La teleconsulta divide a los médicos andaluces: “Se está utilizando como un filtro para impedir derivaciones”
Desde el año 2023, Andalucía cuenta con una herramienta destinada a mejorar la atención sanitaria que reciben la ciudadanía pero que ha abierto una brecha entre los médicos de primaria y los hospitalarios. Hablamos de la teleconsulta. Un método mediante el que un facultativo de un centro de salud puede volcar en un sistema informático todas las pruebas complementarias que se le haya hecho a un usuario para que un médico del hospital de turno pueda mirarlas y responder casi al momento para pautar un tratamiento o agendar una cita con dicho especialista. El problema, sin embargo, es que hay quienes están haciendo un mal uso continuado de esta herramienta.
Así, la teleconsulta está generando malestar entre médicos de familia que denuncian que se están reduciendo citas con los médicos de hospital porque esta herramienta permite despachar con demasiada facilidad el cuadro clínico de un ciudadano. Dicho de otro modo: se está convirtiendo en una barrera de entrada que en algunas ocasiones deja a los usuarios sin posibilidad de que les vea un especialista hospitalario que debería atenderles en persona y no basándose simplemente en imponer una pauta de fármacos por lo visto en unas pruebas complementarias que tiene disponibles gracias a este sistema telemático.
La teleconsulta nació con una filosofía muy distinta. Implantada por el Servicio Andaluz de Salud (SAS) en 2023, pretendía agilizar la comunicación entre Atención Primaria y Atención Hospitalaria, reducir desplazamientos innecesarios y acortar los tiempos de respuesta cuando una valoración presencial no fuese imprescindible. Un sistema que, sobre el papel, cuenta con el respaldo de todos los actores consultados. El problema llega cuando la teoría se encuentra con la práctica.
Pacientes con patologías “potencialmente graves”
“Estamos hartos de denunciarlo”. Así explica Marta, médica de familia en Granada, el sentimiento que asegura compartir buena parte de sus compañeros. Su principal reproche no va dirigido contra la herramienta sino contra el uso que, según denuncia, hacen algunos servicios hospitalarios. “Muchas veces vienen denegadas porque el especialista considera que no tiene que verlo y pauta tratamiento sin ver al paciente”, explica. Una decisión que, añade, deja al médico de familia “atado de pies y manos”, obligado a seguir atendiendo a pacientes para los que considera necesaria una valoración hospitalaria.
La situación, sostiene, afecta a numerosas especialidades. Cita como ejemplo Dermatología, donde el especialista decide en ocasiones únicamente a partir de una fotografía enviada desde el centro de salud. “Están viendo una foto, no están viendo al paciente”, lamenta. También menciona Traumatología o Nefrología, donde asegura que muchas solicitudes terminan rechazadas sin llegar a generar una consulta presencial. La preocupación de los médicos no reside únicamente en esa sensación de pérdida de criterio clínico. Lo que verdaderamente les inquieta es el riesgo que, a su juicio, puede conllevar resolver determinados casos sin explorar físicamente al paciente. “Hay veces que puede ser una chorrada, pero hay veces que dejan de ver a gente que sí tiene patologías potencialmente graves”, advierte Marta.
Una médica de familia ya jubilada en Sevilla, que prefiere mantener el anonimato, coincide con ese diagnóstico. Explica que la teleconsulta nació con una idea “muy buena”, pero denuncia que algunos especialistas hospitalarios la utilizan como un filtro previo para evitar derivaciones. Según relata, tras revisar las pruebas complementarias enviadas por Atención Primaria, responden con una pauta terapéutica sin llegar a citar al paciente, incluso en situaciones donde el médico de cabecera entiende que la valoración presencial resulta necesaria.
