando el sistema también enferma

Una ambulancia de Emergencias 061 en la puerta del hospital Clínico Virgen de la Victoria de Málaga, en una imagen de archivo.

Elena Torres, educadora infantil

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Tengo 27 años y convivo con varias enfermedades autoinmunes y con un dolor crónico que no entiende de horarios ni de días festivos. Cuando el dolor se vuelve insoportable y no queda otra que acudir a urgencias, entro con la esperanza mínima de ser escuchada. Casi siempre salgo con la sensación de haber sido un número más en una camilla.

En urgencias, la empatía escasea. Explicar una y otra vez mi historia clínica, mis diagnósticos, mis límites y mis miedos se convierte en un interrogatorio frío, apresurado, muchas veces incrédulo. Hay miradas que dudan, tonos que juzgan, silencios que pesan más que el dolor físico. No soy solo un cuerpo que duele: soy una persona cansada, asustada, vulnerable. Sin embargo, a menudo me tratan como si exagerara, como si mi dolor necesitara ser validado antes de ser atendido.

La falta de humanidad se nota en los pequeños gestos: en no mirarte a los ojos, en hablar de ti como si no estuvieras presente, en minimizar lo que sientes porque “no se ve” o porque tus analíticas no gritan urgencia. El dolor crónico no siempre deja huellas visibles, pero eso no lo hace menos real. Aun así, parece que en ese pasillo de luces blancas hay poco espacio para la compasión.

Salir de urgencias así duele casi tanto como entrar. No solo por el cuerpo, sino por la sensación de desamparo. Porque cuando la empatía falta, la humanidad se pierde y la coordinación falla, el paciente no solo sufre su enfermedad: también carga con el peso de un sistema que olvida que, antes que diagnósticos y protocolos, somos personas

A todo esto se suma la descoordinación del equipo médico. Cada profesional parece ver solo una parte de mí, como si mis enfermedades existieran en compartimentos estancos. Unos proponen un fármaco, otros lo retiran porque “no es adecuado”, algunos desconocen los tratamientos previos o las interacciones peligrosas. Deciden sin consenso, sin revisar el conjunto, sin tener en cuenta que mi cuerpo ya está cansado de pruebas y errores. Yo, en medio, me convierto en el punto de unión de un sistema que no se comunica consigo mismo.

Salir de urgencias así duele casi tanto como entrar. No solo por el cuerpo, sino por la sensación de desamparo. Porque cuando la empatía falta, la humanidad se pierde y la coordinación falla, el paciente no solo sufre su enfermedad: también carga con el peso de un sistema que olvida que, antes que diagnósticos y protocolos, somos personas.

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