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La fragmentación de la izquierda traería más dudas que certezas

En plena temporada del voto volátil y líquido, la política española acentúa su moda y su tendencia de brechas y de fracturas, de segmentación extrema

Le ha ido bien a la derecha en Andalucía fragmentándose, y la izquierda y algunos nacionalistas han tomado nota y amagan, hoy sí, hoy no, con hacer otro tanto

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

Nuevas brechas atomizan más la política española. Si a la izquierda del PSOE hay más de una lista electoral, es probable que la más pequeña de ellas no alcance el 5% y sus votos no generen escaños. Incluso en circunscripciones únicas como lo es la Comunidad de Madrid en las autonómicas.

En plena temporada del voto volátil y líquido y de los estados de opinión pública fluctuantes y gaseosos, la política española acentúa su moda y su tendencia de brechas y de fracturas, de segmentación extrema. Le ha ido bien a la derecha en Andalucía fragmentándose, y la izquierda y algunos nacionalistas han tomado nota y amagan, hoy sí, hoy no, con hacer otro tanto.

Aumenta la brecha entre el Podemos pablista y el Podemos errejonista, aunque el vértigo y el miedo a despeñarse ambos haya hecho que en las últimas horas haya intentos por ambas partes de cerrarla, si quiera sea nominalmente. Aumenta la brecha entre la IU de Alberto Garzón y la IU de Gaspar Llamazares, y la de ambas con una parte del conglomerado Podemos. Crece la tensión, aunque se exprese en voz muy baja, entre el PSOE sanchista y los restos del PSOE susanista. Se amplía en el independentismo catalán la brecha entre Junts per Catalunya y ERC. Crece la brecha interna en los primeros entre los postconvergentes del PDeCAT y los postpostconvergentes de la Crida... Crece también, aunque así mismo con poco ruido, la breca entre la ERC de los dirigentes que se moderan y apuestan por el posibilismo en la estrategia independentista y las bases que aún siguen en la vía unilateral.

La experiencia de las elecciones andaluzas del pasado 2 de diciembre se ha convertido en el primer acelerador de parte de las brechas y fracturas de estas semanas. Los miedos y las esperanzas, el desafío y la oportunidad, de las elecciones previstas para el próximo 26 de mayo (por ahora, europeas y locales en toda España y autonómicas en 13 comunidades autónomas) están siendo el acelerador definitivo. Faltan cuatro meses para la cita, y es probable que aún veamos muchos acelerones y muchos frenazos. Si a esa cita con las urnas se le añaden las elecciones generales -cosa poco probable, pero no imposible- los bailes de estos días pasados nos parecerán pocos.

Las elecciones autonómicas en las comunidades de la vía lenta constitucional (las 13 del artículo 143 de la Carta Magna, todas salvo Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía) y las municipales en toda España que se celebran al tiempo han marcado a menudo la entrada a un nuevo ciclo electoral en España, ciclo que se solía confirmar meses después en las siguientes generales. Quien ganaba autonómicas y municipales, decíamos, solía ganar las generales siguientes. Hasta las anteriores, las de mayo de 2015, la batalla formaba parte de las guerras del mundo antiguo del bipartidismo. PP y PSOE, PSOE y PP. En algunas de aquellas batallas, aparecía ocasionalmente un tercer jugador que se convertía en árbitro del reparto de poder, un tercer jugador que por lo general era también estatal: PCE, IU, CDS... En mayo de 2015 ya asistimos a un primer ensayo del tetrapartidismo, con Ciudadanos y Podemos muy pujantes y dando y quitando gobiernos autonómicos, y en el caso de la formación de izquierdas tomando con listas de afines el poder en algunas grandes alcaldías: Madrid, Barcelona, Zaragoza... 

En mayo de 2019, nueva sacudida al movimiento constante de las placas tectónicas de la política. No ya cuatro partidos de ámbito estatal, sino cinco, tras el surgimiento de Vox. O seis en algunos sitios como la Comunidad de Madrid, si Podemos finalmente acude dividida. O siete, si IU se decide a ir sola.

Demasiado. Es cierto que en algunos ámbitos electorales con muchos escaños en juego y circunscripción única, como es el caso de las europeas o de las autonómicas en la Comunidad de Madrid, el reparto de asientos es muy proporcional a los votos, y que eso da oportunidad a que entren más listas que representen a más sensibilidades ciudadanas. Pero también lo es que aumenta el riesgo de que la quinta y/o la sexta lista más votada corren serio riesgo de no superar el corte del 5% de los votos, con lo que se quedaría fuera del reparto de asientos en la Asamblea de Madrid. Pasó en 2015. IU fue en las autonómicas la quinta formación más votada (tras PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, en ese orden), logró muchísimos votos, casi 131.000, pero sólo alcanzó el 4,14% del porcentaje final de los sufragios, se quedó sin representación y la aplicación de la Ley d'Hondt dio el poder al PP de Cristina Cifuentes apoyado por Ciudadanos.

Todas las encuestas, y probablemente en esto no se equivocan, dan por hecho que Vox entrará en mayo en la Asamblea de Madrid, y con bastante fuerza, quizás rondando o incluso superando el 10% de los votos. Un Unidos Podemos dividido en dos listas traería la casi certeza de que la de menor éxito de ellas sería sexta en el ranking... y con serio riesgo de no superar el 5% de los votos y convertir esos sufragios en inútiles. Ni pablistas ni errejonistas, ahora que parece que intentan cerrar la brecha, o al menos disimularla, no deberían perder de vista esta hipótesis. La derecha no ha sufrido una merma en sus posibilidades de mantener el poder o de alcanzarlo tras haberse fragmentado. La izquierda ya lo sufrió en 2015 y podría volver a sufrirlo ahora.

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