Esa percepción también ha llegado a las plataformas ciudadanas en defensa de la sanidad pública. Teresa Almagro, portavoz de la Marea Blanca Gaditana, sostiene que la teleconsulta “ha dejado de ser una herramienta para agilizar la asistencia” y denuncia que se está utilizando para sustituir primeras consultas hospitalarias. “Las personas a las que se les hizo una teleconsulta y que están esperando una respuesta no aparecen en ninguna lista de espera oficial”, afirma. A su juicio, el sistema termina ocultando una parte de la demanda asistencial y dificulta que los pacientes conozcan cuánto tiempo llevan realmente esperando.
Desde el ámbito sindical también existen reservas, aunque con un discurso más moderado. Fuentes sectoriales consideran que la presión asistencial derivada del incremento de las listas de espera puede estar favoreciendo un mayor recurso a las teleconsultas y los telediagnósticos. El sindicato insiste en que la herramienta puede ser útil dentro de una Atención Primaria suficientemente dotada, pero advierte de que “el abuso de la teleconsulta indiscriminada no es bueno ni para el paciente ni para el profesional”.
Mejorar el protocolo
El Consejo Andaluz de Colegios de Médicos comparte parte de esa preocupación. Su vicepresidente, Gerardo Sánchez, que además también es neumólogo y médico de hospital, defiende que la teleconsulta es “una herramienta muy potente” para agilizar diagnósticos y mejorar la coordinación entre niveles asistenciales, pero reconoce que puede producirse un uso inadecuado. “Algún médico puede decidir simplemente por las pruebas complementarias, sin ver al paciente, y ese no es el uso que tiene que tener esa herramienta”, explica.
En su opinión, “en ningún momento te puedes escudar en hacer ese tipo de medicina para no ver pacientes” ni “puede haber cortapisas a la hora de derivar a un paciente al hospital”. Sánchez asegura además que el Consejo lleva tiempo trasladando esta preocupación a la Consejería de Salud y que ambas partes trabajan en la protocolización del sistema para evitar precisamente esos usos inadecuados. “Tiene que estar todo protocolizado”, dice.
El Consejo ha ido más allá y ha remitido una carta a los colegiados en la que alerta de que ese tipo de no derivaciones “puede conllevar consecuencias legales y deontológicas de especial relevancia, por lo que recomendamos no participar en prácticas de esta naturaleza”. “Recomendamos no declarar a pacientes como no tributarios de asistencia ni mantenerlos en situación de pasivo cuando ello implique que no sean valorados o atendidos por el servicio correspondiente, incluso cuando dichas actuaciones estén respaldadas por guías o protocolos”, reza la misiva.
La Consejería de Salud, por su parte, rechaza que la teleconsulta sustituya la atención presencial. En respuesta a este periódico recuerda que el SAS aprobó en marzo de este año una instrucción corporativa y protocolos comunes para homogeneizar su utilización en todas las especialidades. “La normativa es clara al establecer que la teleconsulta es una modalidad complementaria de atención sanitaria y que, en ningún caso, sustituye a la atención presencial ni puede convertirse en la única vía de acceso a la atención hospitalaria especializada”, señala.
Desde Salud añaden que el paciente “debe ser valorado presencialmente siempre que esté clínicamente indicado” y recuerda que los propios protocolos excluyen expresamente de la teleconsulta las sospechas de patología maligna o aquellas situaciones urgentes que requieran una intervención rápida. Asimismo, asegura que el SAS realiza un seguimiento continuo mediante indicadores sobre tiempos de respuesta, capacidad resolutiva, cumplimiento de plazos y tasas de rederivación para garantizar el correcto funcionamiento de la herramienta.
Sobre el papel, todas las partes defienden prácticamente el mismo modelo: una teleconsulta que agilice la asistencia sin sustituir nunca la valoración presencial cuando ésta resulte necesaria. Sin embargo, ahí termina el entendimiento. Mientras la Consejería sostiene que ese es precisamente el funcionamiento que recogen sus protocolos, varios médicos de familia consultados aseguran que la realidad diaria dista mucho de ese diseño y denuncian que continúan produciéndose rechazos de derivaciones, tratamientos pautados sin exploración física y pacientes que nunca llegan a ser vistos por el especialista hospitalario.
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