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La ultraderecha y la defensa de los animales: el binomio imposible

En los últimos tiempos, determinados sectores marginales de la extrema derecha tratan de acercarse al movimiento por los derechos de los animales a sabiendas de que cada vez cuenta con más apoyo social

Es fundamental recordar que la defensa de los animales está intrínsecamente ligada a otras luchas contra formas de opresión como el machismo, el racismo o la homofobia, incompatibles con determinadas ideologías

Manifestación antiespecista

Manifestación antiespecista Aitor Garmendia - Tras los Muros

Ocurrió el pasado 12 de enero en el número 2 del madrileño Paseo de la Castellana, sede actual del grupo neonazi Hogar Social Madrid (HSM). María Girona, presidenta de la Asociación para la Defensa de Víctimas de Injusticias (APADEVI) y responsable de la Sección de Derechos de los Animales del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid (ICAM) participaba en una charla titulada ‘Violencia de género: análisis y realidad’. 

¿Qué hacía una persona relevante del movimiento por los derechos de los animales en la sede de un grupo como Hogar Social Madrid? ¿No chirría ver el logotipo de APADEVI junto al de HSM? Así lo entendieron quienes, tras la denuncia reciente en Twitter por parte del activista por los derechos de los animales Aitor Garmendia (Tras los Muros), reprocharon a Girona haber aceptado la invitación de una de las organizaciones más reaccionarias de la capital, al tiempo que la acusaron de “blanquear el fascismo” y tildaron su presencia en la charla de “vergonzosa”. 

“Fui a la charla de Hogar Social Madrid a hablar de la Ley de Violencia de Género porque considero que supone una injusticia”, explica a El Caballo de Nietzsche la propia Girona. “Yo defiendo a todas las víctimas, independientemente de su especie, sexo y edad”, asevera. “Creo que esta es una ley que discrimina a muchos hombres, homosexuales, niños e incluso mujeres”. 

Preguntada por si no le resulta incómodo participar en una charla organizada por un grupo abiertamente xenófobo, machista y homófobo, Girona es contundente. “No tengo por qué coincidir con todo lo que piensa la gente para la que hablo. Si en Hogar Social Madrid me invitan a hablar de derechos de los animales, iré encantada. Como si tengo que ir al mismísimo infierno. No tendría ningún problema en explicarle a Santiago Abascal lo equivocado que está respecto a la caza o la tauromaquia. Yo actúo desde la independencia: me han invitado a hablar en mítines de Vox y lo he rechazado, puesto que pese a estar de acuerdo con ellos en lo que respecta a la Ley de Violencia de Género no estoy dispuesta a hablar en nombre de ningún partido. En cuanto a los derechos de los animales, estoy convencida de que es un posicionamiento que no entiende de partidos: es cuestión de tiempo que la sociedad empuje a todos los políticos a defender esta causa”.

La controvertida presencia de Girona en aquel acto de Hogar Social Madrid invita a una reflexión profunda. Y lleva, inevitablemente, a hacerse una serie de preguntas: ¿Trascienden los derechos de los animales cualquier tipo de ideología política? ¿Es esta una lucha que, como deja entrever la presidenta de APADEVI, va más allá de derechas e izquierdas? 

De ser así, y dado el predicamento cada vez mayor que los derechos de los animales tienen en amplias capas de la sociedad, se explicaría la cierta acogida que su defensa está teniendo en los planteamientos de determinados miembros de organizaciones y partidos claramente ubicados en la extrema derecha, más allá de Hogar Social Madrid. Grupúsculos como el Movimiento Antitaurino de Lucha (M.A.L.), PECTA (Patriotas Animalistas) o Defensa Aria de los Animales, de abierto cariz nacionalsocialista -e inspirados por el falso y mil veces desmontado mito de que Hitler era vegetariano- son, aunque minoritarios, cada vez más numerosos. En países como EEUU, Alemania o Reino Unido, la presencia de estas organizaciones en las manifestaciones por los derechos de los animales es cada vez más frecuente, así como su supuesta defensa del veganismo. Y en Francia, Marine Le Pen se retrata en cada campaña electoral junto a perros y gatos mientras asegura ser la mejor opción electoral para quienes quieren un mundo más justo para los animales. 

“No veo posible que, al menos a corto plazo, la ultraderecha se apropie de un movimiento que es, por definición, emancipatorio, como lo es la lucha por los derechos de los animales”, reflexiona Aitor Garmendia. “Pero sí que instrumentalicen postulados animalistas, que no antiespecistas. Me preocupa más que un amplio sector dentro de nuestro movimiento no muestre una firme oposición al capitalismo o al fascismo”, sostiene. “En el Estado español se trata de sectores muy marginales. En el movimiento, como grueso político donde se vertebran todas las organizaciones internacionales, desde las más pequeñas a las más grandes, no observo defender ideas de ultraderecha, sino más bien todo lo contrario”.

Algunas encuestas y estudios apuntan directamente a esa dirección. Estela Díaz, profesora, investigadora y una de las mayores conocedoras del cambio sociológico que está trayendo consigo el movimiento de liberación animal, es autora de varios estudios que analizan el perfil de los activistas que en España defienden esta causa. “No existe la más mínima duda al respecto: el perfil del activista por los derechos de los animales es netamente de izquierdas, así como sus actitudes y comportamientos”, sostiene. 

“Aun así, conviene permanecer alerta: que exista un solo nazi defendiendo postulados que aparentan ser animalistas ya es suficiente para estar en guardia”, apunta Garmendia. En ese sentido, “la responsabilidad no sólo recae sobre nuestro propio movimiento, que no parece hacer suyos y sin ambigüedades las posiciones de justicia social compartidas por la izquierda, sino también en los sectores que, dentro de esa izquierda, siguen ignorando la opresión que padecen los animales y despreciando a quienes los defienden en vez de acercar posturas. Quienes tienen formación política y revolucionaria deberían estar aquí también”. 

Sea o no marginal la presencia de ultraderechistas en el movimiento, a estas alturas resulta casi sonrojante, aunque no por ello menos necesario, tener que volver a recordar lo obvio: que quienes no respetan los derechos humanos más básicos no pueden enarbolar la lucha por los derechos de los animales, pues incurren en una contradicción de base. Que quienes desprecian a otras personas por su lugar de nacimiento, su género o su orientación sexual no tienen cabida en un movimiento que plantea una serie de demandas que son, pese a quien pese, de naturaleza política, como las de cualquier otro movimiento que trate de erradicar una forma de opresión. Y que, como tal, la defensa de los derechos de los animales está intrínsecamente ligada al feminismo, al antifascismo y a la lucha por un mundo más justo para todos los que lo habitamos. Es por ello que ha de ser la izquierda la que, huyendo de cálculos electoralistas, dé un paso adelante para llevar a las instituciones la voz de quienes sufren explotación y muerte.  

Visto lo visto, es más que probable que en las próximas y subsiguientes citas electorales empiecen a aparecer supuestos partidarios de los derechos de los animales hasta debajo de las piedras y en los partidos más insospechados. Y aunque la mayoría no pasará, como mucho y al más puro estilo Le Pen, de defender a perros y gatos, algunos incidirán en la peligrosa idea de que todo vale. De que el fin justifica no sólo los medios: también los compañeros de viaje.

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